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viernes, 5 de abril de 2019

¿TENGO UNA RELACIÓN SANA?


Ya hemos hablado de la dificultad que existe para ver, en primer persona cuándo se está en una relación insana. Para intentar hacer esto más fácil, he elaborado un test. En él, no se da una respuesta sobre el tipo de relación que es, ni se ha estudiado científicamente sus característica psicométricas. Su finalidad no es la de obtener información para un estudio, si no de servir de reflejo a aquella persona que lo use, hacerle reflexionar, y hacerle dirigir su atención a aspectos importantes que pueden señalar que una relación no es sana.

Si una vez finalizado el ejercicio, has pasado a estar inquieto/a, a preocuparte, o a estar triste por alguna de las preguntas que has respondido, es signo de que algo no va bien. Si quieres cambiarlo, busca ayuda profesional.







domingo, 26 de agosto de 2018

LO QUE EL CEREBRO ESCONDE (2)


Hace unos días vi en un programa de televisión una prueba que muestra una de las curiosidades sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. Aquí os dejo un vídeo de la prueba:



La explicación es la siguiente: cuando somos pequeños, aprendemos a hablar mediante intentos. Probamos una y otra vez, hasta que conseguimos decir bien la palabra. ¿Pero cómo sabemos si lo estamos diciendo bien o no? Por algo muy sencillo: nos escuchamos a nosotros mismos, y así, podemos corregirnos. Así, nuestro cerebro, además de tener que ejecutar todos los procesos necesarios para conseguir que salga un determinado sonido de nuestra boca, también evalúa el resultado final, es decir, revisa constantemente los sonidos que hemos emitido para ver si son los correctos o no. De esta forma, somos capaces de corregirnos cuando decimos algo mal, y nos aseguramos de que los demás puedan entendernos. 

Pues bien, este proceso de analizar lo que decimos es automático, el cerebro lo hace solo, sin que nosotros seamos conscientes de ello, y sin que podamos evitarlo. De ahí, que la prueba del programa resulte graciosa: no podemos evitar que nuestro cerebro intente corregir continuamente lo que para él está mal dicho. Porque, tengamos una cosa en cuenta: según la información que el cerebro recibe (lo que oyen las personas por los cascos), lo que estamos diciendo... ¡no lo hemos dicho! ya que lo oye con retraso. El proceso sería el siguiente:

El cerebro ha mandado la orden para pronunciar, por ejemplo, la palabra "pelicula". Cuando la persona empieza a pronunciarlo, va pronunciando sílaba por sílaba. El cerebro manda la orden para cada una de las sílabas, y recibe información de los músculos cuando se contraen para pronunciarlas. Por tanto, el cerebro sabe que los músculos se han movido ya para decir "pe", y por tanto, tendría decir "li", luego "cu" y, por último "la", pero cuando va a decir "cu", oye "pe", y entonces, el cerebro entiende que estamos hablando mal, e intenta corregirlo mandando la orden para decir la siguiente sílaba a la que ha oído, es decir, "li". Por eso, las personas que realizan la prueba del programa, se quedan enganchadas (por decirlo de alguna forma) en la última sílaba que han dicho, porque su cerebro cree que no la ha pronunciado, y que es la que toca pronunciar. Así, se produce ese tartamudeo que la persona no puede evitar.

Este es otro ejemplo de lo fascinante que puede ser nuestro cerebro. Para algo que nos puede parecer tan sencillo como hablar, el cerebro pone en marcha muchos procesos de los que no somos conscientes y, nos permite, con facilidad, realizar algo tan importante como comunicarnos con los demás. Y es sólo cuando uno de esos procesos no funciona bien, cuando nos hacemos conscientes de la complejidad del poder hablar, sólo por las dificultades que nos surgen, en este caso, por un segundo de retraso.

miércoles, 3 de enero de 2018

Y TÚ, ¿A QUÉ LE TIENES MIEDO?


¿Recuerdas la última vez que sentiste miedo? Puede que haga mucho tiempo, o puede que haga poco, pero has tenido esa experiencia. Todos los seres humanos sentimos miedo. Para la mayoría de las personas, es una emoción desagradable, que se intenta evitar siempre que se puede. En cambio, a otras personas, les genera sensaciones que les resultan a atractivas (como a quienes les gustan las montañas rusas o las películas de terror). Sin embargo, aunque para la mayoría de las personas éste no sea el caso, esta emoción ha llegado a nuestros días por una sencilla razón: nos ha ayudado a mantenernos con vida a lo largo de la evolución.

El miedo nos mantiene alejados de aquellas cosas que pueden ser peligrosas para nuestra supervivencia. Las alturas, las serpientes, los aviones, perros, arañas... son cosas que suelen generar miedo, pero es muy raro que alguien tenga miedo, por ejemplo, a los conejos, porque no suponen ningún peligro para nosotros.

El miedo no siempre es adaptativo, no siempre nos ayuda, si no que, a veces, puede interferir en nuestra vida cotidiana. Podemos llegar a tener miedo a los conejos, y eso puede ser un problema si, por ejemplo, somos veterinarios o si alguien con el que convivimos tiene uno como animal de compañía. Ante esta idea, puede surgirnos una pregunta: ¿cómo se puede tener miedo a un conejo? Y la respuesta es sencilla: el miedo puede aprenderse. Al principio, cuando nacemos y vamos creciendo, todos tenemos miedos evolutivos. Son miedos que, por así decirlo, están "preprogramados" en nuestro cerebro. En función del desarrollo de los niños, estos miedos se van superando y van apareciendo otros nuevos. Por ejemplo, el miedo a la separación de los padres, y el miedo a los extraños aparecen ya en los bebés (¿quién no ha visto llorar a un bebé al separarse de su madre?), pero sería muy raro que un adolescente tuviera este miedo. Otro ejemplo sería cuando el bebé va creciendo (entre los 3 y los 6 años), y va empezando a desarrollar la imaginación: es ahí cuando empieza a tener miedo a los fantasmas, los monstruos o la oscuridad. Este tipo de miedos, se van superando, porque el niño va adquiriendo habilidades y se va enfrentando a situaciones que le evocan el miedo, y termina superándolo. Pero, según esto, se podría pensar que los adultos ya no deberían tener miedo, pero lo tienen por un sencillo motivo: en la vida diaria, existe riesgo de sufrir un daño. A todos nos dan miedo las enfermedades dolorosas o que pueden conllevar la muerte; a todos nos dan miedo los accidentes de tráfico; etc. Por tanto, aunque existan miedos que aparezcan en la infancia y desaparezcan con el paso del tiempo, siempre quedarán otros miedos. Es a partir de estos miedos, y/o de situaciones vividas, de donde se pueden aprender los miedos no adaptativos, por ejemplo, el miedo a los conejos.

En 1920, Watson realizó un experimento que consistía en asustar a un bebé de 11 meses, sin ningún miedo previo a animales, cuando se encontraba con una rata. Al principio, el simple hecho de enseñar y colocar la rata junto al bebé no le generaba miedo, pero empezaron a asustarlo con ruidos fuertes cuando le enseñaban la rata. Después de hacer esto en varias ocasiones, el bebé lloraba con sólo enseñarle la rata, incluso, al enseñarle otros animales a los que antes no tenía miedo y que no se le habían enseñado con ruidos, como perros, o conejos. Esto ocurre porque el miedo se aprende y se generaliza (es decir, se evoca ante situaciones o circunstancias parecidas a las que generaron el miedo en primer lugar). Otro ejemplo podría ser el de cualquier persona adulta, que vuelve del trabajo por la noche y es atracado. Es muy probable que tras ese suceso, la persona tenga miedo, en mayor o menor grado. Podría ser que tan sólo intente evitar la calle donde pasó y de un rodeo, pero también podría ocurrir que desarrollara un miedo más fuerte que le impidiera salir sólo de noche (con las complicaciones que podría tener por su horario de trabajo, por ejemplo). 

Por tanto, aunque no podamos evitar siempre el miedo, y éste pueda llegar a interferir de forma negativa en nuestra vida, hay algo bueno: y es que igual que el miedo puede aprenderse, también puede aprenderse a no tener miedo de las cosas corrientes.

viernes, 22 de septiembre de 2017

POR QUÉ NADIE AYUDA...


Todos lo hemos hecho alguna vez... Todos estamos sujetos a su influencia... Pero no nos damos cuenta de ello. Ponemos excusas, buscamos justificaciones para nuestro comportamiento... pero son solo eso: excusas.

¿Cuántas veces te han pedido ayuda? Mejor, hagamos la pregunta más fácil... ¿Cuántas veces, en la última semana, alguien te ha pedido ayuda? De esas veces, ¿cuántas has dado la ayuda que te pedían? Seguramente, no te sientas orgulloso de aquellas ocasiones (aunque sean pocas) en las que has denegado tu ayuda... ¿Por qué? Porque tenemos el altruismo arraigado dentro de nosotros.

El ser humano es un ser social, ha evolucionado y sobrevivido durante la historia gracias a encontrarse en un grupo, un grupo que colabora, que sigue unas reglas, y que se mantiene gracias a las relaciones de los unos con los otros. De hecho, los niños no sobrevivirían sin las ayudas de sus padres, o de otros familiares, o de personas dispuestas a ayudarlos...

Por tanto, el ser humano tiende a ayudar, pero no siempre lo hace. Incluso, puede llegar a darse el caso de que aún sabiendo que debe hacerlo, no lo haga, y después, tenga remordimientos. De hecho, han ocurrido muchos delitos con testigos que no ayudan a las víctimas. Acoso escolar, violaciones, agresiones... donde los testigos ni siquiera llaman a la policía o a emergencias, o socorren a la víctima cuando el agresor se ha marchado... ¿Por qué? ¿Por qué no ofrecemos nuestra ayuda si pensamos que debemos hacerlo? ¿O es que esos testigos son malas personas, impasibles al dolor de los demás? Pero... ¿es posible que todos los testigos de esos actos sean así?

Darley y Lanaté investigaron los factores que pueden hacer que la conducta de ayuda no se produzca. Imagínate esta situación: estás en una sala de espera. Te han dicho que en otras salas hay otras personas esperando, y que os avisan de que os toca ser atendidos por el interfono que todos podéis oír. Tú estás esperando, tan tranquilo, y de repente, empiezas a oír por el interfono que alguien está sufriendo un ataque y necesita ayuda. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? Porque te das cuenta de que las otras personas también lo están escuchando... y nadie sale a avisar... Puede que empieces a plantearte que, a lo mejor, estás confundido, que no es nada grave, que seguramente ya estén atendiendo a la persona... A lo mejor... no haces nada.
Ahora, imagínate la misma situación, pero cuando te llevan a la sala de espera, te dicen que no hay nadie más esperando, y después, oyes cómo una persona sufre un ataque. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? ¿O te pararías a reflexionar?
Éstas son situaciones que crearon dichos investigadores en su estudio. Los resultados fueron claros: saber que hay otras personas, además de nosotros, hace que la probabilidad de que reaccionemos para dar ayuda sea menor. Y además, tardamos más tiempo en tomar la decisión de ayudar.
Para entender en mayor profundidad por qué pasaba esto, hicieron entrevistas a los participantes, y vieron que, aunque no hubieran avisado, aunque no hubieran ofrecido su ayuda, después, se sentían mal y preocupados. ¿Por qué no habían reaccionado entonces? Darley y Latané llegaron a la conclusión de que había tres factores que interfirieron con la conducta de ayuda:

- La inhibición por la audiencia: es decir, el miedo, la vergüenza, que sentimos al saltarnos una norma social (una norma social es una regla que tiene un grupo de personas, o una cultura, que dirige el comportamiento de las personas dentro del grupo... por ejemplo: no hablar con la boca llena). A lo mejor, los participantes de la investigación pensaron que, si realmente no era un ataque o algo importante, los demás podrían reírse por su equivocación.

- La influencia social: sería la presión que todos sentimos por aceptar como verdad/correcto aquello que los demás dicen o hacen. Vendría a ser eso de... "donde fueres, haz lo que vieres". En este caso, los participantes no hacen nada... porque piensan que hay otros participantes que tampoco hacen nada. "Si ellos no lo hacen... será por algo".

- La difusión de la responsabilidad: cuando una persona piensa que es el único que puede hacer algo, siente que la responsabilidad y la culpa recaen sobre él. Pero, si hay más personas... se pasa a atribuir la responsabilidad entre todos los presentes, parece que es más pequeña la parte que nos toca... Además, de que podemos pensar que alguno de los otros ha actuado o va a hacerlo en breve... "¿Para qué voy a hacerlo yo? Ya deben haber avisado" podemos pensar... Y dejamos de sentir esa preocupación.

Estos factores pueden influirnos a cualquiera, de hecho, nos influyen a todos constantemente, por ejemplo, cuando paseamos por una ciudad y una persona sin techo nos pide comida.

Ser conscientes de que esto puede afectarnos es el primer paso para poder cambiarlo. Ayudar a los demás enriquece, a uno mismo, al otro, y a la sociedad. No olvidemos la parte más bella de convivir con los demás.

sábado, 22 de octubre de 2016

¿HASTA DONDE LLEGARÍAS?

En los últimos días he comenzado a leer un libro titulado "Cuerdos entre Locos". Habla sobre algunos de los psicólogos que han hecho las aportaciones más importantes de la psicología. Pero no se queda únicamente en relatar sus investigaciones, si no que habla de ellos, y narra la forma en que ocurrieron.

Uno de los capítulos que he leído hasta el momento habla sobre Milgram y su experimento sobre la obediencia. Para aquellos que no lo conozcan, el experimento consistió en pedirle a los participantes que dieran descargas eléctricas a otros participantes cuando estos últimos fallaban al repetir listas de palabras. Se les dijo que el objetivo era ver los resultados que tenían los castigos con descargas en el aprendizaje. No parece la cosa del otro mundo, pero en realidad, sí lo era. Los participantes que recibían las descargas eran actores, estaban de acuerdo con el investigador para fingir dolor, para decir que tenían problemas de corazón y para suplicar que dejaran de darles descargas llegado el momento. El caso es que el 65% de los participantes siguieron dando descargas a pesar de las quejas de los participantes, mientras el investigador les decía que debían continuar.

Impresiona. Impresiona lo que el ser humano es capaz de hacer. Démonos cuenta de que los participantes pensaban que ellos mismos podían haber estado sentados en la silla de descargas, porque al inicio, se fingía un sorteo de los puestos, en el que siempre el actor recibiría las descargas. Pero el participante lo desconocía. Para él, el dolor del otro era real: oía sus gritos, sus comentarios sobre su salud, y al final, sus alaridos y gritos de súplica. Pensaría que él podría estar ahí sentado, sufriendo.

El 65% siguió adelante, pero no debió ser fácil para ellos. Eran personas normales, como nosotros, como nuestros vecinos. No eran personas acostumbradas a inflingir dolor a los demás. Eran personas con empatía, capaces de ponerse en el lugar de otras personas; personas con amigos, familia, hijos... con trabajos normales, que escuchan música y plantan flores en su jardín.

La primera vez que escuché hablar del experimento en la universidad, recuerdo lo interesante que me pareció, pero no me metí dentro. No me imaginé cómo fue, cómo sería estar dentro, qué sentirían los participantes, qué pensarían... No se me pasó por la cabeza qué habría hecho yo en esa situación.

Esas personas que no se negaron a continuar...¿Acaso eran malas personas? ¿No tenían piedad? ¿O eran obedientes hasta ese punto? ¿Hasta cambiar su forma de comportarse? ¿Serían así siempre? ¿Qué harían en sus vidas antes? ¿Y después? 

En el libro, se relata dos encuentros con dos participantes del experimento. Uno de ellos paró, el otro continúo. ¿Qué los diferenciaba? ¿Se comportaron igual en el resto de sus vidas? Ambos parecen recordar la experiencia como si se hubiera grabado a fuego en su memoria, como si todavía reflexionaran sobre lo ocurrido después de tantos años...Porque al terminar el experimento se les informaba, se les explicaba que el dolor del otro participante era fingido y que estaba perfectamente sano. Pero eso no pareció calmar las mentes de los participantes. El que paró, después fue a la guerra. Se podría pensar que si paró habría en él rebeldía... Pero ¿cabe la rebeldía en un soldado? En cuanto al otro participante, el que había continuado con las descargas, cambió su vida (dejó su carrera, declaró su homosexualidad en aquella época, y se convirtió en maestro). Era obediente, y dejó de serlo.

Las situaciones tienen un importante papel en nuestro comportamiento, pero no lo es todo. No podemos decir que los participantes siguieron adelante únicamente porque un investigador con bata les decía que lo hicieran... Si fuera así, el 100% habría continuado, pero no fue así. Las personas tenemos capacidad de decisión, podemos cambiar nuestro comportamiento. Aún así, nos dejamos llevar por la situación.

Me pone los pelos de punta el imaginar de lo que es capaz el ser humano. Todos conocemos las atrocidades que se han cometido a lo largo de la Historia. Parece algo lejano, algo debido a la cultura y la forma de vivir de ese momento, a la necesidad, al hambre, a la desesperación, a la locura de algunos. Pero no es así. Estas personas no estaban desesperados. Podían negarse, aunque se les dijera que continuaran, podían dejar de mover sus manos. Y no lo hicieron. Pero me consuela y me da esperanza el ver que el ser humano también es capaz de cambiar en el otro sentido. El ser humano es capaz de mejorar su vida y la de los demás. El ser humano es maravilloso, y debemos cultivarlo para hacer de la humanidad algo todavía más hermoso.