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lunes, 22 de julio de 2019

EL SIGNIFICADO DE LOS CELOS


A lo largo de la historia, en nuestra cultura, ha surgido la idea de los celos como muestra del amor que siente el otro hacia nosotros, como un reflejo de la necesidad que tiene de sentirnos, de que lo/la amemos. Por ello, hay quien piensa que los celos son algo positivo en la relación, que unen a los enamorados y fortalece su unión. Pero, ¿realmente es así?

Antes que nada, hay que definir qué son los celos. Es un sentimiento de una de las dos personas de la pareja, que puede surgir ante la idea de que el/la otro/a se dé a una tercera persona, dejando de dedicar tiempo y amor a él/ella. Es decir, puede aparecer porque piense o imagine que su pareja esté teniendo otra relación con un tercero, o, simplemente, que dedique más tiempo a estar con otras personas o a hacer otras cosas sin la pareja. Por ejemplo, se puede sentir celos por el tiempo que dedica el/la otro/a a estar con sus amigos o familia.

¿Por qué surge ese sentimiento? La persona celosa tiende a querer estar con su amada/o constantemente, necesita en todo momento sus muestras de amor, saber dónde está, etc. Esto se debe a la inseguridad. Puede llegar a pensar que no es lo suficientemente bueno para el/la otro/a, o que otras personas pueden ser más valiosas para su pareja que ella/él misma/o. Por tanto, los celos no nacen del amor, nacen de la desconfianza, de la inseguridad. ¿Puede algo así ser bueno para el amor?

Cuando una persona tiene celos, y desconfía, tiende a intentar compensar esa falta de seguridad en la relación, ejerciendo control. Algo así como: "cuanto más tiempo esté con ella/él, más difícil es que me engañe o esté con otros". Por ello, empieza a controlar (preguntar dónde y con quién está la pareja; mirar en las redes sociales, cotillear el móvil, etc). Puede parecer que es algo sin importancia,  pero también puede llegar al punto de que intente aislar a la pareja del resto de relaciones personales (familia y amigos: "cuanto más lejos esté de los demás, más cerca estará de mí").

Cuando aparecen los celos en una relación, pueden pasar dos cosas:
1. Que la otra persona no acepte el control, y sea fuente de conflicto y separación; 
2. O que la otra persona acepte, en cierto modo, el control de su pareja (porque "significa que me quiere", o "es curiosidad", o "es porque se preocupa por mí"). En estos casos, se está favoreciendo que el/la otro/a controle, y cuanto más control tenga, más querrá tener. Se alimenta su inseguridad al darle explicaciones, al dejar que tome decisiones en la vida del otro/a, etc., por lo que este tipo de conductas tenderán a aumentar: cada vez lo hará con más frecuencia y con más intensidad. Es decir, puede empezar preguntando la contraseña de una red social, y pasado un tiempo, romper el móvil del otro porque no le ha dado explicaciones al salir de casa.

Por tanto, ¿los celos alimentan el amor y la relación? NO. Más bien, atan, obligan, y destrozan el amor.

Dejo un enlace a otra entrada, en la que se puede acceder a una encuesta anónima, que te ayudará a reflexionar sobre tu relación sentimental: pincha aquí

lunes, 3 de diciembre de 2018

ME QUIERO COMO TU ME QUIERAS


Como ya hemos dicho muchas veces: el ser humano es sociable. ¿Qué quiere decir esto? Que para sobrevivir, desde la antigüedad, se ha rodeado de otros seres humanos. Esto ha permitido que fuera más fácil crecer y vivir, pero también implica que hayan surgido normas sociales, que limiten qué está bien o mal visto dentro del grupo, qué se puede hacer y qué no. Es decir, no cualquiera puede estar en el grupo, sino que es necesario que el comportamiento de la persona se adapte a lo que los demás esperan de él.

Esta necesidad por estar dentro del grupo, a lo largo de toda la historia de la humanidad, ha hecho que desarrollemos unas emociones muy fuertes en cuanto a las relaciones con los otros. Dependemos de ellos, de que nos quieran, nos cuiden, nos acepten... porque, en el fondo, sobrevivimos porque estamos con ellos, en su grupo. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, y el pensar que no tenemos eso, nos puede generar un gran dolor.

Démonos cuenta de una cosa: aprendemos a valorarnos a nosotros mismos por cómo nos valoran los demás. Si a un niño se le dice que es malo, él piensa que es malo, y si se le dice que se le da bien una tarea, piensa que se le da bien. Por eso es tan importante lo que opinen los demás de nosotros, porque nos da una imagen de lo que somos y de lo que valemos. Pero esto puede generar problemas cuando: a) no interpretamos bien la opinión que los demás tienen de nosotros y pasamos a pensar que valemos poco; o b) cuando los demás tienen una opinión infravalorada de nosotros, porque sólo se fijan en lo que se nos da mal, por ejemplo. Como tenemos esa necesidad de agradar a los demás y de conseguir su aprecio, ante estas situaciones anteriores, puede que pasemos a infravalorarnos, o que nos esforcemos exageradamente por agradar a los demás.

Os dejo una historia para reflexionar sobre esto:

Érase una vez una gran familia, con 5 hijos. El primero en nacer fue Lucas, que ya era adolescente, y había ganado muchos premios en competiciones deportivas. Después, iban Clara y Silvia, mellizas y muy inteligentes, sacaban las mejores notas de la familia. Luego, Carlos, un chico muy extrovertido y gracioso, con el que siempre querían estar todos. Diego era el siguiente, y destacaba por su destreza con la pintura. Y, la más pequeña: Nerea. Era una niña tímida, que no llamaba la atención ni destacaba en nada. Los padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera casa, por lo que habían contratado a una mujer para que se hiciera cargo de la casa y de los niños.

Todos los días, al volver del cole, Nerea se iba a su habitación a jugar y a hacer los deberes. Sus hermanos hacían lo mismo, y la asistenta sólo hablaba con ellos para darles la merienda. Nerea pasaba la tarde esperando a que llegaran sus padres. Siempre salía corriendo a saludar a sus padres en cuanto oía abrirse la puerta, pero sus padres llegaban tan cansados, que no tenían ganas de jugar con ella. El único rato que pasaban juntos era en la cena, donde todos sus hermanos contaban todos sus méritos y esperaban las alabanzas de sus padres. Nerea, que todavía iba a parbulitos, contaba lo que había hecho en el cole. Sus padres la escuchaban y la sonreían, pero Nerea sentía que no tenían el mismo interés por sus historias que por los logros de sus hermanos.

Según crecía, Nerea se esforzaba en conseguir la aprobación y admiración de sus padres. Estudiaba mucho, se esforzaba en las clases de gimnasia, e intentaba ser divertida y graciosa, cosa que le costaba mucho, porque, en el fondo, era bastante tímida. Con el tiempo, aprendió que sus padres la atendían más cuando hablaba de sus amistades y de los planes que hacía con ellos. Nerea empezó a organizar actividades con sus amigos, para divertirse. Por su timidez, le resultaba más sencillo jugar, que hablar con ellos. Por eso, cada vez lo organizaba con más frecuencia, hasta el punto que pasaba todo su tiempo libre planeando los juegos del fin de semana siguiente. 

Sus amigos, al principio, se divertían mucho, pero, con la adolescencia, pasaron a interesarles más otros planes. Querían charlar de chicos, hacer fiestas de pijamas o ir de compras. Los chicos, preferían irse a casa de alguien a jugar a videojuegos o hablar de cosas que a Nerea tampoco le interesaban mucho. Entonces, empezaron a poner excusas a Nerea para no ir a sus juegos. Como no tenían una relación muy íntima con ella, por su timidez, y porque siempre se veían sólo para jugar, no sabían cómo decirle que no querían ir a sus planes. Nerea empezó a sentirse mal, porque no entendía porqué ya no quedaban con ella, e intentaba hacer los planes más originales, para que todos quisieran ir, pero tampoco funcionaba.

Un día, Nerea se atrevió a preguntarle a una de sus amigas qué pasaba, y ella se lo explicó. Al principio, se sintió avergonzada, pero después, comprendió que había intentado, con demasiada insistencia, el agradar a los demás, y justo eso, la estaba separando de sus amigos. Entonces, empezó a quedar para hacer los planes de sus amigos, y se dio cuenta de que también le divertían. Ya no tenía la necesidad de hacer planes de actividades para sentirse valorada, porque se dio cuenta de que sus amigos la querían tal cual era ella.

Debemos darnos cuenta de una cosa: no hay nadie que valga poco, porque todos nacemos con la necesidad de ser queridos, pero también con la habilidad de querer a los demás, y esa habilidad es de las más importantes. El siguiente paso que debemos dar es aprender a querernos a nosotros mismos. Cuando aprendemos a valorar todo aquello que sabemos hacer, y a aceptar que no podemos ser perfectos en todo, es cuando más nos querremos y cuando podremos relacionarnos mejor con los demás. 

lunes, 28 de mayo de 2018

¿CÓMO SÉ SI NECESITO AYUDA PSICOLÓGICA?


En nuestra sociedad, todavía no está completamente aceptada la enfermedad psicológica. Esto se debe, en gran medida, al desconocimiento. Parece que lo que la sociedad conoce sólo se basa en lo que ven u oyen: las noticias de personas que comenten actos violentos, y que padecían algo llamado "enfermedad mental". Y, a partir de ahí, se generaliza la agresividad, impulsividad o "locura" de una persona a cualquier otra que tenga un "trastorno psicológico que suene parecido".

Otras veces, el desconocimiento lleva a los falsos mitos sobre lo que es un trastorno psicológico, cómo se comportan esas personas, qué se puede hacer o no en esos casos... O puede llegar hasta el punto de que se niegue que existen este tipo de trastornos, como si fueran excusas que se buscan para "evitar ir a trabajar", por ejemplo.

Toda esta situación genera un ambiente en el que la persona afectada por algún tipo de sintomatología psicológica (por muy leve que sea) puede intentar negar su problema, por temor a ser estigmatizado por los demás, o por el propio estigma que se ponga él mismo. Es decir, no quiere creer que tenga una enfermedad mental, porque eso es "estar loco", "estaré así el resto de mi vida", y/o "¿qué pensarán los demás cuando se enteren?".

Todo esto hace que sea difícil para la persona el buscar ayuda profesional. Tiene tantas dudas y tantas falsas creencias, que el miedo a lo que desconoce, le puede frenar. Por ejemplo, algunas falsas creencias que las personas pueden tener sobre los trastornos psicológicos pueden ser:

- Los trastornos psicológicos son para toda la vida: esto no tiene porqué ser así. En la mayoría de los casos, las personas pueden mejorar y superar por completo, o en buen grado, los problemas que tengan.

- El ser diagnosticado de un trastorno psicológico supone un cambio negativo en la vida (como tener que dejar el trabajo, que te puedan ingresar...) : Tampoco tiene porqué ocurrir nada de esto. Son casos muy concretos en los que las persona no está en condiciones de desarrollar un trabajo, o que hacen necesario su ingreso en un centro.

- El ir a un psicólogo es "estar loco": el término "locura" se basa en el desconocimiento de lo que realmente son los trastornos psicológicos. Hay un amplio grupo de trastornos psicológicos que no se parecen en nada a lo que la gente suele llamar "locura". De hecho, muchas personas, a lo largo de su vida, se encuentran con problemas que nos pueden ocurrir a cualquiera, y que les generan un malestar muy grande, y sentirse incapaces de salir de esa situación por sí mismos. ¿Acaso está loco alguien por no superar la pérdida de un ser querido?, por ejemplo.

Todas estas ideas (y algunas otras no recogidas en la lista), pueden llenar la cabeza de la persona que necesita ayuda, generarle dudas, y frenarla en la búsqueda de quién le guíe hacia una solución. 

Una de esas dudas que pueden surgir es si realmente se necesita ayuda o no. La respuesta esta pregunta es sencilla: si sientes malestar, ante algo en tu vida que crees no poder manejar, y ese malestar está interfiriendo en tu vida (por ejemplo, rindes menos en el trabajo o en los estudios, te hace salir menos con tus amistades o tienes más conflictos con las personas con las que te relacionas, pierdes el apetito o comes sin control, duermes mal), es el momento para buscarle una solución al problema

De hecho, para acudir a un psicólogo, no es "necesario" tener un trastorno como tal, que cumpla todas las condiciones para el diagnóstico. Un psicólogo puede, simplemente, enseñarte estrategias que te sirvan en tu día a día para enfrentarte mejor al estrés, a los conflictos con otras personas, a tomar decisiones... O a cambiar tus hábitos de vida para tener una mejor salud... entre muchos posibles ejemplos.

Si crees que no puedes hacer frente a eso que te pasa (por nimio que pueda parecerles a los demás) tú sólo, necesitas ayuda. Tú eres quien realmente te conoce, y quien sabe qué puedes enfrentar sólo y qué no. No importa si alguien te dice que es una tontería o que ellos ya lo habrían resuelto o que es algo común, si para ti es un problema importante y difícil de afrontar, no tienes porqué frenarte en buscar ayuda profesional.

miércoles, 28 de febrero de 2018

COMER PARA CALLAR LAS EMOCIONES


Ya sabemos lo provechoso que es vivir en sociedad, y el estar adaptado en ella, porque nos hace la vida más fácil, nos ayuda a sobrevivir. Sin embargo, la sociedad no sólo nos enseña cosas que nos ayudan en nuestro día a día, si no que también, nos enseña malos hábitos. Uno de ellos, es el intentar acallar nuestras emociones (estados de ánimo desagradables, generalmente), a través de la comida (o, mejor dicho, de la comida insana).

Esta conducta es muy frecuente, y se encuentra reflejada en muchos aspectos del día a día de la gente. Por ejemplo, en las fiestas, aunque no sea una hora central del día, siempre hay comida. En el cine, los recipientes de las palomitas son enormes. Abundan los restaurantes que sirven comida gigante. Incluso, en muchos restaurantes hay retos: hamburguesas enormes que, si las terminas dentro de un tiempo determinado, son gratis.

Seguramente estés pensando "¿y qué hay de malo en esos ejemplos? ¡vaya tontería!". Puede parecerlo: ese es el problema. En todos esos casos, la comida no tiene el valor de alimentarse. La gente no se come una hamburguesa XXL porque tenga hambre. Cuando comes hasta inflarte, no comes porque tengas hambre. En esos casos, se le está dando un valor "lúdico" a la comida. Se convierte, algo tan natural y sano como alimentarnos para sobrevivir, en una actividad que podemos hacer... porque sí. Y en ese momento, es cuando deseamos comer aunque no lo necesitemos. Comemos, por comer, y nos atiborramos de chocolate, patatas fritas, chucherías, bollería y todo aquello que sea rápido, barato, y poco nutritivo.

Pero ahí no acaba la cosa: como ese tipo de comida es divertido... ¿por qué no comerlo cuando estoy triste? Un claro ejemplo de esto es la típica película en la que las protagonistas, deprimidas, se ponen a comer tarrinas de helado de kilo, con una cuchara (sin medir la cantidad), mientras ven una película. En ese caso, ya se le da un valor más a la comida: el de regular las emociones. Aunque, mejor dicho, lo que se hace es intentar acallarlas. Porque, mientras como, me distraigo y, encima, está rico. Y ahí llega el problema: cuando comemos así hay dos opciones: a) paro de comer, y me doy cuenta de que sigo igual de mal (con las mismas emociones negativas), o b) sigo comiendo hasta que mi cuerpo no puede admitir más comida (me sentiré mal por las emociones que tenía, por la culpa por no haber parado de comer, y me dolerá el estómago, por ejemplo). Este último ejemplo es el extremo, el de personas con fuertes sentimientos negativos que no saben cómo afrontar y no son capaces de hacerles frente si no es de esa manera. Pero al ser casos extremos, podemos pensar que son poco frecuentes, pero, en realidad, están ahí. Personas, que un día, vieron un anuncio en la televisión de una chica adolescente que llega a casa, triste, y su padre, sin saber cómo consolarla (sin saber gestionar las emociones de una manera sana, como podría ser un abrazo, la escucha activa, etc), le prepara un plato de comida rápida (e insana) para cenar. Y el anuncio termina con los dos comiendo y riendo.

No olvidemos que, los anuncios, aunque sean sólo anuncios, son ejemplos de la sociedad. Su objetivo es decirnos qué hacer, qué comprar... en definitiva: cómo comportarnos. Y lo que un día vemos por la tele, que puede parecernos algo sin importancia, al día siguiente podemos hacerlo en casa. Y cuando eso se convierte en una costumbre (cuando todos los días como chocolate, aunque tenga diabetes o sobrepeso, por ejemplo), empieza a tener una importancia, un impacto negativo, de algo que, sin darnos cuenta, se nos puede ir de las manos.

Intentemos ser conscientes de que, comiendo, no vamos a sentirnos mejor. En cambio, hay otras mil cosas diferentes que podemos hacer para sentirnos mejor: hablar con alguien de nuestras emociones, hacer cosas que nos hagan sentirnos útil y satisfechos, practicar la atención plena (te dejo un enlace introductorio sobre el tema picha aquí), cuidarnos... Y si, aún así no sabemos cómo manejar esos estados de ánimo negativos, podemos buscar la ayuda de un psicólogo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

POR QUÉ NADIE AYUDA...


Todos lo hemos hecho alguna vez... Todos estamos sujetos a su influencia... Pero no nos damos cuenta de ello. Ponemos excusas, buscamos justificaciones para nuestro comportamiento... pero son solo eso: excusas.

¿Cuántas veces te han pedido ayuda? Mejor, hagamos la pregunta más fácil... ¿Cuántas veces, en la última semana, alguien te ha pedido ayuda? De esas veces, ¿cuántas has dado la ayuda que te pedían? Seguramente, no te sientas orgulloso de aquellas ocasiones (aunque sean pocas) en las que has denegado tu ayuda... ¿Por qué? Porque tenemos el altruismo arraigado dentro de nosotros.

El ser humano es un ser social, ha evolucionado y sobrevivido durante la historia gracias a encontrarse en un grupo, un grupo que colabora, que sigue unas reglas, y que se mantiene gracias a las relaciones de los unos con los otros. De hecho, los niños no sobrevivirían sin las ayudas de sus padres, o de otros familiares, o de personas dispuestas a ayudarlos...

Por tanto, el ser humano tiende a ayudar, pero no siempre lo hace. Incluso, puede llegar a darse el caso de que aún sabiendo que debe hacerlo, no lo haga, y después, tenga remordimientos. De hecho, han ocurrido muchos delitos con testigos que no ayudan a las víctimas. Acoso escolar, violaciones, agresiones... donde los testigos ni siquiera llaman a la policía o a emergencias, o socorren a la víctima cuando el agresor se ha marchado... ¿Por qué? ¿Por qué no ofrecemos nuestra ayuda si pensamos que debemos hacerlo? ¿O es que esos testigos son malas personas, impasibles al dolor de los demás? Pero... ¿es posible que todos los testigos de esos actos sean así?

Darley y Lanaté investigaron los factores que pueden hacer que la conducta de ayuda no se produzca. Imagínate esta situación: estás en una sala de espera. Te han dicho que en otras salas hay otras personas esperando, y que os avisan de que os toca ser atendidos por el interfono que todos podéis oír. Tú estás esperando, tan tranquilo, y de repente, empiezas a oír por el interfono que alguien está sufriendo un ataque y necesita ayuda. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? Porque te das cuenta de que las otras personas también lo están escuchando... y nadie sale a avisar... Puede que empieces a plantearte que, a lo mejor, estás confundido, que no es nada grave, que seguramente ya estén atendiendo a la persona... A lo mejor... no haces nada.
Ahora, imagínate la misma situación, pero cuando te llevan a la sala de espera, te dicen que no hay nadie más esperando, y después, oyes cómo una persona sufre un ataque. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? ¿O te pararías a reflexionar?
Éstas son situaciones que crearon dichos investigadores en su estudio. Los resultados fueron claros: saber que hay otras personas, además de nosotros, hace que la probabilidad de que reaccionemos para dar ayuda sea menor. Y además, tardamos más tiempo en tomar la decisión de ayudar.
Para entender en mayor profundidad por qué pasaba esto, hicieron entrevistas a los participantes, y vieron que, aunque no hubieran avisado, aunque no hubieran ofrecido su ayuda, después, se sentían mal y preocupados. ¿Por qué no habían reaccionado entonces? Darley y Latané llegaron a la conclusión de que había tres factores que interfirieron con la conducta de ayuda:

- La inhibición por la audiencia: es decir, el miedo, la vergüenza, que sentimos al saltarnos una norma social (una norma social es una regla que tiene un grupo de personas, o una cultura, que dirige el comportamiento de las personas dentro del grupo... por ejemplo: no hablar con la boca llena). A lo mejor, los participantes de la investigación pensaron que, si realmente no era un ataque o algo importante, los demás podrían reírse por su equivocación.

- La influencia social: sería la presión que todos sentimos por aceptar como verdad/correcto aquello que los demás dicen o hacen. Vendría a ser eso de... "donde fueres, haz lo que vieres". En este caso, los participantes no hacen nada... porque piensan que hay otros participantes que tampoco hacen nada. "Si ellos no lo hacen... será por algo".

- La difusión de la responsabilidad: cuando una persona piensa que es el único que puede hacer algo, siente que la responsabilidad y la culpa recaen sobre él. Pero, si hay más personas... se pasa a atribuir la responsabilidad entre todos los presentes, parece que es más pequeña la parte que nos toca... Además, de que podemos pensar que alguno de los otros ha actuado o va a hacerlo en breve... "¿Para qué voy a hacerlo yo? Ya deben haber avisado" podemos pensar... Y dejamos de sentir esa preocupación.

Estos factores pueden influirnos a cualquiera, de hecho, nos influyen a todos constantemente, por ejemplo, cuando paseamos por una ciudad y una persona sin techo nos pide comida.

Ser conscientes de que esto puede afectarnos es el primer paso para poder cambiarlo. Ayudar a los demás enriquece, a uno mismo, al otro, y a la sociedad. No olvidemos la parte más bella de convivir con los demás.

lunes, 24 de abril de 2017

NO SOMOS SUPERHÉROES


Todos tenemos la idea de que quien sobresale, quien es más listo, quien hace mejor una determinada actividad, es mejor que el resto de la gente. Se premia lo que destaca frente a la normalidad... o la mediocridad. Tenemos la idea de que quien es "normal", en realidad es "mediocre". Los subestimamos. No valoramos con buenos ojos sus capacidades o su esfuerzo porque no son tan buenas como las de los otros.

A todos nos gusta lo mejor. Nos enseñan de pequeños a admirar a los que ganan, a los mejores. ¿Cuántos seguidores tienen los grandes equipos de fútbol? ¿Y, en cambio, los equipos locales? ¿Acaso son mejores en todos los aspectos los jugadores profesionales que quienes tienen que dedicarse a otra profesión y sacar tiempo a parte para poder entrenar?

Al mismo tiempo, crecemos con las exigencias de nuestros padres. Tenemos que sacar buenas notas, en todo. Si se nos dan mal las matemáticas, nos apuntan a una academia. Cueste lo que cueste, hay que sacar buenas notas. Nos volvemos esclavos de las exigencias... y de las comparaciones... Porque los padres conocen a más niños de nuestra edad, y siempre, alguno, sobresale. Las comparaciones son odiosas, eso lo sabemos todos. Pero no nos damos cuenta que las exigencias de rendimiento también son comparaciones. Si nuestro rendimiento es "bueno" o es "malo" es porque lo estamos comparando con algún punto, con alguna referencia, que alguien marca. Y eso, frustra. Nos hace luchar contra algo que cuesta, y desgasta.

Y así, crecemos con la idea de que tenemos que rendir en todos los aspectos. Tenemos que hacerlo todo bien. Si queremos triunfar, tenemos que ser el mejor de nuestra promoción. Tenemos que saber inglés, porque los idiomas son muy útiles y necesarios hoy en día. Tenemos que hacer deporte, aunque pasemos 12 horas fuera de casa por el trabajo.

Cuanto más cosas haces, más valor tienes. Más admiración recibes de los demás. ¡Qué grato es que te digan "yo no podría hacerlo tan bien como tú"! O eso de "¿y cómo te da tiempo a hacer tantas cosas?"

Nos gustan los halagos de los demás. Y como queremos que nos halaguen... nos esforzamos. Pero al crecer con estas ideas, llega un punto en que ya no sólo lo hacemos porque consigamos que los demás nos den atención o aprecio... lo hacemos porque creemos que tenemos que hacerlo. Tenemos que trabajar, hasta el punto de dejarnos la piel en el trabajo. Tenemos que hacerlo todo perfecto, destacar, para ascender, o para que no nos despidan. Y pasamos así todos los días.

¿Por qué es tan doloroso que nos despidan? Incluso sin tener necesidades económicas, nos duele. Porque creemos que ya no somos valiosos para la empresa, que no hemos hecho las cosas bien. Aunque hayamos echado horas extra sin cobrarlas, o hayamos hecho trabajos que corresponden a otros puestos... si nos echan, nos echamos nosotros mismos la culpa. Pensamos que tendríamos que haber sido más rápidos, más ingeniosos, más efectivos... Nos causamos dolor a nosotros mismos porque nos valoramos menos de lo que realmente merecemos. Porque nos han enseñado a valorar sólo los resultados, no el proceso, ni el interés, ni el esfuerzo.

Se nos olvida que somos personas de carne y hueso, o directamente, no queremos serlo. Queremos convertirnos en algo que no somos: superhéroes. Y luchar contra eso, sólo nos genera sufrimiento.

Si aceptamos nuestras capacidades al mismo tiempo que nuestros defectos, podremos encauzar nuestra vida hacia actividades y exigencias que estén a nuestro alcance. No quiero decir que no intentemos conseguir metas, si no darnos cuenta de que no todas podremos alcanzarlas... pero muchas de ellas, sí. Si nos dirigimos hacia aquellas que supongan un reto, pero que con esfuerzo e interés las podamos conseguir, nos sentiremos mucho más satisfechos y realizados que esforzándonos por algo inalcanzable, que sólo nos hará sentir frustración. 

Abandonemos la necesidad del hacer. No se es peor por estar en paro o por no tener ninguna actividad o meta que cumplir. Aceptémonos. Disfrutemos de la vida tal cual nos llega. La vida no es una competición, sólo un camino.

jueves, 15 de diciembre de 2016

LA MÚSICA ENSEÑA, PERO NOSOTROS TAMBIÉN

Hace poco, me enteré de que hay una nueva canción de moda. No voy a decir ni el artista ni el título, para evitar hacer cualquier tipo de publicidad. El caso es que decidí leer la letra de la canción, y me sorprendió los mensajes que aparecen. Habla de "estar enamorado", cuando en realidad, la letra va de sexo. Si se lee con atención, es fácil darse cuenta de ello. El problema, es que hay mucha gente que no lo hace, sobre todo, en la adolescencia.

En esta etapa de la vida, juegan un papel muy importante las hormonas, y lo que se desea es adaptarse, ser aceptado. ¿Qué hay más importante para un adolescente que sus amigos? Por ellos, por ir a moda, por hacer lo que "mola" (o como se diga ahora), se pueden llegar a hacer muchas tonterías. Por ejemplo, fumar, emborracharse, llevar ropa minúscula por ir sexy (aunque haga 3 grados en la calle), o tener relaciones sexuales sin protección.

Puede parecer una tontería cantar una simple canción que ahora está de moda y en tres meses no se escuchará por la radio, pero en el fondo, no lo es. La música es cultura, y la cultura refleja las ideas de la sociedad. Si en una canción se habla de relaciones sexuales esporádicas, si se habla de sexo confundiéndolo con estar enamorado... Lo que se está haciendo, es normalizarlo, hacer que la sociedad lo considere normal. Y puede serlo. Es decir, no tiene porqué ser malo el mantener relaciones sexuales fuera de una relación simplemente por placer, pero no es lo mismo que lo hagan personas adultas que adolescentes, que todavía están creciendo. Y ahí es donde está el problema: los adolescentes quieren crecer, parecer adultos, quieren dejar de ser niños, y para ello, imitan a los adultos: fuman, beben, y tienen relaciones sexuales.

Todavía existe cierta presión entre los adolescentes en cuanto al sexo. Chicas que acceden a tener relaciones, aunque no estén seguras, porque creen que sus amigas lo han hecho, o porque el chico que les gusta quiere hacerlo.

Si fomentamos la idea de la mujer como objeto sexual (por ejemplo, en una canción), valorándola sólo porque es atractiva o cómo se comporta durante el sexo, estaremos dando ideas sobre cómo pensar y actuar a los adolescentes: los chicos entenderán que pueden usarlas "y ya está"; y las chicas, que tienen que acceder a mantener relaciones sexuales para ser aceptadas, por ellos y por ellas.

¿Qué podemos hacer? Educar. No tolerar el machismo. Fomentar la igualdad. Educar en el respeto, en la reflexión. Enseñarles a pensar en ellas, a que no deben hacer nada por los otros (porque eso genera problemas), si no buscar su bienestar, hacer lo que ellas necesiten. Educar para valorar a las personas por cómo se comportan con nosotros. Que sepan decir "no" llegado el momento, y que tengan la suficiente confianza en sí mismos para decirlo. Cuando alguien está sano, tiene confianza y seguridad, tiene habilidades para enfrentarse a los problemas, es resolutivo... está más protegido ante los demás, porque sabrá responder ante ellos y sus conductas.

Educar es proteger y criar niños sanos en todos los aspectos.

¿Cómo hacerlo? Ahí van unos pequeños consejos:

1. Educar en igualdad: respetando las ideas/gustos de niños y niñas, sin encasillarlos por cuestión de sexo. Por ejemplo: respetando si un niño quiere jugar con muñecas; haciendo que los dos se encarguen de tareas en el hogar; teniendo las mismas normas para ambos; no despreciando las opiniones o conductas de mujeres (por ejemplo, decir: "las mujeres no saben de política"... "las mujeres no conducen bien"... "¡mujer tenía que ser!"... "mírala, va provocando con esa falda"... "no debería ir sola por la calle a estas horas"...). Todos estos comentarios parecen livianos, sin importancia, pero van calando en la mente de los niños, y crecen con la idea de que la mujer no tiene los mismos derechos que el hombre, que es peor, débil... Y eso ayuda a que se utilice a las mujeres y se abuse de ellas de muchas formas.

2. Enseñarles que cuando algo nos hace sentir mal, no es buena idea: las emociones son adaptativas, nos han servido, a lo largo de toda la historia, para sobrevivir. La ansiedad, el miedo, la tristeza, nos avisan de que hay algo en nuestra vida que no va bien, que hay un problema, y que hay que buscarle solución. Por eso, hay que saber escuchar lo que nos están diciendo nuestras emociones, para poder afrontar mejor las dificultades que surjan en nuestra vida. Si sentimos ansiedad o miedo, estamos frente a un problema, por lo que hay que analizarlo para buscar la mejor respuesta... Si sentimos tristeza, hemos perdido algo que teníamos o que esperábamos tener, y es bueno buscar el consuelo y la ayuda de las personas que nos quieren. Por eso, es importante que los adolescentes sepan escuchar sus emociones: sabrán qué les ocurre y podrán enfrentarse mejor a ello.

3. Educar en el respeto: se trata de no despreciar las opiniones o las acciones de los demás. Si los niños ven que, aunque se tengan opiniones distintas, ninguno desprecia al otro, sabrá que las dos opiniones, y las dos personas, son igual de valiosas. Eso no implica sólo el que el niño aprenda a no minusvalorar a los demás, si no a no minusvalorarse a sí mismo. Si yo considero que todos merecemos el mismo respeto, respetaré a los demás, y me respetaré a mí mismo. De esta forma, fomentamos que se quiera, se valore, y se cuide. Y que aprenda a distinguir cuándo, lo que nos dice alguien que hagamos, nos puede beneficiar o perjudicar. Sabrá decir "no". Aprenderá a no permitir que los demás le valoren negativamente, le utilicen, o le desprecien.

Así, podremos hacer que las nuevas generaciones sean más fuertes, y no se dejen influenciar, a la primera de cambio, por las modas, la publicidad, o cualquier persona.

lunes, 28 de noviembre de 2016

YO CONSUMO, TÚ CONSUMES, ÉL/ELLA CONSUME...


La semana pasada ha habido una gran expectación por una fiesta del consumismo: el Black Friday. Toda la semana hemos estado recibiendo publicidad, anunciando los grandes descuentos. Hasta los telediarios se han hecho eco de la noticia: "descuentos hasta el 70%". 

Y es que empiezan las Navidades. ¿O no? Porque falta todavía un mes... Es pronto, hay tiempo de sobra para hacer las compras necesarias... Pero si nos lo ponen más barato, ¡habrá que aprovechar!. Porque cada vez empiezan antes... Más tiempo de fiestas, más tiempo de consumo. Recuerdo que en mi infancia, hasta mediados de diciembre no se empezaban a poner adornos... Ahora, se enlaza Halloween con Navidad... en Noviembre ya se venden roscones de reyes.

Y no es que me parezca mal que hagan ofertas para que compremos... es el punto al que se llega. El bombardeo constante al que nos vemos sometidos. Nos dicen que compremos, porque comprando somos más felices, regalamos sueños y felicidad a los demás... ¡Qué bonito! ¿no? En las noticias daban cifras del dinero que iba a gastarse de media cada persona, y no eran precios bajos... Salían estadounidenses diciendo que habían comido en vez de cenar en Acción de Gracias para poder ir a comprar, haciendo colas enormes, comprando de madrugada para conseguir el mejor precio. Gente que iba desde México, que llevaba años ahorrando para ir a esa fiesta del consumo. ¿Hasta qué punto llega? ¿De verdad es necesario todo eso?

La Navidad es una época bella del año, por el reencuentro con las personas queridas, la buena voluntad, la calidad que se respira a pesar del frío que haga en la calle. Y, ahora, cada vez más, se convierte en consumismo. Reducimos la Navidad a los regalos. Parece que cuanto más compremos, más felices van a ser los demás y más felices nos sentimos nosotros por dar. Y a veces, más no es mejor.

¿Cuántos regalos hacemos a los niños pequeños? A veces tantos, que no juegan ni con la mitad de ellos. ¿Cuánta ropa tenemos en los armarios? Muchas veces tanta que no nos entra más. Acumulamos ropa que hace mucho que no nos ponemos, pero ahí la tenemos porque nos gusta. Y seguimos comprando más. Pensamos por el "quiero", nos movemos por el "quiero". Podemos ir mal de dinero, pero se nos pasa por la cabeza la posibilidad de encontrar el chollo, la gran oportunidad, el mejor precio, y no lo podemos dejar pasar. ¿O sí?

El ser humano se rige por el refuerzo inmediato, es decir: vale más algo "positivo" que tengamos ya, que las consecuencias negativas que pueda traernos a largo plazo. ¿Existe algún fumador que no sepa las consecuencias que tiene el tabaco en la salud? ¿Y si lo sabe, por qué no deja de fumar? Porque ahora, en este momento, tiene ganas de fumar, y le cuesta poco coger un cigarrillo... Al fin y al cabo... ¿Cuánto cuesta un paquete de tabaco?... Pero no es tan poco dinero si se piensa en todos los paquetes que se compran al cabo de un mes... o de un año. Pero eso no importa, lo que importa es que "tengo ganas de fumar, y fumo". Así es como aparecen los problemas psicológicos: hacemos cosas que a la larga nos perjudican, pero que "de primeras" son un parche, nos alivian, o nos hacen evitar algo por lo que no queremos pasar. Y al final, la rueda del problema crece y crece y se hace tan grande que no se puede parar por uno mismo. 

Con las compras, pasa lo mismo: simplemente, sabemos lo "feliz" que nos hace el comprar algo nuevo, algo que queremos, que deseamos. "Si ahora no tengo dinero... lo pago con la tarjeta de crédito y ya me lo pasarán por el banco el mes que viene... que tendré dinero", podemos pensar. Y así, con todo. Hacemos lo que sea para comprar. Nos aburrimos: nos vamos al centro comercial o miramos las páginas de internet de las tiendas y compramos, sin ni siquiera probárnoslo, verlo, o tocarlo, antes. "Da igual. Son 2 euros, son 5 euros..." lo que sea. Porque cuando lo veo, lo quiero, porque cuando lo tenga, "estaré muy guapa, y todos me dirán que me queda muy bien". Como las compras compulsivas... la persona gasta hasta tal punto que se arruina, pero sigue comprando porque siente alivio cuando lo hace.

O ejemplo: cuando compramos cosas de electrónica... pensamos que podremos hacer tantas cosas con ello... porque "es lo último que ha salido al mercado, y la pantalla se ve en 3D, y no pesa nada, y tiene tantos puertos usb... es genial" y lo TENGO que comprar, porque ahora vale a mitad de precio. Pero no nos paramos a pensar en que vemos la televisión muy poco, porque casi no estamos en casa, por ejemplo. No nos fijamos en nuestras verdaderas necesidades, compramos, porque creemos que tenemos esa necesidad, pero muchas veces, no es así. ¿Cuántas botas necesitamos para el invierno? ¿Cuántas televisiones? ¿Cuántos ordenadores? ¿Cuántos coches? ¿Cuántas joyas? Si antes no lo teníamos y éramos felices... ¿por qué ahora lo necesitamos?

En verdad, no lo necesitamos. Lo que necesitamos son unos ojos limpios, que puedan ver y buscar; una mente fresca y libre, que no se deje llevar; y un corazón limpio, que sepa lo que necesita amar. Porque a veces, menos sí es mejor. Las cosas sencillas, que nos facilitan el contacto con el mundo, con las personas que tenemos al lado, con la vida, son las que verdaderamente nos hacen ser felices. Porque lo que necesitamos no es lo que sea lo mejor, o lo último, o lo más barato. Lo que necesitamos es aquello que nos llena el alma todos los días, aquello que nos da tranquilidad todos los días, aquello que nos aporta algo todos los días. Invierte tu vida en cenar con los que quieres, en aprender, en viajar, en cumplir tus sueños... no en comprar. Los sueños basados en cosas materiales se consumen en cuanto se consiguen. Pregúntate qué le aporta a tu vida las cosas que haces, y podrás disfrutarla con mayor calidad que comprando.

lunes, 21 de noviembre de 2016

SOMOS SOCIALES, PARA BIEN O PARA MAL


Todos hemos escuchado alguna vez eso de que "el ser humano es social". Existe la Sociología y los sociólogos; las sociedades; los socios... todos socializamos. De hecho, quien no socializa, es criticado por la sociedad. En la sociedad, hay que ser sociales, por decirlo de algún modo...

La sociedad es ese grupo de gente en el que estamos inmersos. Nacemos en una sociedad porque nuestros padres están en ella, y al mismo tiempo, nosotros la formamos. La sociedad nos enseña, nos protege, nos guía y nos limita.

Si nos vamos a los principios de la Historia, sabemos que el Homo Sapiens sobrevivió y se extendió por el mundo porque vivía en grupo. Si sobrevivía a los depredadores era porque el grupo estaba junto; si sobrevivía al hambre era por la ayuda del grupo... El ser humano no estaba preparado para vivir en el mundo en soledad. No era adaptativo. La mayoría de esos homos que no pertenecían a ningún grupo estaban expuestos a los peligros de la naturaleza y era mucho más fácil que murieran. Por eso, somos así: tenemos los genes de aquellos primeros seres humanos que se mantuvieron unidos, quizás por las emociones (amor, cariño, altruismo...), a su grupo.

Las emociones nos relacionan con los otros: cuando estamos tristes, buscamos el consuelo de los que nos quieren; cuando amamos, queremos estar con el otro porque nos sentimos bien... Las emociones son adaptativas (nos ayudan a sobrevivir) y hacen que nos adaptemos a los otros. Por ejemplo, la vergüenza: lo incómodos que nos sentimos si consideramos que nos saltamos una regla social hace que no lo hagamos, y así, nos mantenemos cómodamente dentro del grupo, sin que haya conflictos. La empatía, que nos permite ponernos en el lugar del otro, comprender su situación y las emociones que puede estar sintiendo, nos ayuda a relacionarnos con el otro, a estar en sintonía.

La sociedad nos hace ser como somos. Nos ofrece una cultura, unas normas sociales (reglas sobre lo que está bien y lo que está mal). Por ejemplo, nos enseña que hay que ceder el asiento a las personas mayores, las mujeres embarazadas... Pero también nos enseña cosas que pueden ser perjudiciales, como el machismo, la homofobia, la xenofobia...

Debemos ser conscientes de todo lo bueno que nos da la sociedad: nos permite desarrollarnos (aprender a hablar, ir al colegio, formarnos, curarnos si estamos enfermos, nos da alimento si nos falta, o ayudas sociales, nos ofrece sitios de ocio, la posibilidad de desplazarnos a otros sitios o de comunicarnos con gente que está muy lejos). La sociedad es maravillosa porque nos brinda todas esas oportunidades y muchas más. Pero hemos de ser conscientes de que no todo lo que reluce es oro. Todavía forma parte de nuestra cultura la idea de que el hombre cuida a la mujer y la mujer se encarga del hogar y la familia; que hay ciertos trabajos de hombres y otros de mujeres... Me da pena que en pleno siglo XXI todavía se puedan escuchar comentarios racistas, chistes a costa de la discapacidad, prejuicios... No nos damos cuenta, pero la sociedad está envenenada de malos pensamientos, los pensamientos que tenemos cada uno de nosotros sobre los demás. Pensamos que "nosotros" somos mejores que "ellos", juzgamos a las personas por su edad, sexo, religión, gustos, opiniones, o por las cosas que hacen en su día a día... Y nada de eso asegura que alguien sea mejor o peor que otra persona. Pero es muy fácil culpar de los problemas a los otros. Es fácil quejarse de los atascos aunque nosotros mismos los formemos por no usar el transporte público. O quejarse porque alguien se ha llenado los bolsillos evadiendo impuestos cuando somos nosotros mismos los primeros que pedimos al fontanero que no nos cobre el IVA. Decimos que los extranjeros hacen o dejan de hacer; que si los jóvenes son irresponsables...

Vivimos en una sociedad que no sabe respetar al otro. Somos sociales, necesitamos a nuestra familia y amigos para sobrevivir y ser felices, no podemos estar solos. Pero criticamos, juzgamos, a los demás. Somos socialmente egoístas. 

Existe un cuento popular, que ejemplifica muy bien la facilidad del ser humano para opinar, juzgar y criticar a los demás, y lo perjudicial que es para una persona intentar complacer a todos, lo que es imposible de hacer. Criticando, sólo se consigue dañar al otro.



Usemos esa maravillosa herramienta que nos ha dado la naturaleza: seamos empáticos, aceptemos y respetemos al otro. Démonos cuenta de que no existe UNA verdad, si no, MILES.

Si cada uno de nosotros formamos la sociedad, cada uno de nosotros puede cambiarla. Busquemos el amor, la tranquilidad, la igualdad, el respeto. Enseñemos a los demás a ser libres, a tomar sus propias decisiones y a buscar su propio camino. Es una pena que la misma sociedad que nos da todas las oportunidades para tener una vida plena sea la misma que nos ata y nos limita por unas reglas sociales imperfectas.