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viernes, 5 de abril de 2019

¿TENGO UNA RELACIÓN SANA?


Ya hemos hablado de la dificultad que existe para ver, en primer persona cuándo se está en una relación insana. Para intentar hacer esto más fácil, he elaborado un test. En él, no se da una respuesta sobre el tipo de relación que es, ni se ha estudiado científicamente sus característica psicométricas. Su finalidad no es la de obtener información para un estudio, si no de servir de reflejo a aquella persona que lo use, hacerle reflexionar, y hacerle dirigir su atención a aspectos importantes que pueden señalar que una relación no es sana.

Si una vez finalizado el ejercicio, has pasado a estar inquieto/a, a preocuparte, o a estar triste por alguna de las preguntas que has respondido, es signo de que algo no va bien. Si quieres cambiarlo, busca ayuda profesional.







martes, 8 de enero de 2019

¿CÓMO LO CONSIGO?


Acaba de comenzar el año, y es muy común que intentemos mejorar nuestra vida. Nos proponemos hacer más deporte, comer mejor, ir a clases... Pero puede ser complicado llegar a lograrlo. Muchos propósitos se quedan sin cumplir. A veces es porque nuestra meta no era realista, como cuando nos proponemos hacer deporte todos los días, pero estamos demasiado cansados, y lo dejamos. Otras veces, nos pasa por falta de motivación, porque, aunque nos lo hayamos propuesto porque pensamos que es bueno para nosotros, realmente, no nos aporta satisfacción, no tenemos ganas, y sin motivación, no hacemos nada. Y otras veces es por falta de tiempo, porque las obligaciones que ya tenemos nos ocupan por completo el día y no logramos encontrar el hueco para cumplirlo. A veces, también ocurre que empezamos el año poniendo en práctica nuestro objetivo, pero con el paso de los días o los meses, lo abandonamos. 

Cuando nos proponemos lograr algo que requiere tiempo y esfuerzo, es recomendable incluirlo dentro de nuestra rutina diaria, porque eso nos ayuda a comenzar la tarea, y a no abandonarla. Nos acostumbramos a hacer algo, que a la larga, nos va a ir generando satisfacción, y eso nos ayuda a cumplir nuestro propósito del nuevo año. 

Pero, ¿cómo se generan las rutinas? De una forma sencilla, aunque no lo parezca: haciéndolo todos los días. Aquí van unos consejos que os pueden ayudar a conseguir introducir vuestra nueva tarea en vuestro día a día:

- Hay que buscar un sitio y una hora concreta. Siempre debe ser el mismo, para que no se convierta en un problema dónde o cuándo hacemos la actividad.

- Hay que mantenerlo en el tiempo. Para que se genere una rutina no es completamente necesario que se realice todos los días (podemos hacer deporte dos días a la semana, por ejemplo), pero sí es necesario que la frecuencia que hayamos elegido la mantengamos a lo largo de las semanas y los meses. Cuanto más tiempo lo consigamos, mas fácil nos será mantenerlo en el futuro.

- Hay que hacer un plan realista. Para que podamos generar un rutina, la actividad tiene que poder llevarse a cabo. Si no soy capaz de salir a correr todos los días, no tendré ninguna rutina. Tendré que valorar si es mejor empezar a hacerlo, por ejemplo, dos veces por semana. Es mejor reducir el tiempo de la tarea, que abandonarla por no tener tiempo suficiente. Igual que es necesario que el sitio y lugar que hayamos elegido sea viable, es decir, que tenga espacio suficiente, que pueda llegar bien (por ejemplo, que el gimnasio esté cerca de casa o del trabajo), que realmente cuente con tiempo para hacerlo (si por ejemplo, tengo una hora para comer, es difícil que me de tiempo a hacer ejercicio, ducharme y comer, para después volver a mis otras tareas), etc.

- Hay que evitar lo que nos dificulta la tarea. Cualquier impedimento o dificultad nos aleja del objetivo, por lo que facilitar la actividad me ayuda a generar una rutina. Por ejemplo, si no tenemos tiempo de preparar la ropa de deporte antes de ir al trabajo, quizá nos sea más cómodo prepararla la noche anterior, así sólo tendremos que coger la bolsa antes de salir.

- Ser conscientes de lo que estamos logrando. Cuando algo nos cuesta esfuerzo, y aún así lo hacemos, y somos conscientes de la satisfacción que nos genera el haberlo hecho en cada ocasión, nos ayuda a tener ganas de seguir al siguiente día. Podemos sentirnos bien por haber logrado aguantar una hora corriendo, por lo relajados que nos sentimos leyendo (aunque tengamos otras tareas que hacer), por lo que estamos mejorando con las clases... Lo que importa es que sepamos valorar las cosas buenas que nos está generando esa nueva meta, y así, aumentará nuestra motivación y ganas de seguir adelante con nuestro propósito.

lunes, 3 de diciembre de 2018

ME QUIERO COMO TU ME QUIERAS


Como ya hemos dicho muchas veces: el ser humano es sociable. ¿Qué quiere decir esto? Que para sobrevivir, desde la antigüedad, se ha rodeado de otros seres humanos. Esto ha permitido que fuera más fácil crecer y vivir, pero también implica que hayan surgido normas sociales, que limiten qué está bien o mal visto dentro del grupo, qué se puede hacer y qué no. Es decir, no cualquiera puede estar en el grupo, sino que es necesario que el comportamiento de la persona se adapte a lo que los demás esperan de él.

Esta necesidad por estar dentro del grupo, a lo largo de toda la historia de la humanidad, ha hecho que desarrollemos unas emociones muy fuertes en cuanto a las relaciones con los otros. Dependemos de ellos, de que nos quieran, nos cuiden, nos acepten... porque, en el fondo, sobrevivimos porque estamos con ellos, en su grupo. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, y el pensar que no tenemos eso, nos puede generar un gran dolor.

Démonos cuenta de una cosa: aprendemos a valorarnos a nosotros mismos por cómo nos valoran los demás. Si a un niño se le dice que es malo, él piensa que es malo, y si se le dice que se le da bien una tarea, piensa que se le da bien. Por eso es tan importante lo que opinen los demás de nosotros, porque nos da una imagen de lo que somos y de lo que valemos. Pero esto puede generar problemas cuando: a) no interpretamos bien la opinión que los demás tienen de nosotros y pasamos a pensar que valemos poco; o b) cuando los demás tienen una opinión infravalorada de nosotros, porque sólo se fijan en lo que se nos da mal, por ejemplo. Como tenemos esa necesidad de agradar a los demás y de conseguir su aprecio, ante estas situaciones anteriores, puede que pasemos a infravalorarnos, o que nos esforcemos exageradamente por agradar a los demás.

Os dejo una historia para reflexionar sobre esto:

Érase una vez una gran familia, con 5 hijos. El primero en nacer fue Lucas, que ya era adolescente, y había ganado muchos premios en competiciones deportivas. Después, iban Clara y Silvia, mellizas y muy inteligentes, sacaban las mejores notas de la familia. Luego, Carlos, un chico muy extrovertido y gracioso, con el que siempre querían estar todos. Diego era el siguiente, y destacaba por su destreza con la pintura. Y, la más pequeña: Nerea. Era una niña tímida, que no llamaba la atención ni destacaba en nada. Los padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera casa, por lo que habían contratado a una mujer para que se hiciera cargo de la casa y de los niños.

Todos los días, al volver del cole, Nerea se iba a su habitación a jugar y a hacer los deberes. Sus hermanos hacían lo mismo, y la asistenta sólo hablaba con ellos para darles la merienda. Nerea pasaba la tarde esperando a que llegaran sus padres. Siempre salía corriendo a saludar a sus padres en cuanto oía abrirse la puerta, pero sus padres llegaban tan cansados, que no tenían ganas de jugar con ella. El único rato que pasaban juntos era en la cena, donde todos sus hermanos contaban todos sus méritos y esperaban las alabanzas de sus padres. Nerea, que todavía iba a parbulitos, contaba lo que había hecho en el cole. Sus padres la escuchaban y la sonreían, pero Nerea sentía que no tenían el mismo interés por sus historias que por los logros de sus hermanos.

Según crecía, Nerea se esforzaba en conseguir la aprobación y admiración de sus padres. Estudiaba mucho, se esforzaba en las clases de gimnasia, e intentaba ser divertida y graciosa, cosa que le costaba mucho, porque, en el fondo, era bastante tímida. Con el tiempo, aprendió que sus padres la atendían más cuando hablaba de sus amistades y de los planes que hacía con ellos. Nerea empezó a organizar actividades con sus amigos, para divertirse. Por su timidez, le resultaba más sencillo jugar, que hablar con ellos. Por eso, cada vez lo organizaba con más frecuencia, hasta el punto que pasaba todo su tiempo libre planeando los juegos del fin de semana siguiente. 

Sus amigos, al principio, se divertían mucho, pero, con la adolescencia, pasaron a interesarles más otros planes. Querían charlar de chicos, hacer fiestas de pijamas o ir de compras. Los chicos, preferían irse a casa de alguien a jugar a videojuegos o hablar de cosas que a Nerea tampoco le interesaban mucho. Entonces, empezaron a poner excusas a Nerea para no ir a sus juegos. Como no tenían una relación muy íntima con ella, por su timidez, y porque siempre se veían sólo para jugar, no sabían cómo decirle que no querían ir a sus planes. Nerea empezó a sentirse mal, porque no entendía porqué ya no quedaban con ella, e intentaba hacer los planes más originales, para que todos quisieran ir, pero tampoco funcionaba.

Un día, Nerea se atrevió a preguntarle a una de sus amigas qué pasaba, y ella se lo explicó. Al principio, se sintió avergonzada, pero después, comprendió que había intentado, con demasiada insistencia, el agradar a los demás, y justo eso, la estaba separando de sus amigos. Entonces, empezó a quedar para hacer los planes de sus amigos, y se dio cuenta de que también le divertían. Ya no tenía la necesidad de hacer planes de actividades para sentirse valorada, porque se dio cuenta de que sus amigos la querían tal cual era ella.

Debemos darnos cuenta de una cosa: no hay nadie que valga poco, porque todos nacemos con la necesidad de ser queridos, pero también con la habilidad de querer a los demás, y esa habilidad es de las más importantes. El siguiente paso que debemos dar es aprender a querernos a nosotros mismos. Cuando aprendemos a valorar todo aquello que sabemos hacer, y a aceptar que no podemos ser perfectos en todo, es cuando más nos querremos y cuando podremos relacionarnos mejor con los demás. 

lunes, 29 de octubre de 2018

5 CONSEJOS SOBRE RELAJARSE PINTANDO


Actualmente, se han puesto de moda los libros de colorear entre los adultos. Parece extraño que una actividad que siempre se ha pensado que es de niños, de repente, empiece a practicarse también a otras edades de forma tan abierta. De hecho, hace unos años, era impensable el encontrarse un adulto  buscando un libro para colorear él mismo. Sin embargo, Mindfulness se ha ido extendiendo poco a poco, y aunque todavía hay muchas personas que no lo conocen, sí han oído o han visto en los escaparates de las librerías, esos libros con ilustraciones para pintar. Una práctica muy común en Mindfulness es pintar, sobre todo, mandalas. Es algo que puede resultar muy gratificante y relajante y, posiblemente ése es el motivo por el que se ha puesto tan de moda.

Aunque esta actividad procede de Mindfulness, muchas de las personas que pintan no lo hacen con la intención de conectar con el presente (que es el objetivo de Mindfulness; si tienes dudas o curiosidad sobre Mindfulness, puedes consultar otras entradas: pincha aquí .) sino para relajarse. De hecho, puede ser una buena alternativa para buscar la tranquilidad y conectar con nosotros mismos, pero quizá no sea tan sencillo como pueda parecer en un primer momento. Por eso, os dejo unos consejos para cuando vayáis a coger las pinturas:

1. Busca un ambiente relajado:  por mucho que pintes, si estás en una habitación con ruido, distracciones o personas que te interrumpan... no vas a poder relajarte. Por eso, siempre es mejor pensar cuándo y dónde es mejor pintar.

2. No te preocupes por cómo queda: es decir, da igual si queda bonito o no, si te sales del dibujo, o si es realista. No pongas reglas a lo que haces, porque al definir cómo tienes que hacerlo, conviertes una actividad lúdica en una tarea, en un objetivo, en un deber, y eso no va a ayudarte a relajarte. Simplemente, si te sales de la línea, no pasa nada, sigue pintando.

3. No te olvides de tu cuerpo: es importante que no tensionemos el cuerpo al pintar por tener una mala postura (la espalda torcida, por ejemplo), o fruncir el ceño al concentrarnos demasiado en pintar, o no darnos cuenta de lo mucho de apretamos el lápiz y que nos duele la mano. Éstos son ejemplos de cómo podemos tensionar el cuerpo mientras pintamos, y siempre que haya más tensión de la necesaria, el músculo se cansará y podrá aparecer dolor. No podemos relajarnos si estamos incómodos o nos duele el cuello o la espalda por la mala postura que tengamos. Por eso, siempre es importante buscar un buen sitio donde apoyarnos y fijarnos si nos duele alguna parte del cuerpo, para poder corregir malas posturas o tensiones musculares.

4. No intentes relajarte: si el único motivo por el que pintas es relajarte, es posible que no lo consigas. La relajación es un estado que, por decirlo de algún modo, "llega sólo". Si pintas y te distraes pintando, te alejas de tus pensamientos, de estar repasando qué tienes que hacer luego o mañana, de eso que te han dicho en el trabajo, de eso que quieres hacer y no puedes... Eso es lo que hace que el pintar nos ayude a relajarnos, pero llega únicamente cuando se conecta con la actividad. Si en vez de eso, estamos pensando en si nos estamos relajando o no, estaremos más pendientes de lo nerviosos, enfadados, cansados, etc, que estemos, y nos será más difícil relajarnos.

5. Si quieres relajarte, evita lo que te pone nervioso: esto parece muy obvio, pero los hábitos, muchas veces, pasan desapercibidos. Por ejemplo: el tomarnos un café, el ver determinado programa de televisión o serie, escuchar cierto tipo de música... Son cosas que, sin darnos cuenta, pueden ponernos nerviosos. Y si hacemos esas cosas antes o mientras pintamos, nos resultará más complicado relajarnos.

Siguiendo estos pasos, conseguirás disfrutar más del tiempo que pintes, por breve que sea, y con ello, podrás relajarte sin darte cuenta.

lunes, 23 de julio de 2018

CÓMO DISFRUTAR AL 100% DE LAS VACACIONES


Aunque ya llevamos más de un mes en verano, la mayoría de la gente comienza sus vacaciones en estas fechas. Como todo cambio, puede generar cierto estrés (atascos, aeropuertos, hacer las maletas, estar todos juntos, a veces, en espacios más pequeños...). Otras veces, simplemente, puede que no vayamos al sitio que nos hubiera gustado, o que no podamos irnos a ningún sitio. Esto también genera emociones negativas que pueden chafarnos esos días que tenemos para descansar y disfrutar, aunque tengamos que quedarnos en casa. Practicar Mindfulness puede ayudarnos a saborear y disfrutar más de estos días, aunque no sean como hubiéramos deseado en un principio. 

Mindfulness se basa en unos principios, que nos ayudan a tener una actitud más abierta a la experiencia, lo que nos permite conectar con ella en cada momento y ser plenamente conscientes de todo lo que vivimos. Esos principios son los siguientes:

- No juzgar: cuando valoramos o juzgamos lo que hacemos o tenemos, o hacen o tienen otros, el resultado es que nos cargamos de ideas y opiniones negativas, que no nos llevan a ningún sitio. Este tipo de pensamientos nos distraen de la vida y nos impiden disfrutarla. Así que: evita centrarte en esos pensamientos que te dicen que no vas a disfrutar tanto como querías por no ir o hacer lo que te hubiera gustado.

- Paciencia: eso de saber esperar a que las cosas lleguen cuando tengan que llegar, y que consigamos las cosas cuando podamos, nos permite no centrarnos tanto en lo que está por llegar y podamos vivir el momento presente, lo que tenemos ahora. Así también evitamos esa frustración por lo que nos falta o no podemos hacer. Y esto, también podemos aplicarlo a nuestras vacaciones: disfruta de todos tus días libres, aunque lo que quieras hacer sea sólo al final de tus vacaciones. Lo que esperas, llegará. Mientras tanto, puedes hacer otras cosas muy satisfactorias. Y si aprovechas esos días para estudiar o hacer algún curso, con una fecha límite, date cuenta de que necesitarás tiempo para avanzar, y dátelo.

- Mente de principiante: es la mirada que tienen los niños cuando ven algo nuevo, y se preguntan qué es, y se fijan en todos sus detalles. Esa atención que le ponen a las cosas les permite saborear todo lo que tienen delante, disfrutar cada momento. Por lo tanto, fíjate en todos los detalles, sobre todo, si viajas. Fíjate en los colores del cielo, la brisa, el olor del mar, el ruido de las olas, o el canto de los pájaros, el color de los edificios, el sabor y olor de las comidas, las sonrisas de las personas, y aquello de lo que te hablan. Aunque estés en un sitio donde has esto mil veces, si prestas atención, seguro que descubres algo nuevo, que lo vives de forma distinta.

- Confianza: en este caso, se refiere a confiar en uno mismo, en nuestro instinto y en nuestras emociones. Si no te sientes cómodo con algo, no lo hagas o no lo sigas. Y si crees que algo te va a aportar cosas positivas, tírate a la piscina.

- No esforzarse: a veces, tratamos de hacer o de lograr cosas que son muy difíciles de alcanzar, y ese sobreesfuerzo nos genera malestar, frustración, cansancio, mal humor... Prestar tanta atención cuando no se está acostumbrado, también puede ser un sobreesfuerzo. Por tanto, vive tu verano con atención a la experiencia, pero no te obsesiones con eso, no se trata de verlo todo, ni de escucharlo todo, ni de hacerlo todo. Se trata de disfrutar aquello que hagamos, aunque sea ver una película en el sillón.

- Dejar ir: se trata de dejar ir a aquellas cosas, pensamientos, ideas a las que nos aferramos. El apegarnos fuertemente a algo nos puede generar dolor, porque no seremos capaces de soltarnos de eso, pero a veces, no podemos evitar esa separación. Por tanto, luchamos contra algo inevitable, una batalla perdida. En esos casos, siempre es mejor aprender a soltar aquellas cosas que no podremos tener siempre. Por ejemplo, se trataría de no aferrarnos a la idea de que para disfrutar las vacaciones, tenemos que ir a un hotel en primera línea de playa. Si cedemos en esto, podremos darnos cuenta que podemos disfrutar en cualquier lugar, aunque no salgamos de nuestro barrio.

- Aceptación: es admitir que las cosas sean como son, en cada momento, y no pretender cambiarlo. Igual que el cielo es azul y no pretendemos que sea de otra forma, se trataría de aceptar las cosas que sí podemos hacer, y las cosas que no podemos cambiar, sabiendo que todo tiene su parte buena y su parte mala, pero viviendo cada experiencia. Si intentamos cambiar algo que no podemos, sólo nos frustraremos, e invertiremos tiempo y esfuerzo para no alcanzar lo que queríamos. Así, si en las vacaciones vas a un sitio que no te gusta, acepta que va a ser así, siendo consciente de que es lo que vas a vivir, y que habrá cosas que sí te gusten, y otras que no, pero dispuesto a saborerar  la experiencia.

Puede ser difícil aplicar estos principios a nuestra vida si no hemos practicado Mindfulness antes, pero puede darnos una idea de cómo vivir estos días con una actitud más abierta la experiencia y lo que vivamos, disfrutando algo más.

martes, 10 de abril de 2018

CUANDO LOS DEMAS SIEMPRE NOS DEFRAUDAN


Todos nos hemos sentido dolidos, alguna vez, por lo que los demás hacen. Pensamos que hemos sido engañados, que realmente esas personas no nos valoraban, o que no les importábamos. Puede que esto realmente fuera así... o puede que no.

Hay personas a las que esto les ocurre con frecuencia, y no es porque realmente sean personas menos valiosas que los demás, o que se dejen llevar por los otros con más facilidad que el resto de la gente... Puede que, simplemente, esperen demasiado de los otros...

Según vamos creciendo, vamos aprendiendo cosas del mundo, de cómo funciona, y de cómo debemos actuar nosotros mismos. Aprendemos reglas que nos dicen qué suele pasar ante una situación, adquirimos valores que nos dicen lo que está bien y lo que no, y con esto, determinamos qué se debe hacer en cada momento. Cuanto más nos creamos estas reglas, más expectativas nos crearemos sobre cómo tiene que ser el mundo. Pero no siempre acertaremos, porque no podemos tener tanta experiencia como para haber vivido cualquier situación. Siempre existirán circunstancias que queden fuera de "lo que sabemos" sobre el mundo y sobre la vida.

Además, tenemos que tener en cuenta otra cosa: cuanto más nos creamos que esas reglas son verdaderas o ciertas, o que son la realidad, más fácil será que intentemos aplicarlas a todo, incluyendo al resto de personas. Es decir, consideraremos que los demás deben estar de acuerdo/cumplir las reglas que nosotros tenemos, porque son las verdaderas. Pero, si sabemos que cada persona es distinta y única... ¿cómo podemos esperar que todos se comporten en función de lo que nosotros pensamos? Es ahí cuando aparece el problema... Cuanto más apegados estemos a esta creencia (que los demás deben comportarse como nosotros lo haríamos), más fácil es que nos enfademos cuando no lo hagan.



Debemos tener en cuenta que cada persona crece y se desarrolla en una cultura, grupo, familia, momento, situación económica o temporal, distinta. Cada persona se enfrenta en su desarrollo a distintas situaciones y circunstancias, por lo que aprende cosas distintas del mundo. Aprende a entender cómo es la vida de forma diferente y, por tanto, establece su propia manera de entender el mundo y de cómo comportarse ante él. Tendrá sus propios valores, sus propias prioridades y su propia forma de relacionarse con los demás.

En distintas entradas, ya se ha comentado que ante una misma situación, las personas pueden actuar de distinta manera, porque interpretan la situación de distinta forma y tienen distintas habilidades para enfrentarse a dicha situación. Por tanto, es muy probable que si pensamos que la manera correcta de hacer algo es de una forma en concreto, cuando otra persona no lo haga así, pensaremos que lo está haciendo mal. Juzgamos su forma de actuar, aunque sea igual de válida que la nuestra, porque "la mía es la buena". Y cuando pasa esto, lo que hacemos es atribuir "lo malo" de su comportamiento a su personalidad. Es decir: no es que se haya comportado mal, es que "es malo", "me ha perjudicado intencionadamente", "no le ha importado hacerme daño", "me ha engañado", etc. Es el otro quien, "sabiendo cómo debe comportarse" (es decir, como yo creo que debe hacerlo), hace las cosas mal, sin importarle lo que implique para mí. Es entonces cuando tendemos a tener una opinión negativa de los demás, y tendemos a separarnos de ellos. Y parece que casi se convierte en un hábito el que los amigos no duren "para siempre", porque nos volvemos tan estrictos con cómo deben ser, que nos olvidamos de que cada uno es como es, y de que no somos el centro de la vida de todo el mundo... Porque cuando interpretamos que los otros nos hacen daño, lo más probable es que ellos ni siquiera se hayan parado a pensar en qué puede suponer lo que van a hacer para nosotros... porque en lo que se centran, es en hacer su vida, como todo el mundo.

Por todo esto, es muy difícil ser feliz si tenemos unas altas expectativas sobre cómo deben comportarse las personas que nos rodean... porque esas reglas son nuestras, no suyas. Cada persona actúa y vive de una forma, según considera que es lo mejor, y es imposible que los demás se comporten siempre como uno espera. Por eso, intentar dejar de lado esas expectativas, y ponernos en la piel del otro, pueden ayudarnos a ver las cosas de otra manera.

Si nos relacionamos con los demás a través de la aceptación, de la tolerancia, del respeto y del cariño, podremos ver que los demás son tan buenos como nosotros, y nuestras relaciones serán mucho más sanas, fuertes y duraderas.

martes, 31 de octubre de 2017

ACTITUDES


¿Alguna vez te has dado cuenta de la importancia que tienen las actitudes en nuestra vida? ¿Te has planteado cómo hubieran sido las cosas si hubieras reaccionado de forma distinta en algún momento concreto... hacia algo o alguien en concreto? ¿Por qué aquella vez dijiste que no? Cuando después, te diste cuenta de que deberías haber dicho un "sí" o un "quizá"... Puede ser que actuaras movido por tus actitudes.

Seguramente no te hayas dado cuenta de que las tienes... es más probable que te hayas fijado en las de los demás... Por eso de que "se ve mejor la mota en el ojo ajeno", aunque no siempre tiene que tratarse de algo negativo... Seguro que te has dado cuenta de que, en tu día a día, hay personas que se enfrentan a la vida de distinta forma: unos con un "¡claro que sí!" y otros con un "no". Parece, incluso, que da igual el contexto, la situación, la persona con la que esté, el tema... parece que siempre reaccionan igual ante cualquier cosa. Y eso es porque tienen actitudes.

Las actitudes son, por así decirlo, la forma o la tendencia que tiene una persona de reaccionar afectivamente hacia algo (circunstancias, problemas, propuestas, personas...). Es como si tuviéramos un filtro positivo o negativo (grosso modo) que hace que aquello que se nos ponga delante nos parezca maravilloso u horrible. Nos genera emociones, y hace que reaccionemos ante las cosas de determinada manera.

Durante nuestra vida, todo aquello que vivimos, nos hace crearnos una idea general de cómo es el mundo, aunque no seamos plenamente conscientes de estas ideas. Y, como el pensamiento y la emoción van de la mano... nos hacen sentir un valor afectivo general hacia el mundo. Es decir, aparecen emociones positivas o negativas hacia el mundo y la vida en general. Y vivimos, enfrentándonos a lo que nos pasa, partiendo de esas ideas y emociones, que están en el fondo de nuestra cabeza, sin que nos demos cuenta de ello.

¿Y cuáles son las consecuencias que tienen estas actitudes en nuestra vida? Que guían nuestras reacciones y, por tanto, nuestro comportamiento. Por ejemplo: personas con actitudes negativas, pueden decirte que la fiesta de Halloween es una tontería, una excusa más para el consumismo, para emborracharse, etc; y otra, decirte que está muy bien porque distrae a los niños, enriquece la cultura y es un motivo más de reunión con los amigos. Un mismo tema, distintas actitudes. Otro ejemplo: las personas que se toman las dificultades como retos, frente a las personas que se quejan hasta de aquello que se supone que les gusta.

Pero el que las actitudes sean una tendencia... no quiere decir que no podamos cambiarlas... Si intentamos tener los ojos bien abiertos a nuestras ideas sobre el mundo, al valor que tendemos a darle a las cosas... estaremos más cerca de poder darnos un segundo para pensar si queremos dejarnos llevar por nuestras actitudes... o si queremos darle el beneficio de la duda a lo que se nos ponga por delante.

Si tiendes a decir que sí siempre, párate y piensa, si realmente quieres decir que sí. A lo mejor, en algún caso, te supone un esfuerzo o un reto al que, en este momento, no puedes hacer frente... o te supone mayor inversión de tiempo y trabajo que los beneficios o la diversión que puedas obtener.

Si tiendes a decir que no siempre, dale el beneficio de la duda a lo que tienes delante. A lo mejor, no es tan malo como puedas pensar, y te puede aportar cosas sobre las que ni siquiera has pensado...

Buscar el cambio en nuestras vidas hace que vivamos nuevas experiencias, que aprendamos y que adquiramos otros puntos de vista. Nos enriquece.

jueves, 1 de junio de 2017

MI NIÑO TIENE QUE SER PERFECTO


Últimamente, he visto por Internet muchos artículos tipo "cómo conseguir que a tu hijo le guste leer". Artículos que dan pautas a los padres para que sean buenos en ciertas cosas. Y realmente, me parece que se alimenta la idea de educar niños "a la carta". No me refiero a que no sea bueno que un niño lea, ni mucho menos, pero no creo que sea buena idea intentar forzar los gustos o las habilidades de los niños.

Los padres que intentan desarrollar al máximo las habilidades de sus hijos lo hacen con buena intención, pero los extremos, siempre son malos. Es igual de malo no poner normas a un niño que decirle continuamente lo que tiene que hacer. Y de igual forma, es tan malo no involucrarse en el desarrollo de los niños, como exigirles demasiado.

Y, además, se nos olvida una cosa: los gustos, las aficiones, no se pueden forzar. Puede que le demos un libro a un niño, y le guste, pero si no le gusta, por más libros que le demos, no conseguiremos que le guste. Puede ser mucho más adecuado dejar que sea el propio niño quien, con el paso de los años, cuando vaya creciendo, vaya descubriendo lo que le gusta y lo que no, lo que le interesaría aprender y lo que no y, a partir de ahí, ser un apoyo y ayudarle a desarrollar aquellas habilidades que a él mismo le interesen. Se consigue mucho más con el propio interés y motivación del niño, que por obligación.

Y también, démonos cuenta de algo: si el niño tiene un interés, y nosotros, más que apoyarlo, lo forzamos a que lo desarrolle (le obligamos a ir a más clases de las que le gustaría, ir a competiciones sin que él quiera, etc.), lo que podemos conseguir es que el niño pierda el interés, el gusto, la afición. Porque en ese caso, podemos hacer, sin quererlo, que lo que se hace por el puro placer de hacerlo, se convierta en una obligación.

Por eso mismo, os dejo unas recomendaciones muy básicas sobre cómo ayudar a desarrollarse a nuestros hijos:

1. El niño tiene que notar nuestro amor incondicional. Que sepa que pase lo que pase, aunque no consiga todo lo que se proponga o no sea bueno en algo, o cometa errores, le vamos a querer igual. Esto implica no hacerle chantajes emocionales ni dejar de hablarle como castigo.

2. Tenemos que aprender a aceptar a nuestro hijo tal y como es. Esto no quiere decir que si es malo en matemáticas no intentemos ayudarle para que aprenda, si no que tengamos en cuenta que puede haber cosas que, a pesar de su esfuerzo, no pueda conseguir. Eso es lo que debemos aceptar, y no forzar aquellas cosas de forma indefinida. Aprendamos a aceptar sus habilidades, gustos, intereses... igual que aceptamos sus rasgos físicos, su voz... Y tengamos en cuenta que nuestro hijo va a ir madurando, creciendo y cambiando, y con ello, cambiarán sus intereses. Dejemos que ellos mismos vayan buscando el ritmo al que quieren irse desarrollando en sus habilidades (por ejemplo, pintura, música, deporte, idiomas...).

3. Que seamos un apoyo, no un juez ni un jurado. El objetivo de un padre es ayudar a su hijo para que cuando se haga adulto, pueda enfrentarse sólo a su vida. Para ello, no es necesario apuntarle a muchas actividades extraescolares, ni obligarle a quedarse todo el fin de semana estudiando en casa, ni exigirle sobresalientes en todas las asignaturas. Puede ser más importante que el niño se desarrolle en cuanto a su personalidad, seguridad, confianza, habilidades sociales, autonomía... a que sepa resolver una ecuación.

4. Que tenga límites. Para que un niño pueda desarrollarse, necesita tener normas (horas de entrada y salida, ayudar en casa, respetar a los demás, tener obligaciones en función de su edad...). Un niño que hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y siempre se sale con la suya, no aprende a manejar su frustración. Crece con la idea de que el mundo, las personas, están para satisfacerle, y eso, sólo le va a dar problemas a la hora de adaptarse al colegio, instituto...trabajo...amistades...

lunes, 24 de abril de 2017

NO SOMOS SUPERHÉROES


Todos tenemos la idea de que quien sobresale, quien es más listo, quien hace mejor una determinada actividad, es mejor que el resto de la gente. Se premia lo que destaca frente a la normalidad... o la mediocridad. Tenemos la idea de que quien es "normal", en realidad es "mediocre". Los subestimamos. No valoramos con buenos ojos sus capacidades o su esfuerzo porque no son tan buenas como las de los otros.

A todos nos gusta lo mejor. Nos enseñan de pequeños a admirar a los que ganan, a los mejores. ¿Cuántos seguidores tienen los grandes equipos de fútbol? ¿Y, en cambio, los equipos locales? ¿Acaso son mejores en todos los aspectos los jugadores profesionales que quienes tienen que dedicarse a otra profesión y sacar tiempo a parte para poder entrenar?

Al mismo tiempo, crecemos con las exigencias de nuestros padres. Tenemos que sacar buenas notas, en todo. Si se nos dan mal las matemáticas, nos apuntan a una academia. Cueste lo que cueste, hay que sacar buenas notas. Nos volvemos esclavos de las exigencias... y de las comparaciones... Porque los padres conocen a más niños de nuestra edad, y siempre, alguno, sobresale. Las comparaciones son odiosas, eso lo sabemos todos. Pero no nos damos cuenta que las exigencias de rendimiento también son comparaciones. Si nuestro rendimiento es "bueno" o es "malo" es porque lo estamos comparando con algún punto, con alguna referencia, que alguien marca. Y eso, frustra. Nos hace luchar contra algo que cuesta, y desgasta.

Y así, crecemos con la idea de que tenemos que rendir en todos los aspectos. Tenemos que hacerlo todo bien. Si queremos triunfar, tenemos que ser el mejor de nuestra promoción. Tenemos que saber inglés, porque los idiomas son muy útiles y necesarios hoy en día. Tenemos que hacer deporte, aunque pasemos 12 horas fuera de casa por el trabajo.

Cuanto más cosas haces, más valor tienes. Más admiración recibes de los demás. ¡Qué grato es que te digan "yo no podría hacerlo tan bien como tú"! O eso de "¿y cómo te da tiempo a hacer tantas cosas?"

Nos gustan los halagos de los demás. Y como queremos que nos halaguen... nos esforzamos. Pero al crecer con estas ideas, llega un punto en que ya no sólo lo hacemos porque consigamos que los demás nos den atención o aprecio... lo hacemos porque creemos que tenemos que hacerlo. Tenemos que trabajar, hasta el punto de dejarnos la piel en el trabajo. Tenemos que hacerlo todo perfecto, destacar, para ascender, o para que no nos despidan. Y pasamos así todos los días.

¿Por qué es tan doloroso que nos despidan? Incluso sin tener necesidades económicas, nos duele. Porque creemos que ya no somos valiosos para la empresa, que no hemos hecho las cosas bien. Aunque hayamos echado horas extra sin cobrarlas, o hayamos hecho trabajos que corresponden a otros puestos... si nos echan, nos echamos nosotros mismos la culpa. Pensamos que tendríamos que haber sido más rápidos, más ingeniosos, más efectivos... Nos causamos dolor a nosotros mismos porque nos valoramos menos de lo que realmente merecemos. Porque nos han enseñado a valorar sólo los resultados, no el proceso, ni el interés, ni el esfuerzo.

Se nos olvida que somos personas de carne y hueso, o directamente, no queremos serlo. Queremos convertirnos en algo que no somos: superhéroes. Y luchar contra eso, sólo nos genera sufrimiento.

Si aceptamos nuestras capacidades al mismo tiempo que nuestros defectos, podremos encauzar nuestra vida hacia actividades y exigencias que estén a nuestro alcance. No quiero decir que no intentemos conseguir metas, si no darnos cuenta de que no todas podremos alcanzarlas... pero muchas de ellas, sí. Si nos dirigimos hacia aquellas que supongan un reto, pero que con esfuerzo e interés las podamos conseguir, nos sentiremos mucho más satisfechos y realizados que esforzándonos por algo inalcanzable, que sólo nos hará sentir frustración. 

Abandonemos la necesidad del hacer. No se es peor por estar en paro o por no tener ninguna actividad o meta que cumplir. Aceptémonos. Disfrutemos de la vida tal cual nos llega. La vida no es una competición, sólo un camino.

martes, 11 de abril de 2017

PREJUICIOS

El pensamiento humano funciona a partir de categorías. Es decir, agrupamos las cosas en grupos, porque eso nos ayuda a organizar lo que sabemos y a entender mejor cómo funciona el mundo. Por ejemplo, sabemos que un avión es un medio de trasporte, al igual que un barco o un coche. Eso nos ayuda a saber la finalidad que tiene ese objeto. O saber que un gato es un ser vivo, nos sirve para saber que se alimenta, crece, se reproduce, y muere, al igual que lo hace un perro o una planta... pero que es distinto, por ejemplo, que una silla.

El "tener" todos nuestros conocimientos organizados en categorías o grupos, permite a nuestro cerebro funcionar más rápido. Así, le es más sencillo buscar la información que necesita, porque sabe a qué categoría pertenece y, además, todas las categorías están relacionadas unas con otras, por lo que tiene otra mucha información disponible que puede ser de utilidad. Por ejemplo, si se nos estropea el coche, sabemos que tenemos que llevarlo a un mecánico (son dos conceptos distintos, que están en categorías distintas, pero que están relacionados).

Por esto nos es tan útil la forma en que nuestro cerebro organiza la información que aprendemos del mundo, porque nos facilita el desenvolvernos en él, el adaptarnos a los cambios gracias a esos conocimientos y el poder buscar una solución rápidamente a las dificultades que se nos presentan.

Sabemos conducir distintos coches porque sabemos que todos funcionan igual. Damos patadas a los balones porque son redondos y sabemos que rodarán si lo hacemos. Y de esta misma forma, aprendemos a relacionarnos con las personas.

Todos clasificamos a las personas según distintas categorías (que varían según la importancia que le dé cada uno a ciertos aspectos). Todos lo hacemos. Es algo normal, porque nuestro cerebro ha aprendido evolutivamente a hacerlo. Cuando una persona "mete" dentro de una categoría concreta a otra, surgen expectativas sobre cómo esa persona se comportará en determinadas situaciones, porque la categoría en la que está metido la relacionamos con algunas ideas. Por ejemplo, una persona puede pensar que una chica que se ha teñido el pelo de rubio es superficial y tonta, porque lo eran las niñas de su instituto que se teñían el pelo de rubio. Esto es un prejuicio (un juicio que hacemos de otra persona antes de conocerla, sin tener la información necesaria para saber si es real o no la opinión que nos hemos creado).

El caso es que es muy sencillo que los prejuicios aparezcan, porque nos hacen el mundo más "sencillo". Si pienso que una persona con determinado aspecto puede ser peligrosa, no me acercaré a ella, y me sentiré tranquilo por haber evitado un problema. 

Lo malo de los prejucios es que nos hacen juzgar por la superficie. Es el exterior, el aspecto, lo que nos da a entender si algo es bueno o no para nosotros. A simple vista, no podemos ver si una persona es más o menos inteligente. Esto nos impide hacer categorías y prejuicios de cómo se comportan los que son listos y los que son tontos. Pero es muy sencillo distinguir a las personas por el color de su pelo, de su piel o por la ropa que llevan puesta. Si van con traje, pensamos que van a trabajar a una oficina y que son personas "importantes". Podremos pensar, en ese caso, que es una persona inteligente, aunque no tiene por qué serlo. El caso es que lo trataremos como si lo fuera, y evitaremos "malas compañías" sólo por su aspecto. Rechazaremos a gente sólo por su nacionalidad, su religión, su piel, su ropa... Esto hace daño a aquellos que son rechazados. Realmente, rechazamos, evitamos, huimos y hacemos daño a personas sin llegar a conocerlas, sólo por la impresión que nos dan. Pero no nos damos cuenta de que ellos comparten con nosotros mismos muchas más cosas de las que nos diferencian.

Todos somos seres humanos. Todos nacemos de una madre y un padre. Todos tenemos órganos. Todos tenemos corazón. Todos tenemos sentimientos. Todos tenemos seres queridos. A todos nos quiere alguien. Todos tenemos necesidades. Todos tenemos problemas. Todos tenemos ideas y opiniones. Todos respiramos.

Una persona no puede describirse por una sola característica. Una persona es muchas cosas a la vez. Y es injusto que sean tratados sólo por una de ellas, que en muchas ocasiones, no puede elegirse, si no que le viene dado a la persona desde su nacimiento.

Démonos cuenta de los prejuicios que tenemos. Y no los hagamos caso. Si rompemos nuestros prejuicios, conoceremos un mundo más grande, más igualitario y más humano.

Os dejo un vídeo que encontré hace tiempo y que expresa muy bien esta idea: compartimos por dentro mucho más de lo que nos distingue por fuera.




domingo, 4 de diciembre de 2016

PROFECÍA AUTOCUMPLIDA


Se llama profecía autocumplida a un fenómeno estudiado desde la Psicología: cuando pensamos que algo va a pasar, nos comportamos de tal forma que hacemos más probable que eso ocurra. 

Para explicarlo de forma sencilla, y reflexionar sobre las consecuencias que puede tener, he inventado esta historia:

MENGANITO Y SUS PROBLEMAS

Menganito era un chico normal, con una vida normal. Había estudiado, trabajaba cuando podía, de lo que podía. Tenía amigos con los que salía a menudo, y una familia con la que tenía sus más y sus menos, pero que lo querían. Pero Menganito siempre tenía problemas. Por ejemplo, Menganito desconfiaba de la gente, y siempre que tenía que hablar con personas desconocidas, se comportaba de forma desagradable y borde, por lo que siempre terminaba discutiendo por cualquier tontería. Siempre le costaba encontrar trabajo y se preocupaba mucho cuando lo encontraba, pensando que le iría mal por cualquier cosa... y al final, siempre le terminaban despidiendo.

Una noche, Menganito tuvo un sueño muy extraño. Soñó que venía a verle el fantasma de sus problemas. Era un anciano arrugado, con la cabeza enorme, y el cuerpo consumido en los huesos. Le dijo a Menganito que le iba a llevar a ver el pasado, el presente, y el futuro. En el primer viaje, fueron a la empresa donde Menganito estaba trabajando. Era el día de la primera entrevista de trabajo. Menganito, al darse cuenta, dijo: "¡qué mal rato pasé! Estaba seguro de que no me iban a coger". Vieron a las entrevistadoras hablando de los candidatos, antes de comenzar con las entrevistas, y de Menganito dijeron: "tiene más experiencia que el resto, seguramente sea el mejor candidato". Menganito se sorprendió puesto que él no confiaba en sí mismo nunca, y se dio cuenta de que se había preocupado por la entrevista sin tener motivo. Pero el viaje no terminó ahí... Vieron la entrevista. Menganito estaba muy inquieto, y se enteró mal de lo que le decían y preguntaban, se le veía nervioso y con ganas de marcharse. Al finalizar la entrevista, Menganito no fue elegido, pero lo contrataron porque los demás candidatos rechazaron el puesto. Las entrevistadoras decidieron darle una oportunidad. El fantasma le dijo a Menganito: "Te preocupaste tanto que lo hiciste peor de lo que podías hacerlo. Si no fuera por cómo se comportaron los demás, hoy no tendrías trabajo". Y sin más palabras, le llevo al presente. Era la casa de su jefe. Estaba hablando con su pareja, contándole cómo había ido el día: "El chico nuevo... bueno... no se si pone interés, tarda mucho en hacer tareas sencillas. No sé si le interesa el puesto". Menganito, al oírlo, dijo: "Tardo porque me da miedo hacerlo mal y que me despidan... no estoy seguro al hacer las cosas y las reviso... Además, sé que me van a terminar despidiendo... así que no me esfuerzo mucho a veces". En un segundo, estaban en otro sitio. Era el viaje al futuro. Estaban otra vez en la empresa. Habían llamado a Menganito para una reunión con el departamento de Recursos Humanos. "Menganito, lo lamento, pero hemos decidido que no sigas trabajando con nosotros. Hemos estado viendo cómo te desenvuelves y no has mejorado en todo este tiempo. No has sido resolutivo y has tardado mucho en hacer algunas tareas muy sencillas. Así que éstos son los papeles del despido". Menganito se quedó mudo, atemorizado por ver cumplido aquello que tanto había temido. Se volvió al fantasma y dijo: "Sabía que no lo iba a conseguir". Y el fantasma le contestó: "El futuro no está escrito. Éste es uno de los múltiples finales que pueden ocurrir. En tus manos, y en tu cabeza, está la posibilidad de cambiarlo". Menganito no le entendía, no sabía qué podía hacer. Antes de desaparecer, el fantasma le dijo: "Para cambiar tu forma de actuar, primero debes saber qué te hace actuar así".

Menganito se despertó, empapado en sudor y desorientado. No sabía si lo que había ocurrido era o no verdad, si había sido un sueño... y si ya había despertado o no. Se pellizcó, fue a beber agua. Pensó que sólo había sido un sueño, y se fue a dormir. Pero no consiguió conciliar el sueño, sólo pensaba en el despido.

Unos días más tarde, le dijeron que pasara por las oficinas de la empresa, y ocurrió exactamente lo que pasó en el sueño del viaje al futuro. Regresó apenado a su casa, pensando en todo lo que había pasado, sin saber qué podía hacer. Se quedó toda la noche despierto, esperando que el fantasma apareciera para preguntarle qué debía hacer. Pero no llegó. Menganito pasó días pensativo, recordando todo lo que le había dicho el fantasma. Y finalmente, se dio cuenta de que al tener miedo a que no le contrataran o le despidieran después, iba nervioso, daba peor impresión y rendía menos porque tardaba más de la cuenta en hacer el trabajo porque lo hacía sin ganas... Un trabajo que él sabía hacer perfectamente. Así que decidió no creer más que le iba a ir mal en la vida. Y, a partir de ahí, le fue un poquito mejor.

Fin.

Solemos imaginarnos cómo nos van a ir las cosas. Pensamos qué cosas queremos lograr u obtener, y nos da miedo, o nos preocupamos, cuando creemos que no lo alcanzaremos. A veces, esas preocupaciones son tan grandes que empeoran la situación, nos hacen ser menos productivos o menos resolutivos, y aparecen problemas que nos alejan de aquello que queríamos. "Ya sabía yo que no lo iba a lograr". Ese pensamiento lo hemos tenido todos en algún mometno de nuestra vida. Pero no nos damos cuenta de que, en realidad, no sabemos nada. Sólo nos dejamos llevar por nuestros pensamientos. Otro ejemplo sería cuando discutimos con otra persona, porque pensamos que nos va a criticar, nos va a juzgar o nos va a hablar mal, y somos nosotros mismos quienes comenzamos la discusión, porque le hablamos mal, anticipando esa mala respuesta que esperamos del otro. "Ya sabía yo que me iba a decir algo malo/ que se iba a meter conmigo... etc".

A veces, somos nosotros mismos quienes hacemos más probable aquellas cosas que no queremos que ocurran, sólo porque pensamos que van a ocurrir. Paremos un momento, y actuemos con calma y con tranquilidad. Sepamos que nos podemos equivocar y no adelantemos acontecimientos. Quizás las cosas vayan mejor entonces.

sábado, 5 de noviembre de 2016

AMOR, ¡AMOR! ¿AMOR?


Ayer vi un cortometraje, muy sencillo y claro, que expresa ideas muy claras sobre el amor y las relaciones de pareja. Os dejo el vídeo por si queréis verlo antes de continuar leyendo.


Todos sabemos, hemos vivido, lo que es el amor. ¿Cuántas películas románticas somos capaces de recordar? ¿Y libros? ¿Cuántas personas conocemos que estén enamoradas? ¿Y que tengan pareja? No hace falta tener pareja o estar enamorado para saber lo que es el amor. Historias que nos enseñan que el amor puede provocar guerras, que el amor verdadero es para toda la vida, y que una vez lo conocemos, no podemos vivir sin él. Es muy romántico pensar que por amor, se puede llegar a morir. Todos tenemos en la cabeza esa imagen de Leonardo DiCaprio congelándose en un mar helado porque su amada sobreviva encima de una tabla. Todos conocemos el trágico final de Romeo y Julieta. Un amor tan grande que lo abarca todo, que llega a ser más importante, incluso, que los propios protagonistas de ese amor. Todos queremos vivir algo así. Todos crecemos con esa idea de amor en la cabeza, entendiendo que el amor es entregarse al otro al 100%, darle tu corazón, tu vida, tu todo, todo lo que tengas, porque el amor es eso. Crecimos viendo películas de dibujos en las que la trama empezaba cuando dos jovencitos se encontraban y se enamoraban de un flechazo. Y la película terminaba cuando esos jovencitos conseguían, luchando contra todo, estar juntos al fin (y me pregunto: ¿no les pasa nada más? ¿sólo importa el amor?) Todo era maravilloso. Los niños crecían pensando en encontrar su princesita que rescatar y proteger, y las niñas, deseando la llegada de su príncipe azul. Parece muy simple. Parece mentira. Pero esa es la idea que solemos tener del amor. 

Un chico nos gusta si es caballeroso y nos retira la silla, nos lleva flores o nos invita a cenar. Pronto nos enamoramos. Pero, ¿qué pasa luego? Seguimos con esa idea de amor que tenemos: "si somos novios, todo tiene que ser bonito, tiene que ser atento conmigo y hacerme regalos"; "tenemos que ir juntos a todos lados"; "él/ella es lo más importante"; "¿se habrá enfadado?"; "¿estará pensando en mí?"... Y le damos todo lo que tenemos. Podemos llegar a dejar nuestros amigos, nuestra familia, nuestro trabajo... TODO. Es muy bonito... mientras dura.

Lo que estoy escribiendo parece una carta de odio al amor, pero no es así. Es odio al amor insano, es odio a esas ideas de amor que conducen al dolor y al sufrimiento. Porque somos humanos, y podemos equivocarnos y entender que ciertos actos son muestras de amor... y en realidad, son todo lo contrario. Por ejemplo: los celos. No son muestras de amor, es desconfianza, es miedo, es pensar que no valgo lo suficiente para el otro... y tengo que estar pendiente para que no me deje. Los celos son control, atan y obligan.

Cuando nos enamoramos de esta forma insana, hacemos que nuestra vida gire en torno a la otra persona, hasta el punto de que esa persona es más importante que nosotros mismos. Por ejemplo, si la otra persona quiere algo caro que no nos podemos permitir, yo me quito de todos mis deseos para poder comprar lo que el otro quiere; o si no le caen bien mis amigos, dejo de verlos por completo (porque no sea que enfade); si no le gusta el rock, vendo mis discos y mi guitarra; si es celoso, dejo de hablar con chicos o sólo salgo con él. Esto son sólo ejemplos, pero ejemplos que todos conocemos. ¿Cuántas parejas se espían el móvil y las redes sociales? ¿Cuántas parejas han discutido porque la aplicación que usan para hablar marca que han leído el mensaje pero no lo han contestado? Y mi pregunta es: ¿eso es amor? NO. Eso es dependencia, desconfianza, prejuicios. Nos enfadamos si el otro piensa de forma distinta a nosotros, si le gustan cosas distintas, si hace las cosas de forma distinta a como lo hacemos nosotros... porque "así no se hace", "eso no se piensa", "eso no es divertido"... Se generan conflictos que no sabemos resolver, porque todo tendría que ser perfecto, pero nadie nos ha enseñado cómo hacer que lo sea. En las películas de dibujos, los jovencitos enamorados no discutían... o lo arreglaban cuando él les hacía un regalo... porque "si me hace un regalo es porque se arrepiente y eso es que me quiere". Pero siendo adultos, un regalo tras otro... no es una solución. Y nos frustramos, Nos frustramos mucho. Y puede llegar el punto en que la relación termine. Terminan los conflictos, pero llega el dolor y el vacío. Esa persona era nuestro TODO. Lo más importante. ¿Qué nos queda cuando se va? Sólo quedamos nosotros mismos. Nosotros somos nuestro todo, debería ser suficiente, pero no lo vemos. Estamos rotos por el dolor, por todo lo que hemos luchado por estar con esa persona, por lo que hemos dejado atrás por su amor... todo para nada, para ahora estar vacíos, solos y sin futuro. Porque también tenemos la idea de que una persona soltera está incompleta, no puede alcanzar la felicidad sin encontrar a otra persona con la que compartirla. Podemos pensar que estar soltero es como "comer pasta sin salsa": no se saborea la vida en todo su esplendor... Son sólo ideas, pero nos las creemos hasta tal punto que nos podemos deprimir pensando que no volveremos a ser felices sin la otra persona.

¿Merece la pena un amor así? Yo creo que no. Hay otro amor, el amor "de verdad", el amor sano, el amor que nos libera, que nos hace crecer, que nos anima a ser mejor. El amor que nos respeta, no que nos juzga. Que no nos ata al otro, si no que nos sirve de apoyo, que nos enseña y nos ayuda. Un amor formado por dos personas, donde lo importante son ellos mismos. Un amor creado por una unión de dos personas igual de importantes. Algo que crece al juntarse. Dos personas con un amor sano es un 1+1=2. Cada uno con su vida, amistades, aficiones, personalidad, familia, trabajo... que cuando se juntan forman algo hermoso y grande, pero que pueden separarse sin romperse del todo.

Cuando en la relación se puede salir sin el otro, con la tranquilidad de saber que no se enfada, ni desconfía, y que te preguntará qué tal te ha ido y si lo has pasado bien, de corazón. Cuando tenemos la tranquilidad de poder decir cualquier cosa sin ser criticados por el otro. Cuando tenemos un problema y sabemos que podemos recurrir a él/ella. Cuando nos amina a quitarnos los miedos de encima y avanzar en la vida. Cuando te hace sentir valioso/a. Cuando te pregunta qué opinas. Cuando quiere que decidáis entre los dos. Cuando no obliga. Cuando te deja siempre tomar tus propias decisiones. Cuando se preocupa por cómo estás o cómo te sientes. Eso sí es AMOR.

No ama más quien más da al otro, si no quien da lo que el otro NECESITA. Quien respeta, quien ayuda, quien está a su lado. Igual que no coge del otro, más de lo que realmente necesita. El amor sano es "tú y yo", no sólo "tú y tú".

domingo, 30 de octubre de 2016

EN BUSCA DE... ¿LA FELICIDAD?

Todos queremos ser felices. Si consideramos que no somos felices, nos deprimimos. Necesitamos tener un día perfecto para tener la impresión de que la felicidad ha existido. Pero, ¿qué es la felicidad? Buscando en Internet, encuentro esta definición: "Estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno". Esta definición tiene tres aspectos clave:
  1. Sentirse plenamente satisfecho
  2. Gozar de lo que desea
  3. Disfrutar de algo bueno
El sentirse plenamente satisfecho implica varias cosas. Por una parte, para sentirnos satisfechos, tenemos que tener ciertas expectativas "de satisfacción". Es decir, yo no puedo saber si estoy o no satisfecho si no tengo una idea de qué es estar satisfecho o no estarlo, o qué necesito para estarlo. Por decirlo de otra manera: nos basamos en ideas preconcebidas, que, en la mayoría de las veces, no hemos reflexionado sobre ellas, para saber si estamos o no satisfechos. Pero, además, parece que no sirve con estar satisfechos. Para ser felices hay que estar plenamente satisfechos, se tienen que haber cumplido esas expectativas en alto grado. 

Esto me lleva a la idea de que el ser humano, o nuestra cultura, no aprecia las pequeñas alegrías de la vida. "Si no soy plenamente feliz, no soy feliz". Eso parece que es lo que aprendemos a lo largo de nuestra vida. Nos formamos expectativas muy altas, las mejores, y soñamos con lograrlas. El problema es cuando esas expectativas son prácticamente inalcanzables. Entonces, nos estaremos lanzando a una vida larga, que nos resultará inaguantable y muy frustrante.

Porque... ¿qué deseamos? Podemos hacer una lista muy larga de deseos, por ejemplo: ser millonario, encontrar al "hombre perfecto", trabajar en mi vocación, tener un cochazo, hacerme una casita en la sierra con piscina, tener una gran familia, irme de compras todas las semanas... Está bien tener claro qué cosas nos harían felices, pero en la mayoría de los casos nunca se nos ocurre pensar qué ocurre en nuestro día a día que nos haga feliz. Nos olvidamos de esa parte, como si no existiera. De hecho, podemos vivir muchos aspectos positivos a diario y pensar que somos infelices, porque nos olvidamos de ellos, sólo pensamos en "el coche que no me puedo comprar", en "el jefe que no valora mi trabajo" o en que "esta semana tampoco me ha tocado la lotería".

Y, por fin, al final de la definición, aparece la idea de que disfrutar de "algo bueno" (algo que parece que no está definido en nuestras vidas, algo que ocurre porque sí). Eso también nos hace felices. Y démonos cuenta de algo: las personas tenemos capacidad para actuar e influir en nuestro ambiente y en nuestra vida, podemos tomar decisiones, cambiar de opinión y hacer cambios en nuestras vidas, pero no podemos controlarlo todo. Podemos madrugar mucho para no llegar tarde al trabajo, pero puede haber un accidente que produzca atascos, por ejemplo. La vida es impredecible, aleatoria en cierto modo. Nos trae cosas buenas y cosas malas. Al igual que no podemos evitar llegar tarde al trabajo algunos días, podemos encontrarnos dinero por la calle, o encontrarnos a un viejo amigo...

La vida está llena de sorpresas o de rutinas simples que pueden alegrarnos el día. Lo importante es intentar fijarse en esas cosas, que no pasen desapercibidas, para poder disfrutarlas. Aprender a ser felices, aunque no estemos plenamente satisfechos. Nunca seremos plenamente felices, se nos irá la vida esperando que llegue nuestra idea de felicidad plena. Siempre habrá algo en nuestras vidas que no nos guste o nos provoque sufrimiento. Así que no busquemos la felicidad plena, porque no existe. Disfrutemos de los buenos momentos de la vida, que no son pocos.

Y si tenemos un mal día, hagamos algo para y por nosotros, démonos ese capricho que necesitamos, sea descansar, pintar, bailar, comernos un capricho, jugar a algo, salir, charlar, caminar... busquemos un poquito de felicidad cada día. Que no se nos olvide sonreir.