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jueves, 13 de diciembre de 2018

¿QUÉ ES UNA RELACIÓN SANA?


Todos podemos pasar, a lo largo de toda nuestra vida, por una relación que nos genera malestar, dolor, incomodidad... pero que, aún así, seguimos manteniendo. Generalmente, no nos damos cuenta de la importancia que tienen esos signos de que algo no va bien, y seguimos adelante. A veces, el problema no va a más, pero otras, el problema crece, como en los casos de violencia de género. Por eso, es importante reflexionar y conocer qué es lo que facilita que la relación entre dos personas sea positiva en todos los sentidos.

En primer lugar, hay que explicar una cosa: una relación es positiva cuando:
  • Existe equilibrio de poder: es decir, cuando los dos toman decisiones (tanto de la relación, como individualmente), ninguno lleva "la voz cantante" siempre.
  • Hay respeto mutuo: ninguno infravalora al otro o a sus opiniones, no se interpone en la vida del otro. Es decir, cada uno puede tener su vida independiente, y el otro lo respeta y lo acepta, y no supone problema en la relación.
  • El cuidado es mutuo: ambos ofrecen al otro lo que necesita, se dan apoyo, se tratan con cariño...
  • Cuando hay buena comunicación: se habla de las emociones, se negocia cosas en las que no están de acuerdo, se habla con libertad y se dice lo que se piensa con respeto, se puede hablar de cualquier cosa, se escucha al otro y se hace intento de ponerse en su lugar...
  • Se comparten momentos de ocio juntos: ayuda a mantener un buen estado de la relación, mejora la conexión, la intimidad, la unión...
En cambio, hay otro tipo de parejas en las que la relación se convierte en la vida de esas personas, la relación lo es todo. Hacen todo con el otro, o todo depende la opinión del otro. Existe una dependencia de la relación, de estar con el otro, hasta tal punto que aparecen celos, inseguridades, miedo al abandono... Y por ello, se puede empezar a controlar al otro (qué hace, dónde está con quién..), cualquier comportamiento se puede interpretar como una falta de amor o una prueba de infidelidad, se dejan de hacer cosas o ver a personas porque el otro no está de acuerdo y no queremos generar un conflicto... Es decir, se rompe el equilibrio y aparecen situaciones de poder, donde uno controla y decide en la vida del otro, y el otro, acata para seguir con la relación. Puede, incluso, que aquel sobre el que se ejerce el control llegue a justificar los malos comportamientos del otro, pensando que es porque está enamorado (por ejemplo, cuando no quiere que salga con una falda corta, "porque tiene celos y eso es que me ama"). Estas relaciones son complejas, puesto que lo mismo que las ahoga, es lo que las mantiene unidas, es decir: como uno controla al otro, y el segundo termina dejando de tratar con amistades, familiares, puede abandonar aficiones, trabajo, etc, para agradarle, llega un punto en el que lo único que tiene, es la relación, y dejarlo supondría perderlo todo en la vida, aunque, realmente, sólo tenga una relación dañina.





En estos tipos de parejas, se rompe el equilibrio, la comunicación, el cuidado, el respeto... No se expresan emociones ni hay empatía. Todo esto genera situaciones de conflicto continuas que pueden acabar en agresiones físicas o psicológicas. Lo importante es saber reconocer estas situaciones para no dejar que nos atrapen.

lunes, 3 de diciembre de 2018

ME QUIERO COMO TU ME QUIERAS


Como ya hemos dicho muchas veces: el ser humano es sociable. ¿Qué quiere decir esto? Que para sobrevivir, desde la antigüedad, se ha rodeado de otros seres humanos. Esto ha permitido que fuera más fácil crecer y vivir, pero también implica que hayan surgido normas sociales, que limiten qué está bien o mal visto dentro del grupo, qué se puede hacer y qué no. Es decir, no cualquiera puede estar en el grupo, sino que es necesario que el comportamiento de la persona se adapte a lo que los demás esperan de él.

Esta necesidad por estar dentro del grupo, a lo largo de toda la historia de la humanidad, ha hecho que desarrollemos unas emociones muy fuertes en cuanto a las relaciones con los otros. Dependemos de ellos, de que nos quieran, nos cuiden, nos acepten... porque, en el fondo, sobrevivimos porque estamos con ellos, en su grupo. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, y el pensar que no tenemos eso, nos puede generar un gran dolor.

Démonos cuenta de una cosa: aprendemos a valorarnos a nosotros mismos por cómo nos valoran los demás. Si a un niño se le dice que es malo, él piensa que es malo, y si se le dice que se le da bien una tarea, piensa que se le da bien. Por eso es tan importante lo que opinen los demás de nosotros, porque nos da una imagen de lo que somos y de lo que valemos. Pero esto puede generar problemas cuando: a) no interpretamos bien la opinión que los demás tienen de nosotros y pasamos a pensar que valemos poco; o b) cuando los demás tienen una opinión infravalorada de nosotros, porque sólo se fijan en lo que se nos da mal, por ejemplo. Como tenemos esa necesidad de agradar a los demás y de conseguir su aprecio, ante estas situaciones anteriores, puede que pasemos a infravalorarnos, o que nos esforcemos exageradamente por agradar a los demás.

Os dejo una historia para reflexionar sobre esto:

Érase una vez una gran familia, con 5 hijos. El primero en nacer fue Lucas, que ya era adolescente, y había ganado muchos premios en competiciones deportivas. Después, iban Clara y Silvia, mellizas y muy inteligentes, sacaban las mejores notas de la familia. Luego, Carlos, un chico muy extrovertido y gracioso, con el que siempre querían estar todos. Diego era el siguiente, y destacaba por su destreza con la pintura. Y, la más pequeña: Nerea. Era una niña tímida, que no llamaba la atención ni destacaba en nada. Los padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera casa, por lo que habían contratado a una mujer para que se hiciera cargo de la casa y de los niños.

Todos los días, al volver del cole, Nerea se iba a su habitación a jugar y a hacer los deberes. Sus hermanos hacían lo mismo, y la asistenta sólo hablaba con ellos para darles la merienda. Nerea pasaba la tarde esperando a que llegaran sus padres. Siempre salía corriendo a saludar a sus padres en cuanto oía abrirse la puerta, pero sus padres llegaban tan cansados, que no tenían ganas de jugar con ella. El único rato que pasaban juntos era en la cena, donde todos sus hermanos contaban todos sus méritos y esperaban las alabanzas de sus padres. Nerea, que todavía iba a parbulitos, contaba lo que había hecho en el cole. Sus padres la escuchaban y la sonreían, pero Nerea sentía que no tenían el mismo interés por sus historias que por los logros de sus hermanos.

Según crecía, Nerea se esforzaba en conseguir la aprobación y admiración de sus padres. Estudiaba mucho, se esforzaba en las clases de gimnasia, e intentaba ser divertida y graciosa, cosa que le costaba mucho, porque, en el fondo, era bastante tímida. Con el tiempo, aprendió que sus padres la atendían más cuando hablaba de sus amistades y de los planes que hacía con ellos. Nerea empezó a organizar actividades con sus amigos, para divertirse. Por su timidez, le resultaba más sencillo jugar, que hablar con ellos. Por eso, cada vez lo organizaba con más frecuencia, hasta el punto que pasaba todo su tiempo libre planeando los juegos del fin de semana siguiente. 

Sus amigos, al principio, se divertían mucho, pero, con la adolescencia, pasaron a interesarles más otros planes. Querían charlar de chicos, hacer fiestas de pijamas o ir de compras. Los chicos, preferían irse a casa de alguien a jugar a videojuegos o hablar de cosas que a Nerea tampoco le interesaban mucho. Entonces, empezaron a poner excusas a Nerea para no ir a sus juegos. Como no tenían una relación muy íntima con ella, por su timidez, y porque siempre se veían sólo para jugar, no sabían cómo decirle que no querían ir a sus planes. Nerea empezó a sentirse mal, porque no entendía porqué ya no quedaban con ella, e intentaba hacer los planes más originales, para que todos quisieran ir, pero tampoco funcionaba.

Un día, Nerea se atrevió a preguntarle a una de sus amigas qué pasaba, y ella se lo explicó. Al principio, se sintió avergonzada, pero después, comprendió que había intentado, con demasiada insistencia, el agradar a los demás, y justo eso, la estaba separando de sus amigos. Entonces, empezó a quedar para hacer los planes de sus amigos, y se dio cuenta de que también le divertían. Ya no tenía la necesidad de hacer planes de actividades para sentirse valorada, porque se dio cuenta de que sus amigos la querían tal cual era ella.

Debemos darnos cuenta de una cosa: no hay nadie que valga poco, porque todos nacemos con la necesidad de ser queridos, pero también con la habilidad de querer a los demás, y esa habilidad es de las más importantes. El siguiente paso que debemos dar es aprender a querernos a nosotros mismos. Cuando aprendemos a valorar todo aquello que sabemos hacer, y a aceptar que no podemos ser perfectos en todo, es cuando más nos querremos y cuando podremos relacionarnos mejor con los demás. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

NOSOTROS NO SOMOS NUESTROS PENSAMIENTOS


Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos creído que somos lo que pensamos. Vamos a ver un ejemplo para entender mejor de qué estamos hablando: Todos nos hemos enfadado con alguien... hemos sentido ira... nos hemos dejado llevar por esas emociones, y hemos escuchado nuestros pensamientos ("este tío es un...", "no la aguanto, ojalá la echen pronto", "estoy harto de él, y de cuidarlo, todos estaríamos mejor sin él"...). A veces, nosotros mismos nos damos cuenta de que estamos dejándonos llevar por lo que ha ocurrido y por lo mal que nos sentimos, y sabemos que tenemos que sacar esa rabia por algún lado. Sabemos, entonces, que es "normal" que tengamos ese tipo de pensamientos, que son algo pasajero... y ya está, no le damos mayor importancia. Pero, en cambio, hay otras veces, que no nos damos cuenta de esto. Quizá porque tenemos ese tipo de pensamientos a menudo, o porque estos pensamientos que tenemos nos resultan muy fuertes, nos creemos que si pensamos eso, es porque somos egoístas, o malas personas. En estos casos, es cuando pensamos que nosotros somos nuestros pensamientos. "Como este pensamiento es X, y yo he tenido este pensamiento, eso quiere decir que yo soy X". Pero esto NO ES ASÍ. Nuestro pensamiento nos engaña muchas veces, y ésta es una de las mentiras más grandes que nos hace creer. Vamos a conocer cómo funciona el pensamiento para entenderlo mejor y darnos cuenta de cómo nos engaña.

Cuando nacemos, no tenemos pensamiento. Es una habilidad que va surgiendo gracias a otros aprendizajes. Básicamente, el pensamiento es lenguaje, es decir, primero aprendemos a hablar. Como podemos hablar, nos comunicamos mejor con los demás y empezamos a comportarnos según las instrucciones que nos van dando los adultos que están con nosotros. Después, somos nosotros mismos los que aprendemos a irnos guiando en las tareas con instrucciones que nos vamos dando nosotros mismos (el ejemplo de un niño pequeño que hace manualidades y va diciendo en voz alta, él sólo, "ahora, voy a recortar el dibujo"...). Y, por último, aprendemos a darnos esas instrucciones sin hablar, mediante el pensamiento. Entonces, el pensamiento es algo que está ahí desde nuestra infancia, que nos acompaña en nuestro desarrollo y crecimiento, y que nos ayuda en gran medida a enfrentarnos a la vida, porque nos va guiando. ¡Por eso nos lo creemos! Si echamos la vista atrás e intentamos recordar nuestro primer recuerdo, el pensamiento ya estaba ahí. ¿Cómo no vamos a creerlo, si forma parte de nosotros? Por una sencilla razón: no somos nuestro pensamiento, somos distintos de él. El pensamiento es algo que ocurre en nuestra cabeza, pero sobre lo que no tenemos ningún tipo de control. Vamos a ver un ejemplo (dedica un momento a hacerlo, te va a sorprender):

A continuación, haz lo siguiente: NO PIENSES EN UN ELEFANTE ROSA.
Ahora, responde a esta pregunta: ¿en qué has pensado? Seguro que la respuesta que das es: en un elefante rosa. Éste es un gran ejemplo de que el pensamiento no se puede controlar. De hecho, muchas veces, cuando intentamos no pensar en algo en concreto, lo único que conseguimos es tenerlo más tiempo en la cabeza.

Ahora vamos a reflexionar sobre otra cosa: ¿qué es el pensamiento? Interpretación. Es decir: nosotros estamos constantemente recibiendo información del mundo (por el oído, la vista, el tacto...). Toda esa información llega a nuestro cerebro, y en función de lo que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra vida, cómo somos nosotros mismos, cómo estamos en ese momento en concreto, las expectativas que podamos tener, etc, vamos a dar un valor a esa información que hemos recibido, vamos a interpretarlo. Un ejemplo: si vamos por la calle, y nos cruzamos con un conocido que no nos saluda, podemos pensar "¡qué desagradable! no me quiere saludar" o "no me a visto, voy a acercarme a saludarlo". Hemos hecho interpretaciones distintas de un mismo hecho, y posiblemente, haya dependido de si estábamos de mal o buen humor... Pero, realmente no sabemos si el conocido nos ha visto o no, si quería saludarnos o no, si llevaba prisa, si estaba de mal humor, o si realmente le caemos mal y no ha querido saludarnos. Y es que nunca tenemos el 100% de la información. Nunca lo sabemos todo. Entonces... El pensamiento es una interpretación que se ve afectada por múltiples factores y que se basa en parte de la información...Resumiendo: el pensamiento no es la realidad.

Y una última cosa... Si el pensamiento es algo que ocurre en nuestra cabeza, sobre lo que no tenemos control, y que no es 100% verídico... ¿Por qué creemos que somos malos/egoístas/sin corazón por los pensamientos que hemos tenido? Ahora, imagínate un aula, una clase de un colegio, con niños, niños que se pelean, niños que gritan, que insultan a los profesores, que desobedecen, que rompen las cosas de la clase, que lo ensucian todo... Y responde a esta pregunta ¿El aula es mala porque los niños sean malos? La respuesta es NO. ¿Por qué? Porque el aula y los niños son cosas distintas, y por eso, no se puede juzgar a una por lo que haga la otra. Con el pensamiento pasa lo mismo: El pensamiento es distinto de nosotros, aunque no nos demos cuenta. Nosotros no somos nuestros pensamientos.



En la próxima entrada, se comentarán algunas pautas para saber qué hacer ante los pensamientos que nos hacen sentir mal.




miércoles, 3 de mayo de 2017

NADIE ES PERFECTO... PERO YO QUIERO SERLO


La autoestima podría definirse como la valoración que hacemos de nuestra persona, de nuestras habilidades, de nuestras capacidades. Como es una percepción, nunca es real. Es decir, es una interpretación que nosotros hacemos, por ejemplo, sobre cómo de buenos somos cocinando. Una persona puede pensar que se le da bien cocinar porque no se le quema la comida, o la hace en su punto de sal. Otra, en cambio, puede cocinar bien pero pensar que no es buena cocinera porque hace platos poco elaborados. Y otro, puede pensar que es un cocinero mediocre porque no inventa nuevas recetas, como los cocineros famosos.

Sin embargo, aunque las percepciones que tengamos de nosotros mismos nunca son reales, nos las creemos a pies juntillas. Y al tratarse de algo tan íntimo como nuestro propio valor, es algo muy importante para nosotros. Por eso, queremos ser los mejores, queremos ser valiosos y apreciados por los demás. De hecho, nos puede provocar mucho sufrimiento que una persona nos diga algo negativo de nosotros mismos, porque nos hace sentir que no somos tan buenos.

¿Qué podemos hacer cuando nos sintamos mal por algo que nos a dicho alguien o que nosotros mismos pensamos? 

1ª Darnos cuenta de que eso que nos han dicho, o que pensamos, tan sólo es un juicio, una opinión, un pensamiento. Es una percepción. Si pensamos que somos los peores, tontos, feos, sosos; que nunca podremos mejorar, que no somos capaces de hacer algo... NO ES LA REALIDAD. 

2ª Darnos cuenta de que nadie puede ser perfecto. Todos tenemos habilidades, más o menos desarrolladas. No existe ninguna persona que sea experto en todo. Así que no tendría sentido querernos menos por no saber hacerlo todo, o hacer algo mal. ACEPTÉMONOS TAL COMO SOMOS.

3ª Darnos cuenta de que nuestras capacidades dependen en gran modo de la práctica. Es decir, podemos mejorar. Sólo nos hace falta motivación y ponernos en marcha. ABANDONEMOS LA RESIGNACIÓN.

4ª Si alguien nos dice algo de nosotros que hiere nuestra autoestima...
    a) ¿Nos lo dice sólo por criticar? Entonces, no le demos mayor importancia a esa persona ni a sus comentarios. Alguien que sólo nos aporta cosas negativas no es buena para nosotros.
    b) ¿Puede que le haya molestado algo que hemos dicho o hecho? ¿Cree que podríamos mejorar algo para nuestro propio beneficio? En este caso, nos puede ser productivo escuchar su opinión y reflexionar sobre ello. Aceptar las críticas de los demás nos puede servir para darnos cuenta de aspectos mejorables de nuestro comportamiento. Y esto, nos permite poder cambiarlo.

Y aquí os dejo unos ejemplos de cosas que todos podemos hacer para ayudarnos a sentirnos mejor con nosotros mismos:
  1. Meditar o practicar la atención plena (os dejo un enlace de una entrada antigua que os puede ayudar a conocer en qué consiste http://compartirpsicologia.blogspot.com.es/2016/09/mindfulness-atencion-plena-para-novatos.html )
  2. Hacer actividades que nos hacen sentir bien: escuchar música, bailar, cantar, salir, un baño caliente, cocinar, hacer ejercicio, hablar, hacer manualidades... Esto nos ayuda a desconectar y a darnos cuenta de las cosas positivas que tenemos en nuestra vida.
  3. Podemos hacer una lista que nos ayude a recordar todas esas cosas que hemos logrado a lo largo de nuestra vida. Por ejemplo, logros académicos, competiciones, cosas que hemos aprendido o en las que hemos mejorado. O cosas positivas que nos han dicho los demás de nosotros. Podemos, incluso, hacer un álbum, un cuaderno, o una caja, donde vayamos guardando cosas que nos recuerden lo valiosos que somos. Por ejemplo, fotos de nuestra graduación, vídeos de cuando aprendimos a nadar o a montar en bici, trabajos o exámenes, la partitura de la primera canción que aprendimos a tocar, una foto de los primeros macarrones que hicimos solos... También podemos guardar fotos de las personas que nos hacen sentir bien, y apuntar, por detrás, momentos que hemos pasado con ellos o cosas buenas que nos han dicho de nosotros mismos.
  4. Abrazarnos: sentirnos queridos, nos hace sentirnos valiosos. Y, además, si el abrazo nos lo damos nosotros mismos, nos puede ayudar a conectar con nuestros sentimientos, a perdonarnos por nuestros errores y a aceptarnos tal como somos.
  5. Ten en cuenta que el esfuerzo, la tenacidad, es algo muy valioso en una persona, pero no se le suele dar la importancia que realmente tiene. Apunta en un cuaderno, todos los días, una cosa en la que te hayas esforzado, aunque haya sido ir a trabajar, hacer la compra, tareas en casa... No importa la actividad, lo que importa es tu esfuerzo. Siéntete orgulloso de haberlo hecho a pesar del cansancio o de la falta de ganas, y date cuenta de las pequeñas cosas que consigues todos los días, gracias a ello, a tu tenacidad... gracias a tí.

lunes, 24 de abril de 2017

NO SOMOS SUPERHÉROES


Todos tenemos la idea de que quien sobresale, quien es más listo, quien hace mejor una determinada actividad, es mejor que el resto de la gente. Se premia lo que destaca frente a la normalidad... o la mediocridad. Tenemos la idea de que quien es "normal", en realidad es "mediocre". Los subestimamos. No valoramos con buenos ojos sus capacidades o su esfuerzo porque no son tan buenas como las de los otros.

A todos nos gusta lo mejor. Nos enseñan de pequeños a admirar a los que ganan, a los mejores. ¿Cuántos seguidores tienen los grandes equipos de fútbol? ¿Y, en cambio, los equipos locales? ¿Acaso son mejores en todos los aspectos los jugadores profesionales que quienes tienen que dedicarse a otra profesión y sacar tiempo a parte para poder entrenar?

Al mismo tiempo, crecemos con las exigencias de nuestros padres. Tenemos que sacar buenas notas, en todo. Si se nos dan mal las matemáticas, nos apuntan a una academia. Cueste lo que cueste, hay que sacar buenas notas. Nos volvemos esclavos de las exigencias... y de las comparaciones... Porque los padres conocen a más niños de nuestra edad, y siempre, alguno, sobresale. Las comparaciones son odiosas, eso lo sabemos todos. Pero no nos damos cuenta que las exigencias de rendimiento también son comparaciones. Si nuestro rendimiento es "bueno" o es "malo" es porque lo estamos comparando con algún punto, con alguna referencia, que alguien marca. Y eso, frustra. Nos hace luchar contra algo que cuesta, y desgasta.

Y así, crecemos con la idea de que tenemos que rendir en todos los aspectos. Tenemos que hacerlo todo bien. Si queremos triunfar, tenemos que ser el mejor de nuestra promoción. Tenemos que saber inglés, porque los idiomas son muy útiles y necesarios hoy en día. Tenemos que hacer deporte, aunque pasemos 12 horas fuera de casa por el trabajo.

Cuanto más cosas haces, más valor tienes. Más admiración recibes de los demás. ¡Qué grato es que te digan "yo no podría hacerlo tan bien como tú"! O eso de "¿y cómo te da tiempo a hacer tantas cosas?"

Nos gustan los halagos de los demás. Y como queremos que nos halaguen... nos esforzamos. Pero al crecer con estas ideas, llega un punto en que ya no sólo lo hacemos porque consigamos que los demás nos den atención o aprecio... lo hacemos porque creemos que tenemos que hacerlo. Tenemos que trabajar, hasta el punto de dejarnos la piel en el trabajo. Tenemos que hacerlo todo perfecto, destacar, para ascender, o para que no nos despidan. Y pasamos así todos los días.

¿Por qué es tan doloroso que nos despidan? Incluso sin tener necesidades económicas, nos duele. Porque creemos que ya no somos valiosos para la empresa, que no hemos hecho las cosas bien. Aunque hayamos echado horas extra sin cobrarlas, o hayamos hecho trabajos que corresponden a otros puestos... si nos echan, nos echamos nosotros mismos la culpa. Pensamos que tendríamos que haber sido más rápidos, más ingeniosos, más efectivos... Nos causamos dolor a nosotros mismos porque nos valoramos menos de lo que realmente merecemos. Porque nos han enseñado a valorar sólo los resultados, no el proceso, ni el interés, ni el esfuerzo.

Se nos olvida que somos personas de carne y hueso, o directamente, no queremos serlo. Queremos convertirnos en algo que no somos: superhéroes. Y luchar contra eso, sólo nos genera sufrimiento.

Si aceptamos nuestras capacidades al mismo tiempo que nuestros defectos, podremos encauzar nuestra vida hacia actividades y exigencias que estén a nuestro alcance. No quiero decir que no intentemos conseguir metas, si no darnos cuenta de que no todas podremos alcanzarlas... pero muchas de ellas, sí. Si nos dirigimos hacia aquellas que supongan un reto, pero que con esfuerzo e interés las podamos conseguir, nos sentiremos mucho más satisfechos y realizados que esforzándonos por algo inalcanzable, que sólo nos hará sentir frustración. 

Abandonemos la necesidad del hacer. No se es peor por estar en paro o por no tener ninguna actividad o meta que cumplir. Aceptémonos. Disfrutemos de la vida tal cual nos llega. La vida no es una competición, sólo un camino.

domingo, 16 de octubre de 2016

CUANDO TE DICEN "NO PUEDES"

A todos nos ha ocurrido alguna vez que alguien nos ha dicho que no podríamos lograr algo. Todos tenemos sueños, metas, ilusiones que alcanzar, pero, a veces, tenemos miedo de compartirlas con los demás por esa frase que convierte nuestras metas en humo: "no lo vas a lograr" o "eso es imposible/muy difícil". Cuando nos dicen esto, empezamos a dudar, desconfiamos de nosotros, y de la viabilidad de nuestro proyecto. Y la duda puede ser esa grieta que va creciendo lentamente hasta convertirlo todo en pedazos.

Estamos acostumbrados a creernos lo que los demás nos dicen. Crecemos oyendo que somos buenos en algunas cosas... pero, generalmente, nos dicen más veces aquello que se nos da mal. Si algo se nos dio mal la primera vez y nos lo dijeron, la siguiente vez creeremos que ocurrirá lo mismo, y lo haremos con miedo, lo que no nos ayuda a mejorar. 

Si en el colegio se nos daba bien plástica, pero mal inglés, nos apuntaban a clases de inglés, pero no a pintura. Y, a la larga, terminamos pensando que aquello que se nos da mal no podremos mejorarlo nunca. Si nos cuesta el inglés de pequeños, aprendemos a que no nos guste. Porque no es, simplemente, algo más que hacemos en el colegio, es eso que tenemos que ir a hacer después del colegio, y que se nos da mal, y que nos cuesta, y se convierte en una obligación, en algo que no nos aporta nada positivo, pero por lo que tenemos que esforzarnos a diario. Perdemos toda motivación y rendimos menos. Y así, aprendemos que hay cosas en la vida imposibles para nosotros. 

Aprendemos que no tenemos ciertas habilidades, y lo convertimos en alguno interno, algo propio de nosotros mismos: pensamos que somos torpes, mediocres, simples... y que no podemos cambiarlo. Así, cuando tenemos que enfrentarnos a nuevos retos en nuestra vida, pensamos en esas limitaciones que tenemos: "soy tímido... no se me va a dar bien la entrevista..."; "quiero empezar un negocio... pero soy un negado para las cuentas...". Nosotros mismos nos cortamos las alas, creamos muros altísimos ante nosotros que creemos que no podemos superar, pero ni siquiera nos acercamos para ver si podemos treparlos o no. Y no nos damos ni cuenta de que quizá podemos pasar esos muros de otra forma...

Todos tenemos habilidades. Todos somos buenos en algo. Pero generalmente, nos olvidamos de ello. Quizá no se nos den bien las cuentas, pero podemos buscar a alguien que nos explique o nos ayude con ello. Quizá seamos tímidos, pero podemos tener un buen curriculum/experiencia que nos avale en la entrevista. Y lo más importante de todo: tenemos MOTIVACIÓN. No hay nada que nos haga crecer tanto como el tener ganas de lograr algo. Por mucho que tengamos que trepar, por mucho que nos duelan las yemas de los dedos o se nos cansen los brazos, o nos caigamos, si estamos motivados: llegaremos. No importa caerse, y mucho menos cuántas veces pase eso. Podemos seguir intentándolo, y lo conseguiremos. Cada vez que nos caigamos, será una lección de algo que no debemos hacer la próxima vez. Nos ayudará a hacernos más fuertes y experimentados, y el siguiente intento, será mejor. Y es que hay algo que no sabemos: podemos cambiar. No somos personas iguales a lo largo de toda nuestra vida... si no que aprendemos, crecemos, nos adaptamos y adquirimos nuevos comportamientos... formas de pensar... Pero no nos damos cuenta de ello. Cambiamos despacio, y no percibimos esos cambios. Por eso pensamos que no podemos cambiar. Pero todos cambiamos, cambia nuestro cuerpo y cambia nuestro cerebro.

Y otra cosa que nos suele echar para atrás es el compararnos con los demás. Crecemos viendo cómo nuestros compañeros sacan mejores notas sin esfuerzo. Vemos a familiares chulear de lo buenos que son sus hijos. Nuestros padres nos comparan con nuestros hermanos o primos. Y aprendemos que hay cosas que hacemos mal porque otros las hacen mejor. El que algo nos cueste más que a los demás no quiere decir que seamos peores que ellos, sólo demuestra que nosotros somos fuertes y valientes, porque seguimos intentándolo. El que algo sea difícil y se intente, demuestra motivación, tenacidad, valor. Es tomar el camino largo pero el que más nos puede llenar y hacer rica nuestra experiencia. No nos quedemos en el camino fácil por miedo, porque cuando lleguemos al final, nos acordaremos de ese otro camino que podíamos haber tomado.

Si quieres hacer algo: hazlo. No preguntes. No dudes. No te rindas sin empezar. Anda, lucha y pide ayuda si lo necesitas. Es la única forma de llegar a donde queremos. Nadie andará por ti. Sólo tú puedes lograr tus sueños.