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martes, 31 de marzo de 2020

10 PAUTAS ANTE LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO POR EL CORONAVIRUS


La pérdida de un ser querido siempre es un momento muy doloroso, en el que tenemos que aceptar una nueva realidad, una nueva vida sin la presencia de esa persona. Pero, actualmente, las condiciones por las que estamos pasando a causa del virus, hacen aún más difícil pasar por este proceso. Uno de esos motivos es la distancia a la que estamos obligados para evitar el contagio, ya que no nos permite acompañar al enfermo, ni nos permite realizar una despedida junto con la familia. Esto nos puede hacer sentir emociones muy intensas, que nos generen gran malestar: frustración, tristeza y culpa por no poder estar con el familiar, rabia, etc. Pero ¿qué podemos hacer ante esta situación? 

El dolor es inevitable, y tampoco podemos cambiar lo ocurrido o la situación por el virus. Sin embargo, podemos tener en cuenta algunas pautas que nos pueden ayudar a sobrellevarlo:

1. Aceptar nuestro dolor y el de los demás: cuando intentamos no sufrir, podemos provocarnos más dolor aún, que se une al de la pérdida. Así, en muchas ocasiones, pensamos que expresar nuestro dolor provoca más sufrimiento a los demás, e intentamos reprimirlo. Otras veces, somos nosotros quienes les decimos a los demás cosas como "no llores", "hay que seguir adelante", etc, en vez de dejarles expresarse. Sin embargo, nuestra tristeza, el dolor que sentimos, las lágrimas, nos mueven, nos ayudan a aceptar y a asimilar lo que ha pasado, y nos acercan a los demás, promoviendo el apoyo entre las personas, que es un gran alivio del dolor.

2. Entender que cada persona es un  mundo: cada uno vive la pérdida de una forma distinta, necesita un tiempo diferente para recomponerse, o expresa su dolor de distintas maneras. Habrá personas que se sientan más cómodas llorando en soledad, habrá otras que quieran hablar de lo ocurrido constantemente... Por eso es importante respetar cómo lo vive cada uno de nuestros seres queridos y no intentar forzarlos a hacerlo de otra forma, más aún al pasar tanto tiempo juntos en el mismo domicilio.

3. Tener en cuenta a los niños: cuando hay niños pequeños en la familia, en ocasiones, se tiende a evitar que tengan contacto con lo ocurrido, que vean a sus padres llorar, que vayan al tanatorio, etc. Sin embargo, hasta los niños más pequeños notan que algo ha pasado, aunque no se les diga nada. Ellos son capaces de percibir los estados emocionales negativos de las personas que les rodean, posibles cambios en las rutinas, etc. Por ello, es recomendable darle una explicación sencilla y adaptada a su edad, de lo que ha pasado. Explicarles cómo nos sentimos, y cómo van a cambiar algunas rutinas debido al fallecimiento, puede ayudarles a entender y afrontar mejor la situación.

4. Exprésate como quieras: es importante ventilar lo que sentimos, pero, a veces, no es fácil, porque tenemos emociones tan fuertes que nos abruman, e intentamos frenarlas. Hay que dejar salir la emoción. Para ello, piensa cómo te sería más fácil. Puedes hablar de lo ocurrido con algún familiar, o a lo mejor te es más sencillo hacerlo con un amigo ajeno a la pérdida, o incluso, con alguien con quien no tengas una relación personal. Siempre habrá alguien dispuesto a escucharte. También puede ayudarte escribir cómo te sientes o sobre algún recuerdo bonito que tengas de esa persona. Quizás escuchar música, cantar, tocar algún instrumento, pintar, hacer garabatos... Cualquier actividad que te permita sacar la tristeza, la frustración, la culpa... es un buen recurso.

5. Despídete: aunque no sea posible hacer un velatorio, funeral, etc, puedes organizar una despedida desde el domicilio. Reunid fotografías, vídeos, poned velas, música que le gustara al familiar fallecido. Podéis hacer videollamadas para que otros familiares puedan acompañaros en ese momento. Dedicad el tiempo que necesitéis, sin interrupciones, para decir unas palabras, rememorar momentos, etc. Después, podéis recoger esos objetos o apartarlos en algún rincón del domicilio, para dejar el espacio necesario libre, en la estancia, para seguir con la rutina.

6. Aceptar la situación que estamos viviendo: ser conscientes de las dificultades que vivimos en la actualidad por el virus nos puede ayudar a entender lo ocurrido y cómo nos sentimos. Si no estuvimos con nuestro ser querido en sus últimos momentos fue por obligación, por evitar nuestro contagio y el de otras personas, y eso, también lo sabía la persona fallecida. De igual forma, si no podemos acompañar en el duelo a nuestros familiares con besos y abrazos, sabemos que podemos llamarlos o contactar con ellos por redes sociales, hacer videollamadas, etc.

7. Busca actividades que te hagan sentir bien: primero, piensa en las cosas que dan valor a tu vida (por ejemplo, pasar tiempo con tus seres queridos, tu vocación, ayudar a otras personas, cuidarte...). Después, piensa cómo puedes llevarlas a la práctica, según las limitaciones que hay actualmente (por ejemplo, jugar o enseñar cosas a los niños de la casa, hacerle la compra a la vecina que necesita ayuda, estudiar, compartir conocimientos o habilidades a través de redes sociales, bailar, hacer yoga...). Y piensa en cuánto tiempo necesitas para ello, y cuánto tiempo puedes dedicarle, realmente. Planteate unas metas realistas, según tus recursos, tus habilidades o capacidades, y las 24 horas que tiene cada día. Luego, ponte manos a la obra.

8. Planifica una rutina: dedica un tiempo a elaborar un horario, donde incluyas las tareas del hogar, la higiene, el trabajo, el ocio, el cuidado de familiares... Piensa a qué hora vas a acostarte y levantarte, para dormir las horas necesarias; y cuánto tiempo van a requerir las actividades que vas a hacer a lo largo del día. Llevar una rutina nos ayuda a normalizar la situación de pasar el día dentro del hogar, y nos ayuda a mantenernos activos y evitar el aburrimiento y el desánimo.

9. Cuídate: hay mil formas de hacerlo, desde dedicar más tiempo a cocinar o hacer recetas saludables, dormir las horas necesarias, o hacer algo de ejercicio físico; hasta darse un baño relajante, leer una novela o darse un masaje en los pies. Recuerda lo importarte que eres para ti. El tiempo que te dediques te hará sentir bien y estar más animado para enfrentarte a esta situación.

10. Permítete sonreír de nuevo.



Fuente: "Guía de apoyo psicológico a personas que han perdido a un familiar consecuencia del Coronavirus", del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

lunes, 22 de julio de 2019

EL SIGNIFICADO DE LOS CELOS


A lo largo de la historia, en nuestra cultura, ha surgido la idea de los celos como muestra del amor que siente el otro hacia nosotros, como un reflejo de la necesidad que tiene de sentirnos, de que lo/la amemos. Por ello, hay quien piensa que los celos son algo positivo en la relación, que unen a los enamorados y fortalece su unión. Pero, ¿realmente es así?

Antes que nada, hay que definir qué son los celos. Es un sentimiento de una de las dos personas de la pareja, que puede surgir ante la idea de que el/la otro/a se dé a una tercera persona, dejando de dedicar tiempo y amor a él/ella. Es decir, puede aparecer porque piense o imagine que su pareja esté teniendo otra relación con un tercero, o, simplemente, que dedique más tiempo a estar con otras personas o a hacer otras cosas sin la pareja. Por ejemplo, se puede sentir celos por el tiempo que dedica el/la otro/a a estar con sus amigos o familia.

¿Por qué surge ese sentimiento? La persona celosa tiende a querer estar con su amada/o constantemente, necesita en todo momento sus muestras de amor, saber dónde está, etc. Esto se debe a la inseguridad. Puede llegar a pensar que no es lo suficientemente bueno para el/la otro/a, o que otras personas pueden ser más valiosas para su pareja que ella/él misma/o. Por tanto, los celos no nacen del amor, nacen de la desconfianza, de la inseguridad. ¿Puede algo así ser bueno para el amor?

Cuando una persona tiene celos, y desconfía, tiende a intentar compensar esa falta de seguridad en la relación, ejerciendo control. Algo así como: "cuanto más tiempo esté con ella/él, más difícil es que me engañe o esté con otros". Por ello, empieza a controlar (preguntar dónde y con quién está la pareja; mirar en las redes sociales, cotillear el móvil, etc). Puede parecer que es algo sin importancia,  pero también puede llegar al punto de que intente aislar a la pareja del resto de relaciones personales (familia y amigos: "cuanto más lejos esté de los demás, más cerca estará de mí").

Cuando aparecen los celos en una relación, pueden pasar dos cosas:
1. Que la otra persona no acepte el control, y sea fuente de conflicto y separación; 
2. O que la otra persona acepte, en cierto modo, el control de su pareja (porque "significa que me quiere", o "es curiosidad", o "es porque se preocupa por mí"). En estos casos, se está favoreciendo que el/la otro/a controle, y cuanto más control tenga, más querrá tener. Se alimenta su inseguridad al darle explicaciones, al dejar que tome decisiones en la vida del otro/a, etc., por lo que este tipo de conductas tenderán a aumentar: cada vez lo hará con más frecuencia y con más intensidad. Es decir, puede empezar preguntando la contraseña de una red social, y pasado un tiempo, romper el móvil del otro porque no le ha dado explicaciones al salir de casa.

Por tanto, ¿los celos alimentan el amor y la relación? NO. Más bien, atan, obligan, y destrozan el amor.

Dejo un enlace a otra entrada, en la que se puede acceder a una encuesta anónima, que te ayudará a reflexionar sobre tu relación sentimental: pincha aquí

viernes, 5 de abril de 2019

¿TENGO UNA RELACIÓN SANA?


Ya hemos hablado de la dificultad que existe para ver, en primer persona cuándo se está en una relación insana. Para intentar hacer esto más fácil, he elaborado un test. En él, no se da una respuesta sobre el tipo de relación que es, ni se ha estudiado científicamente sus característica psicométricas. Su finalidad no es la de obtener información para un estudio, si no de servir de reflejo a aquella persona que lo use, hacerle reflexionar, y hacerle dirigir su atención a aspectos importantes que pueden señalar que una relación no es sana.

Si una vez finalizado el ejercicio, has pasado a estar inquieto/a, a preocuparte, o a estar triste por alguna de las preguntas que has respondido, es signo de que algo no va bien. Si quieres cambiarlo, busca ayuda profesional.







jueves, 13 de diciembre de 2018

¿QUÉ ES UNA RELACIÓN SANA?


Todos podemos pasar, a lo largo de toda nuestra vida, por una relación que nos genera malestar, dolor, incomodidad... pero que, aún así, seguimos manteniendo. Generalmente, no nos damos cuenta de la importancia que tienen esos signos de que algo no va bien, y seguimos adelante. A veces, el problema no va a más, pero otras, el problema crece, como en los casos de violencia de género. Por eso, es importante reflexionar y conocer qué es lo que facilita que la relación entre dos personas sea positiva en todos los sentidos.

En primer lugar, hay que explicar una cosa: una relación es positiva cuando:
  • Existe equilibrio de poder: es decir, cuando los dos toman decisiones (tanto de la relación, como individualmente), ninguno lleva "la voz cantante" siempre.
  • Hay respeto mutuo: ninguno infravalora al otro o a sus opiniones, no se interpone en la vida del otro. Es decir, cada uno puede tener su vida independiente, y el otro lo respeta y lo acepta, y no supone problema en la relación.
  • El cuidado es mutuo: ambos ofrecen al otro lo que necesita, se dan apoyo, se tratan con cariño...
  • Cuando hay buena comunicación: se habla de las emociones, se negocia cosas en las que no están de acuerdo, se habla con libertad y se dice lo que se piensa con respeto, se puede hablar de cualquier cosa, se escucha al otro y se hace intento de ponerse en su lugar...
  • Se comparten momentos de ocio juntos: ayuda a mantener un buen estado de la relación, mejora la conexión, la intimidad, la unión...
En cambio, hay otro tipo de parejas en las que la relación se convierte en la vida de esas personas, la relación lo es todo. Hacen todo con el otro, o todo depende la opinión del otro. Existe una dependencia de la relación, de estar con el otro, hasta tal punto que aparecen celos, inseguridades, miedo al abandono... Y por ello, se puede empezar a controlar al otro (qué hace, dónde está con quién..), cualquier comportamiento se puede interpretar como una falta de amor o una prueba de infidelidad, se dejan de hacer cosas o ver a personas porque el otro no está de acuerdo y no queremos generar un conflicto... Es decir, se rompe el equilibrio y aparecen situaciones de poder, donde uno controla y decide en la vida del otro, y el otro, acata para seguir con la relación. Puede, incluso, que aquel sobre el que se ejerce el control llegue a justificar los malos comportamientos del otro, pensando que es porque está enamorado (por ejemplo, cuando no quiere que salga con una falda corta, "porque tiene celos y eso es que me ama"). Estas relaciones son complejas, puesto que lo mismo que las ahoga, es lo que las mantiene unidas, es decir: como uno controla al otro, y el segundo termina dejando de tratar con amistades, familiares, puede abandonar aficiones, trabajo, etc, para agradarle, llega un punto en el que lo único que tiene, es la relación, y dejarlo supondría perderlo todo en la vida, aunque, realmente, sólo tenga una relación dañina.





En estos tipos de parejas, se rompe el equilibrio, la comunicación, el cuidado, el respeto... No se expresan emociones ni hay empatía. Todo esto genera situaciones de conflicto continuas que pueden acabar en agresiones físicas o psicológicas. Lo importante es saber reconocer estas situaciones para no dejar que nos atrapen.

lunes, 3 de diciembre de 2018

ME QUIERO COMO TU ME QUIERAS


Como ya hemos dicho muchas veces: el ser humano es sociable. ¿Qué quiere decir esto? Que para sobrevivir, desde la antigüedad, se ha rodeado de otros seres humanos. Esto ha permitido que fuera más fácil crecer y vivir, pero también implica que hayan surgido normas sociales, que limiten qué está bien o mal visto dentro del grupo, qué se puede hacer y qué no. Es decir, no cualquiera puede estar en el grupo, sino que es necesario que el comportamiento de la persona se adapte a lo que los demás esperan de él.

Esta necesidad por estar dentro del grupo, a lo largo de toda la historia de la humanidad, ha hecho que desarrollemos unas emociones muy fuertes en cuanto a las relaciones con los otros. Dependemos de ellos, de que nos quieran, nos cuiden, nos acepten... porque, en el fondo, sobrevivimos porque estamos con ellos, en su grupo. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, y el pensar que no tenemos eso, nos puede generar un gran dolor.

Démonos cuenta de una cosa: aprendemos a valorarnos a nosotros mismos por cómo nos valoran los demás. Si a un niño se le dice que es malo, él piensa que es malo, y si se le dice que se le da bien una tarea, piensa que se le da bien. Por eso es tan importante lo que opinen los demás de nosotros, porque nos da una imagen de lo que somos y de lo que valemos. Pero esto puede generar problemas cuando: a) no interpretamos bien la opinión que los demás tienen de nosotros y pasamos a pensar que valemos poco; o b) cuando los demás tienen una opinión infravalorada de nosotros, porque sólo se fijan en lo que se nos da mal, por ejemplo. Como tenemos esa necesidad de agradar a los demás y de conseguir su aprecio, ante estas situaciones anteriores, puede que pasemos a infravalorarnos, o que nos esforcemos exageradamente por agradar a los demás.

Os dejo una historia para reflexionar sobre esto:

Érase una vez una gran familia, con 5 hijos. El primero en nacer fue Lucas, que ya era adolescente, y había ganado muchos premios en competiciones deportivas. Después, iban Clara y Silvia, mellizas y muy inteligentes, sacaban las mejores notas de la familia. Luego, Carlos, un chico muy extrovertido y gracioso, con el que siempre querían estar todos. Diego era el siguiente, y destacaba por su destreza con la pintura. Y, la más pequeña: Nerea. Era una niña tímida, que no llamaba la atención ni destacaba en nada. Los padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera casa, por lo que habían contratado a una mujer para que se hiciera cargo de la casa y de los niños.

Todos los días, al volver del cole, Nerea se iba a su habitación a jugar y a hacer los deberes. Sus hermanos hacían lo mismo, y la asistenta sólo hablaba con ellos para darles la merienda. Nerea pasaba la tarde esperando a que llegaran sus padres. Siempre salía corriendo a saludar a sus padres en cuanto oía abrirse la puerta, pero sus padres llegaban tan cansados, que no tenían ganas de jugar con ella. El único rato que pasaban juntos era en la cena, donde todos sus hermanos contaban todos sus méritos y esperaban las alabanzas de sus padres. Nerea, que todavía iba a parbulitos, contaba lo que había hecho en el cole. Sus padres la escuchaban y la sonreían, pero Nerea sentía que no tenían el mismo interés por sus historias que por los logros de sus hermanos.

Según crecía, Nerea se esforzaba en conseguir la aprobación y admiración de sus padres. Estudiaba mucho, se esforzaba en las clases de gimnasia, e intentaba ser divertida y graciosa, cosa que le costaba mucho, porque, en el fondo, era bastante tímida. Con el tiempo, aprendió que sus padres la atendían más cuando hablaba de sus amistades y de los planes que hacía con ellos. Nerea empezó a organizar actividades con sus amigos, para divertirse. Por su timidez, le resultaba más sencillo jugar, que hablar con ellos. Por eso, cada vez lo organizaba con más frecuencia, hasta el punto que pasaba todo su tiempo libre planeando los juegos del fin de semana siguiente. 

Sus amigos, al principio, se divertían mucho, pero, con la adolescencia, pasaron a interesarles más otros planes. Querían charlar de chicos, hacer fiestas de pijamas o ir de compras. Los chicos, preferían irse a casa de alguien a jugar a videojuegos o hablar de cosas que a Nerea tampoco le interesaban mucho. Entonces, empezaron a poner excusas a Nerea para no ir a sus juegos. Como no tenían una relación muy íntima con ella, por su timidez, y porque siempre se veían sólo para jugar, no sabían cómo decirle que no querían ir a sus planes. Nerea empezó a sentirse mal, porque no entendía porqué ya no quedaban con ella, e intentaba hacer los planes más originales, para que todos quisieran ir, pero tampoco funcionaba.

Un día, Nerea se atrevió a preguntarle a una de sus amigas qué pasaba, y ella se lo explicó. Al principio, se sintió avergonzada, pero después, comprendió que había intentado, con demasiada insistencia, el agradar a los demás, y justo eso, la estaba separando de sus amigos. Entonces, empezó a quedar para hacer los planes de sus amigos, y se dio cuenta de que también le divertían. Ya no tenía la necesidad de hacer planes de actividades para sentirse valorada, porque se dio cuenta de que sus amigos la querían tal cual era ella.

Debemos darnos cuenta de una cosa: no hay nadie que valga poco, porque todos nacemos con la necesidad de ser queridos, pero también con la habilidad de querer a los demás, y esa habilidad es de las más importantes. El siguiente paso que debemos dar es aprender a querernos a nosotros mismos. Cuando aprendemos a valorar todo aquello que sabemos hacer, y a aceptar que no podemos ser perfectos en todo, es cuando más nos querremos y cuando podremos relacionarnos mejor con los demás. 

lunes, 23 de julio de 2018

CÓMO DISFRUTAR AL 100% DE LAS VACACIONES


Aunque ya llevamos más de un mes en verano, la mayoría de la gente comienza sus vacaciones en estas fechas. Como todo cambio, puede generar cierto estrés (atascos, aeropuertos, hacer las maletas, estar todos juntos, a veces, en espacios más pequeños...). Otras veces, simplemente, puede que no vayamos al sitio que nos hubiera gustado, o que no podamos irnos a ningún sitio. Esto también genera emociones negativas que pueden chafarnos esos días que tenemos para descansar y disfrutar, aunque tengamos que quedarnos en casa. Practicar Mindfulness puede ayudarnos a saborear y disfrutar más de estos días, aunque no sean como hubiéramos deseado en un principio. 

Mindfulness se basa en unos principios, que nos ayudan a tener una actitud más abierta a la experiencia, lo que nos permite conectar con ella en cada momento y ser plenamente conscientes de todo lo que vivimos. Esos principios son los siguientes:

- No juzgar: cuando valoramos o juzgamos lo que hacemos o tenemos, o hacen o tienen otros, el resultado es que nos cargamos de ideas y opiniones negativas, que no nos llevan a ningún sitio. Este tipo de pensamientos nos distraen de la vida y nos impiden disfrutarla. Así que: evita centrarte en esos pensamientos que te dicen que no vas a disfrutar tanto como querías por no ir o hacer lo que te hubiera gustado.

- Paciencia: eso de saber esperar a que las cosas lleguen cuando tengan que llegar, y que consigamos las cosas cuando podamos, nos permite no centrarnos tanto en lo que está por llegar y podamos vivir el momento presente, lo que tenemos ahora. Así también evitamos esa frustración por lo que nos falta o no podemos hacer. Y esto, también podemos aplicarlo a nuestras vacaciones: disfruta de todos tus días libres, aunque lo que quieras hacer sea sólo al final de tus vacaciones. Lo que esperas, llegará. Mientras tanto, puedes hacer otras cosas muy satisfactorias. Y si aprovechas esos días para estudiar o hacer algún curso, con una fecha límite, date cuenta de que necesitarás tiempo para avanzar, y dátelo.

- Mente de principiante: es la mirada que tienen los niños cuando ven algo nuevo, y se preguntan qué es, y se fijan en todos sus detalles. Esa atención que le ponen a las cosas les permite saborear todo lo que tienen delante, disfrutar cada momento. Por lo tanto, fíjate en todos los detalles, sobre todo, si viajas. Fíjate en los colores del cielo, la brisa, el olor del mar, el ruido de las olas, o el canto de los pájaros, el color de los edificios, el sabor y olor de las comidas, las sonrisas de las personas, y aquello de lo que te hablan. Aunque estés en un sitio donde has esto mil veces, si prestas atención, seguro que descubres algo nuevo, que lo vives de forma distinta.

- Confianza: en este caso, se refiere a confiar en uno mismo, en nuestro instinto y en nuestras emociones. Si no te sientes cómodo con algo, no lo hagas o no lo sigas. Y si crees que algo te va a aportar cosas positivas, tírate a la piscina.

- No esforzarse: a veces, tratamos de hacer o de lograr cosas que son muy difíciles de alcanzar, y ese sobreesfuerzo nos genera malestar, frustración, cansancio, mal humor... Prestar tanta atención cuando no se está acostumbrado, también puede ser un sobreesfuerzo. Por tanto, vive tu verano con atención a la experiencia, pero no te obsesiones con eso, no se trata de verlo todo, ni de escucharlo todo, ni de hacerlo todo. Se trata de disfrutar aquello que hagamos, aunque sea ver una película en el sillón.

- Dejar ir: se trata de dejar ir a aquellas cosas, pensamientos, ideas a las que nos aferramos. El apegarnos fuertemente a algo nos puede generar dolor, porque no seremos capaces de soltarnos de eso, pero a veces, no podemos evitar esa separación. Por tanto, luchamos contra algo inevitable, una batalla perdida. En esos casos, siempre es mejor aprender a soltar aquellas cosas que no podremos tener siempre. Por ejemplo, se trataría de no aferrarnos a la idea de que para disfrutar las vacaciones, tenemos que ir a un hotel en primera línea de playa. Si cedemos en esto, podremos darnos cuenta que podemos disfrutar en cualquier lugar, aunque no salgamos de nuestro barrio.

- Aceptación: es admitir que las cosas sean como son, en cada momento, y no pretender cambiarlo. Igual que el cielo es azul y no pretendemos que sea de otra forma, se trataría de aceptar las cosas que sí podemos hacer, y las cosas que no podemos cambiar, sabiendo que todo tiene su parte buena y su parte mala, pero viviendo cada experiencia. Si intentamos cambiar algo que no podemos, sólo nos frustraremos, e invertiremos tiempo y esfuerzo para no alcanzar lo que queríamos. Así, si en las vacaciones vas a un sitio que no te gusta, acepta que va a ser así, siendo consciente de que es lo que vas a vivir, y que habrá cosas que sí te gusten, y otras que no, pero dispuesto a saborerar  la experiencia.

Puede ser difícil aplicar estos principios a nuestra vida si no hemos practicado Mindfulness antes, pero puede darnos una idea de cómo vivir estos días con una actitud más abierta la experiencia y lo que vivamos, disfrutando algo más.

miércoles, 28 de febrero de 2018

COMER PARA CALLAR LAS EMOCIONES


Ya sabemos lo provechoso que es vivir en sociedad, y el estar adaptado en ella, porque nos hace la vida más fácil, nos ayuda a sobrevivir. Sin embargo, la sociedad no sólo nos enseña cosas que nos ayudan en nuestro día a día, si no que también, nos enseña malos hábitos. Uno de ellos, es el intentar acallar nuestras emociones (estados de ánimo desagradables, generalmente), a través de la comida (o, mejor dicho, de la comida insana).

Esta conducta es muy frecuente, y se encuentra reflejada en muchos aspectos del día a día de la gente. Por ejemplo, en las fiestas, aunque no sea una hora central del día, siempre hay comida. En el cine, los recipientes de las palomitas son enormes. Abundan los restaurantes que sirven comida gigante. Incluso, en muchos restaurantes hay retos: hamburguesas enormes que, si las terminas dentro de un tiempo determinado, son gratis.

Seguramente estés pensando "¿y qué hay de malo en esos ejemplos? ¡vaya tontería!". Puede parecerlo: ese es el problema. En todos esos casos, la comida no tiene el valor de alimentarse. La gente no se come una hamburguesa XXL porque tenga hambre. Cuando comes hasta inflarte, no comes porque tengas hambre. En esos casos, se le está dando un valor "lúdico" a la comida. Se convierte, algo tan natural y sano como alimentarnos para sobrevivir, en una actividad que podemos hacer... porque sí. Y en ese momento, es cuando deseamos comer aunque no lo necesitemos. Comemos, por comer, y nos atiborramos de chocolate, patatas fritas, chucherías, bollería y todo aquello que sea rápido, barato, y poco nutritivo.

Pero ahí no acaba la cosa: como ese tipo de comida es divertido... ¿por qué no comerlo cuando estoy triste? Un claro ejemplo de esto es la típica película en la que las protagonistas, deprimidas, se ponen a comer tarrinas de helado de kilo, con una cuchara (sin medir la cantidad), mientras ven una película. En ese caso, ya se le da un valor más a la comida: el de regular las emociones. Aunque, mejor dicho, lo que se hace es intentar acallarlas. Porque, mientras como, me distraigo y, encima, está rico. Y ahí llega el problema: cuando comemos así hay dos opciones: a) paro de comer, y me doy cuenta de que sigo igual de mal (con las mismas emociones negativas), o b) sigo comiendo hasta que mi cuerpo no puede admitir más comida (me sentiré mal por las emociones que tenía, por la culpa por no haber parado de comer, y me dolerá el estómago, por ejemplo). Este último ejemplo es el extremo, el de personas con fuertes sentimientos negativos que no saben cómo afrontar y no son capaces de hacerles frente si no es de esa manera. Pero al ser casos extremos, podemos pensar que son poco frecuentes, pero, en realidad, están ahí. Personas, que un día, vieron un anuncio en la televisión de una chica adolescente que llega a casa, triste, y su padre, sin saber cómo consolarla (sin saber gestionar las emociones de una manera sana, como podría ser un abrazo, la escucha activa, etc), le prepara un plato de comida rápida (e insana) para cenar. Y el anuncio termina con los dos comiendo y riendo.

No olvidemos que, los anuncios, aunque sean sólo anuncios, son ejemplos de la sociedad. Su objetivo es decirnos qué hacer, qué comprar... en definitiva: cómo comportarnos. Y lo que un día vemos por la tele, que puede parecernos algo sin importancia, al día siguiente podemos hacerlo en casa. Y cuando eso se convierte en una costumbre (cuando todos los días como chocolate, aunque tenga diabetes o sobrepeso, por ejemplo), empieza a tener una importancia, un impacto negativo, de algo que, sin darnos cuenta, se nos puede ir de las manos.

Intentemos ser conscientes de que, comiendo, no vamos a sentirnos mejor. En cambio, hay otras mil cosas diferentes que podemos hacer para sentirnos mejor: hablar con alguien de nuestras emociones, hacer cosas que nos hagan sentirnos útil y satisfechos, practicar la atención plena (te dejo un enlace introductorio sobre el tema picha aquí), cuidarnos... Y si, aún así no sabemos cómo manejar esos estados de ánimo negativos, podemos buscar la ayuda de un psicólogo.

miércoles, 3 de enero de 2018

Y TÚ, ¿A QUÉ LE TIENES MIEDO?


¿Recuerdas la última vez que sentiste miedo? Puede que haga mucho tiempo, o puede que haga poco, pero has tenido esa experiencia. Todos los seres humanos sentimos miedo. Para la mayoría de las personas, es una emoción desagradable, que se intenta evitar siempre que se puede. En cambio, a otras personas, les genera sensaciones que les resultan a atractivas (como a quienes les gustan las montañas rusas o las películas de terror). Sin embargo, aunque para la mayoría de las personas éste no sea el caso, esta emoción ha llegado a nuestros días por una sencilla razón: nos ha ayudado a mantenernos con vida a lo largo de la evolución.

El miedo nos mantiene alejados de aquellas cosas que pueden ser peligrosas para nuestra supervivencia. Las alturas, las serpientes, los aviones, perros, arañas... son cosas que suelen generar miedo, pero es muy raro que alguien tenga miedo, por ejemplo, a los conejos, porque no suponen ningún peligro para nosotros.

El miedo no siempre es adaptativo, no siempre nos ayuda, si no que, a veces, puede interferir en nuestra vida cotidiana. Podemos llegar a tener miedo a los conejos, y eso puede ser un problema si, por ejemplo, somos veterinarios o si alguien con el que convivimos tiene uno como animal de compañía. Ante esta idea, puede surgirnos una pregunta: ¿cómo se puede tener miedo a un conejo? Y la respuesta es sencilla: el miedo puede aprenderse. Al principio, cuando nacemos y vamos creciendo, todos tenemos miedos evolutivos. Son miedos que, por así decirlo, están "preprogramados" en nuestro cerebro. En función del desarrollo de los niños, estos miedos se van superando y van apareciendo otros nuevos. Por ejemplo, el miedo a la separación de los padres, y el miedo a los extraños aparecen ya en los bebés (¿quién no ha visto llorar a un bebé al separarse de su madre?), pero sería muy raro que un adolescente tuviera este miedo. Otro ejemplo sería cuando el bebé va creciendo (entre los 3 y los 6 años), y va empezando a desarrollar la imaginación: es ahí cuando empieza a tener miedo a los fantasmas, los monstruos o la oscuridad. Este tipo de miedos, se van superando, porque el niño va adquiriendo habilidades y se va enfrentando a situaciones que le evocan el miedo, y termina superándolo. Pero, según esto, se podría pensar que los adultos ya no deberían tener miedo, pero lo tienen por un sencillo motivo: en la vida diaria, existe riesgo de sufrir un daño. A todos nos dan miedo las enfermedades dolorosas o que pueden conllevar la muerte; a todos nos dan miedo los accidentes de tráfico; etc. Por tanto, aunque existan miedos que aparezcan en la infancia y desaparezcan con el paso del tiempo, siempre quedarán otros miedos. Es a partir de estos miedos, y/o de situaciones vividas, de donde se pueden aprender los miedos no adaptativos, por ejemplo, el miedo a los conejos.

En 1920, Watson realizó un experimento que consistía en asustar a un bebé de 11 meses, sin ningún miedo previo a animales, cuando se encontraba con una rata. Al principio, el simple hecho de enseñar y colocar la rata junto al bebé no le generaba miedo, pero empezaron a asustarlo con ruidos fuertes cuando le enseñaban la rata. Después de hacer esto en varias ocasiones, el bebé lloraba con sólo enseñarle la rata, incluso, al enseñarle otros animales a los que antes no tenía miedo y que no se le habían enseñado con ruidos, como perros, o conejos. Esto ocurre porque el miedo se aprende y se generaliza (es decir, se evoca ante situaciones o circunstancias parecidas a las que generaron el miedo en primer lugar). Otro ejemplo podría ser el de cualquier persona adulta, que vuelve del trabajo por la noche y es atracado. Es muy probable que tras ese suceso, la persona tenga miedo, en mayor o menor grado. Podría ser que tan sólo intente evitar la calle donde pasó y de un rodeo, pero también podría ocurrir que desarrollara un miedo más fuerte que le impidiera salir sólo de noche (con las complicaciones que podría tener por su horario de trabajo, por ejemplo). 

Por tanto, aunque no podamos evitar siempre el miedo, y éste pueda llegar a interferir de forma negativa en nuestra vida, hay algo bueno: y es que igual que el miedo puede aprenderse, también puede aprenderse a no tener miedo de las cosas corrientes.

martes, 31 de octubre de 2017

ACTITUDES


¿Alguna vez te has dado cuenta de la importancia que tienen las actitudes en nuestra vida? ¿Te has planteado cómo hubieran sido las cosas si hubieras reaccionado de forma distinta en algún momento concreto... hacia algo o alguien en concreto? ¿Por qué aquella vez dijiste que no? Cuando después, te diste cuenta de que deberías haber dicho un "sí" o un "quizá"... Puede ser que actuaras movido por tus actitudes.

Seguramente no te hayas dado cuenta de que las tienes... es más probable que te hayas fijado en las de los demás... Por eso de que "se ve mejor la mota en el ojo ajeno", aunque no siempre tiene que tratarse de algo negativo... Seguro que te has dado cuenta de que, en tu día a día, hay personas que se enfrentan a la vida de distinta forma: unos con un "¡claro que sí!" y otros con un "no". Parece, incluso, que da igual el contexto, la situación, la persona con la que esté, el tema... parece que siempre reaccionan igual ante cualquier cosa. Y eso es porque tienen actitudes.

Las actitudes son, por así decirlo, la forma o la tendencia que tiene una persona de reaccionar afectivamente hacia algo (circunstancias, problemas, propuestas, personas...). Es como si tuviéramos un filtro positivo o negativo (grosso modo) que hace que aquello que se nos ponga delante nos parezca maravilloso u horrible. Nos genera emociones, y hace que reaccionemos ante las cosas de determinada manera.

Durante nuestra vida, todo aquello que vivimos, nos hace crearnos una idea general de cómo es el mundo, aunque no seamos plenamente conscientes de estas ideas. Y, como el pensamiento y la emoción van de la mano... nos hacen sentir un valor afectivo general hacia el mundo. Es decir, aparecen emociones positivas o negativas hacia el mundo y la vida en general. Y vivimos, enfrentándonos a lo que nos pasa, partiendo de esas ideas y emociones, que están en el fondo de nuestra cabeza, sin que nos demos cuenta de ello.

¿Y cuáles son las consecuencias que tienen estas actitudes en nuestra vida? Que guían nuestras reacciones y, por tanto, nuestro comportamiento. Por ejemplo: personas con actitudes negativas, pueden decirte que la fiesta de Halloween es una tontería, una excusa más para el consumismo, para emborracharse, etc; y otra, decirte que está muy bien porque distrae a los niños, enriquece la cultura y es un motivo más de reunión con los amigos. Un mismo tema, distintas actitudes. Otro ejemplo: las personas que se toman las dificultades como retos, frente a las personas que se quejan hasta de aquello que se supone que les gusta.

Pero el que las actitudes sean una tendencia... no quiere decir que no podamos cambiarlas... Si intentamos tener los ojos bien abiertos a nuestras ideas sobre el mundo, al valor que tendemos a darle a las cosas... estaremos más cerca de poder darnos un segundo para pensar si queremos dejarnos llevar por nuestras actitudes... o si queremos darle el beneficio de la duda a lo que se nos ponga por delante.

Si tiendes a decir que sí siempre, párate y piensa, si realmente quieres decir que sí. A lo mejor, en algún caso, te supone un esfuerzo o un reto al que, en este momento, no puedes hacer frente... o te supone mayor inversión de tiempo y trabajo que los beneficios o la diversión que puedas obtener.

Si tiendes a decir que no siempre, dale el beneficio de la duda a lo que tienes delante. A lo mejor, no es tan malo como puedas pensar, y te puede aportar cosas sobre las que ni siquiera has pensado...

Buscar el cambio en nuestras vidas hace que vivamos nuevas experiencias, que aprendamos y que adquiramos otros puntos de vista. Nos enriquece.

martes, 29 de agosto de 2017

YO Y MIS EMOCIONES


Al igual que con el pensamiento, debemos darnos cuenta de que nosotros mismos y nuestras emociones son cosas distintas. Las emociones están dentro de nosotros y nos ayudan a enfrentarnos al mundo, porque nos indican si las cosas van bien o no. por ejemplo, cuando sentimos miedo, es porque tenemos algún problema (o pensamos que lo tenemos), y no sabemos cómo enfrentarlo, nos sentimos indefensos y nos centramos en eso horrible que puede ocurrir... El miedo nos paraliza. Entonces, ¿cómo nos ayuda el miedo? Nos puede ayudar porque nos hace buscar la compañía y la ayuda de las personas que nos rodean, al igual que la tristeza. La tristeza suele parecernos una emoción mala y que hay que evitar a toda costa, porque es lo contrario a la alegría... y todo el mundo quiere estar alegre siempre. La tristeza duele, pero nos ayuda porque nos hace afrontar aquello que no queríamos que pasara, nos ayuda a aceptar la pérdida de esperanzas, de personas queridas, de ilusiones, de momentos vividos... La tristeza nos ayuda a sacar el dolor. Entonces, ¿por qué pensamos que es la tristeza la que nos duele? La tristeza es como el alcohol que aplicamos con cuidado en nuestras heridas para que no se infecten. Duele, pero sabemos que es mejor hacerlo para que la herida cure bien y pronto, porque si no, podría infectarse. Sin embargo, no nos damos cuenta de la función que tiene, y de lo sano que nos resulta sentirla de vez en cuanto, para poder limpiar el alma y seguir adelante.



Si embargo, tendemos a pensar que todas las emociones negativas son malas para nosotros, porque en un primer momento, nos hacen sentir mal o incómodos, pero a largo plazo, suponen un bien mayor para nosotros. Pero, al darle ese valor negativo, al rechazarlas, al intentar evitarlas constantemente, lo único que conseguimos es que nos parezcan más horribles y dolorosas de lo que realmente son. Al intentar evitarlas, nos quedamos enganchados en el malestar. Es como un niño al que le dan miedo las tormentas, siempre pensará que son más oscuras, ruidosas y largas de lo que realmente son, y por eso, lo pasará peor. Cuando ese niño crece, puede aprender que las tormentas son algo natural, que no suponen peligro, que permiten a las plantas vivir gracias a la lluvia... Incluso, puede que le guste el olor del aire después de una tormenta. Ese niño dejará de sufrir por las tormentas.

Al igual que el niño, si aprendemos a entender que las emociones nos informan de cómo estamos con respecto al mundo, podremos utilizar esos avisos para actuar de la mejor forma posible, para avanzar en la vida, ante las dificultades que tengamos, y a disfrutar de las cosas buenas que nos pasen. Nos daremos cuenta de que las emociones, aunque en un principio, puedan hacernos sentir mal, no duran para siempre, y nos ayudan a estar mejor después.

Si aceptamos y escuchamos a nuestras emociones, podremos avanzar gracias a ellas, y crecer.

miércoles, 23 de agosto de 2017

7 COSAS QUE PUEDES HACER FRENTE A LOS PENSAMIENTOS DESAGRADABLES


En la entrada anterior, vimos que los pensamientos no son la realidad, no se pueden controlar y que son distintos de nosotros mismos. Pero, ¿para qué nos puede servir saber eso? Si el pensamiento no se puede controlar, ¿cómo puedo evitar los pensamientos que me hacen sentir mal o que no puedo quitarme de la cabeza? Vamos a ver algunas pautas que nos pueden ayudar a eliminar el malestar que nos generan algunos pensamientos.

1. NO CREERNOS LOS PENSAMIENTOS: el hecho de entender que los pensamientos se basan en sólo en una parte de la información (no en la realidad), y que están influidos por factores como nuestras emociones, expectativas, prejuicios, experiencias anteriores, etc, nos está informado de que los pensamientos son una interpretación imperfecta que hacemos del mundo. Si nuestro humor cambia, pueden cambiar los pensamientos que tengamos sobre un mismo hecho. Esto puede liberarnos de su peso si conseguimos darnos cuenta de que no son "la verdad" cuando nos asalten en la mente. Sería como si nos limitáramos a escuchar a algún conocido del que sabemos que, a veces, nos miente o nos da malos consejos, y no confiáramos plenamente en lo que nos dice. Sería escuchar, pero no creer. Cuando te asalte un pensamiento que te genera malestar, para un momento, y date cuenta de que no es un fiel reflejo de lo que en realidad pasa.

2. PRACTICA MINDFULNESS CENTRADO EN LA RESPIRACIÓN: puedes hacerlo como una forma de contactar con el presente, atendiendo a cómo entra y sale el aire del cuerpo mientras respiras. Así, puedes relajarte, calmando el alma, y  alejarte de esos pensamientos que te desbordan. Cuando termines la práctica estarás más preparado para ser consciente de qué son y cómo funcionan los pensamientos, para no creértelos y que no te generen ese malestar. Os dejo el enlace de una guía básica sobre Mindfulness que está en este blog:

3. PRACTICA MINDFULNESS CENTRADO EN LOS PENSAMIENTOS: para hacer esta práctica, es recomendable que antes hayas realizado prácticas centradas en la respiración y en el cuerpo, al menos, durante una vez al día, y una semana para cada práctica. La práctica de la atención plena centrada en el pensamiento te ayudará a quitarle fuerza a los pensamientos, dejarás de creerlos al 100%, porque aprendes a observarlos "desde fuera", en vez de centrarte únicamente en el contenido del pensamiento. Los entiendes como un fenómeno que ocurre en tu cabeza, y que igual que llegan, se van solos, sin darle ninguna importancia mayor. Con la práctica, además, aprendes a no apegarte o engancharte a esos pensamientos, y esto suele provocar que estos pensamientos aparezcan con menor frecuencia y menor duración.

4. TÓMATE UN MOMENTO PARA REFLEXIONAR: en muchas ocasiones, los pensamientos negativos aparecen cuando estamos en situaciones de estrés. El estrés suele generar emociones negativas, y esto, hace más probable que aparezcan pensamientos negativos. Así, entramos en un bucle de malestar del que puede sernos difícil salir. Por eso, cuando detectes que estás teniendo pensamientos negativos que te generan malestar, puedes pararte un momento y pensar: ¿tengo la certeza de que esto es así, o es una valoración que estoy haciendo? ¿Me puede estar influyendo lo que siento en lo que estoy pensando? ¿Estoy muy cansado/irritado/frustrado? ¿Puede haber otra forma de entender lo que ha pasado? Si alguna de las respuestas que te des es que puedes estar equivocado o que no estás en un buen momento para para tomar decisiones porque estés cansado o de mal humor, tómate un respiro. Deja que la emoción negativa se vaya, y vuelve a reflexionar sobre ello cuando estés tranquilo. Lo verás de otra forma.

5. RELÁJATE: como acabamos de ver, el estrés influye en los pensamientos, porque puede bloquearnos ante los problemas y generarnos emociones negativas que nos lleven a pensamientos negativos, y estos, hagan crecer el malestar. Por tanto, una forma de afrontar mejor esos pensamientos es estar lo más relajado posible. Es decir, cuídate. Intenta generar un hábito en el que, todos los días, al menos durante unos minutos, tengas un espacio para ti, para relajarte. Puede ser tomar un ducha, darte un masaje, escuchar música que te relaje, leer, ver una serie o película que te haga reír, hacer ejercicios de relajación, ejercicio físico, salir con amistades, bailar... Lo importante es que durante ese tiempo, tomes aire, te despejes y cargues las pilas de nuevo.

6. MANTENTE ACTIVO: nuestra mente no puede hacer dos cosas a la vez. Es decir, si estamos atendiendo a una cosa, no podemos atender a otra. Entonces, una forma de parar los pensamientos negativos puede ser hacer actividades que mantengan nuestra mente ocupada: leer, hacer pasatiempos, aprender nuevas recetas o nuevos idiomas, hablar con otras personas (de temas que no sean los pensamientos negativos), pintar o dibujar, o hacer algún otro tipo de manualidad, practicar Mindfulness... Lo importante es tener la atención dirigida a otra cosa.

7. NO INTENTES NO PENSAR EN ESO: no podemos controlar nuestro pensamiento, hasta el punto de que si intentamos frenar un pensamiento, lo que hacemos, en realidad, es prestarle más atención. Si intento evitar un pensamiento, cada vez que el pensamiento aparezca, me sentiré mal, porque no he podido evitarlo, y como me siento mal, le voy a dar más importancia al pensamiento, lo voy a escuchar, porque no puedo callarlo, y más me voy a enganchar a él, más atención le voy a prestar, aunque no quiera. Pero no nos damos cuenta de una cosa: cuanta más atención prestamos a un pensamiento, más se va a quedar ahí. Imagínate que tu mente es un teatro, tus pensamientos son actores, y tú eres el espectador. Cada actor quiere salir y ser el protagonista, por lo que si el público (tú) le presta atención, seguirá ahí. Un actor bonito puede generar que el público aplauda, y se quede ese pensamiento en el escenario. Un actor divertido hará que el público se ría, y seguirá en el escenario. Pero cuando el actor es desagradable... el público también le presta atención (por lo feo que es, por las sensaciones que genera, porque nos hace llorar...), y seguirá ahí, sin irse. Date cuenta que cada vez que intentas evitar un pensamiento, te sientes mal por ello, y eso es porque le estás prestando atención, haciendo que se quede ahí durante más tiempo. Cuando te des cuenta de que está ahí ese actor, no le des mayor importancia, y se irá solo.

lunes, 19 de junio de 2017

MINDFULNESS EN EL DÍA A DÍA (4)


Puede parecer que Mindfulness es una técnica complicada, que puede requerir mucho tiempo y habilidades por parte de la persona que lo quiere poner en práctica. Pero no es así. Mindfulness, en realidad, es lo más sencillo que existe: sólo con respirar podemos practicarlo, sólo nos hace falta dirigir la atención a ese proceso.

También puede parecer una tontería... "¿atender a la respiración? ¿para qué?", podemos pensar... Pero... en realidad... ¿hay algo que nos conecte más con la vida que el aire que nos permite vivirla? Un ejemplo muy clásico para darnos cuenta de su importancia es intentar aguantar la respiración. Cuando nos falta, es cuando le damos importancia y nos damos cuenta del malestar que nos puede causar el no tenerla... Por eso mismo, quizá si atendemos a ese proceso, a cómo el aire entra y sale de nuestro cuerpo, podamos darnos cuenta del gran alivio que puede generarnos. Porque nos conecta con lo más hondo de nosotros mismos, porque nos hace sentir aquello que tenemos debajo de la piel, y cómo todo nuestro cuerpo cambia y se "ajusta" para recibir el aire, algo del mundo que no podemos ver, pero de lo que no podemos carecer.

Os dejo un vídeo que os va a enseñar cómo es la experiencia de practicar Mindfulness.


Muchas veces, la rutina, la prisa que tenemos, las obligaciones... nos hacen llevar un ritmo que no nos permite conectar con nosotros mismos. Tenemos que ir deprisa, en "piloto automático" para llegar a tiempo, para hacer todo lo que tenemos que hacer... Y con el paso del tiempo, nos acostumbramos a ir en "piloto automático", y dejamos de atender aquello que hay dentro de nosotros, nuestro cuerpo, nuestras emociones... Hay veces que nos enfadamos, y ni siquiera sabemos el momento exacto en el que nos hemos empezado a sentir así... o qué nos ha hecho reaccionar de esa forma...

Por eso es tan importante el practicar Mindulness, por eso nos puede ayudar, porque rompe esa rutina, porque dirige nuestra atención a algo tan importante como nosotros mismos... Aprendemos a ver cómo estamos y qué nos pasa... y junto con eso, aprendemos a darnos aquello que necesitamos, sea descanso, tiempo, comida, ocio, tranquilidad... o aceptación, o cariño. Tener paciencia con nosotros mismos, permitirnos sentirnos mal y aceptar esto, nos permite focalizarnos en aquello que nos ayuda a calmarnos.

Es maravillosa la metáfora del tarro de purpirina que sale en el vídeo. Enseña de forma muy gráfica cómo nuestras emociones, nuestros pensamientos, lo que nos agita o altera, puede cegarnos, y no dejarnos ver aquello que hay dentro de nosotros, y cómo el darnos tiempo, centrándonos en nuestra respiración, puede hacer que esa niebla termine por disiparse, y podamos, ver y ser.

Os animo a intentar poner en práctica esta actividad. Sólo hay que buscar un sitio tranquilo, sin interrupciones, cerrar los ojos, y prestar atención en cómo el aire entra y sale de nuestro cuerpo...su ritmo, temperatura... cómo se mueve el cuerpo para hacerlo entrar y salir,,, y cómo se mueve el resto del cuerpo por ese movimiento... Sólo tenéis que tener cuidado de una cosa: ¡no quedarse dormido!

lunes, 21 de noviembre de 2016

SOMOS SOCIALES, PARA BIEN O PARA MAL


Todos hemos escuchado alguna vez eso de que "el ser humano es social". Existe la Sociología y los sociólogos; las sociedades; los socios... todos socializamos. De hecho, quien no socializa, es criticado por la sociedad. En la sociedad, hay que ser sociales, por decirlo de algún modo...

La sociedad es ese grupo de gente en el que estamos inmersos. Nacemos en una sociedad porque nuestros padres están en ella, y al mismo tiempo, nosotros la formamos. La sociedad nos enseña, nos protege, nos guía y nos limita.

Si nos vamos a los principios de la Historia, sabemos que el Homo Sapiens sobrevivió y se extendió por el mundo porque vivía en grupo. Si sobrevivía a los depredadores era porque el grupo estaba junto; si sobrevivía al hambre era por la ayuda del grupo... El ser humano no estaba preparado para vivir en el mundo en soledad. No era adaptativo. La mayoría de esos homos que no pertenecían a ningún grupo estaban expuestos a los peligros de la naturaleza y era mucho más fácil que murieran. Por eso, somos así: tenemos los genes de aquellos primeros seres humanos que se mantuvieron unidos, quizás por las emociones (amor, cariño, altruismo...), a su grupo.

Las emociones nos relacionan con los otros: cuando estamos tristes, buscamos el consuelo de los que nos quieren; cuando amamos, queremos estar con el otro porque nos sentimos bien... Las emociones son adaptativas (nos ayudan a sobrevivir) y hacen que nos adaptemos a los otros. Por ejemplo, la vergüenza: lo incómodos que nos sentimos si consideramos que nos saltamos una regla social hace que no lo hagamos, y así, nos mantenemos cómodamente dentro del grupo, sin que haya conflictos. La empatía, que nos permite ponernos en el lugar del otro, comprender su situación y las emociones que puede estar sintiendo, nos ayuda a relacionarnos con el otro, a estar en sintonía.

La sociedad nos hace ser como somos. Nos ofrece una cultura, unas normas sociales (reglas sobre lo que está bien y lo que está mal). Por ejemplo, nos enseña que hay que ceder el asiento a las personas mayores, las mujeres embarazadas... Pero también nos enseña cosas que pueden ser perjudiciales, como el machismo, la homofobia, la xenofobia...

Debemos ser conscientes de todo lo bueno que nos da la sociedad: nos permite desarrollarnos (aprender a hablar, ir al colegio, formarnos, curarnos si estamos enfermos, nos da alimento si nos falta, o ayudas sociales, nos ofrece sitios de ocio, la posibilidad de desplazarnos a otros sitios o de comunicarnos con gente que está muy lejos). La sociedad es maravillosa porque nos brinda todas esas oportunidades y muchas más. Pero hemos de ser conscientes de que no todo lo que reluce es oro. Todavía forma parte de nuestra cultura la idea de que el hombre cuida a la mujer y la mujer se encarga del hogar y la familia; que hay ciertos trabajos de hombres y otros de mujeres... Me da pena que en pleno siglo XXI todavía se puedan escuchar comentarios racistas, chistes a costa de la discapacidad, prejuicios... No nos damos cuenta, pero la sociedad está envenenada de malos pensamientos, los pensamientos que tenemos cada uno de nosotros sobre los demás. Pensamos que "nosotros" somos mejores que "ellos", juzgamos a las personas por su edad, sexo, religión, gustos, opiniones, o por las cosas que hacen en su día a día... Y nada de eso asegura que alguien sea mejor o peor que otra persona. Pero es muy fácil culpar de los problemas a los otros. Es fácil quejarse de los atascos aunque nosotros mismos los formemos por no usar el transporte público. O quejarse porque alguien se ha llenado los bolsillos evadiendo impuestos cuando somos nosotros mismos los primeros que pedimos al fontanero que no nos cobre el IVA. Decimos que los extranjeros hacen o dejan de hacer; que si los jóvenes son irresponsables...

Vivimos en una sociedad que no sabe respetar al otro. Somos sociales, necesitamos a nuestra familia y amigos para sobrevivir y ser felices, no podemos estar solos. Pero criticamos, juzgamos, a los demás. Somos socialmente egoístas. 

Existe un cuento popular, que ejemplifica muy bien la facilidad del ser humano para opinar, juzgar y criticar a los demás, y lo perjudicial que es para una persona intentar complacer a todos, lo que es imposible de hacer. Criticando, sólo se consigue dañar al otro.



Usemos esa maravillosa herramienta que nos ha dado la naturaleza: seamos empáticos, aceptemos y respetemos al otro. Démonos cuenta de que no existe UNA verdad, si no, MILES.

Si cada uno de nosotros formamos la sociedad, cada uno de nosotros puede cambiarla. Busquemos el amor, la tranquilidad, la igualdad, el respeto. Enseñemos a los demás a ser libres, a tomar sus propias decisiones y a buscar su propio camino. Es una pena que la misma sociedad que nos da todas las oportunidades para tener una vida plena sea la misma que nos ata y nos limita por unas reglas sociales imperfectas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

AMOR, ¡AMOR! ¿AMOR?


Ayer vi un cortometraje, muy sencillo y claro, que expresa ideas muy claras sobre el amor y las relaciones de pareja. Os dejo el vídeo por si queréis verlo antes de continuar leyendo.


Todos sabemos, hemos vivido, lo que es el amor. ¿Cuántas películas románticas somos capaces de recordar? ¿Y libros? ¿Cuántas personas conocemos que estén enamoradas? ¿Y que tengan pareja? No hace falta tener pareja o estar enamorado para saber lo que es el amor. Historias que nos enseñan que el amor puede provocar guerras, que el amor verdadero es para toda la vida, y que una vez lo conocemos, no podemos vivir sin él. Es muy romántico pensar que por amor, se puede llegar a morir. Todos tenemos en la cabeza esa imagen de Leonardo DiCaprio congelándose en un mar helado porque su amada sobreviva encima de una tabla. Todos conocemos el trágico final de Romeo y Julieta. Un amor tan grande que lo abarca todo, que llega a ser más importante, incluso, que los propios protagonistas de ese amor. Todos queremos vivir algo así. Todos crecemos con esa idea de amor en la cabeza, entendiendo que el amor es entregarse al otro al 100%, darle tu corazón, tu vida, tu todo, todo lo que tengas, porque el amor es eso. Crecimos viendo películas de dibujos en las que la trama empezaba cuando dos jovencitos se encontraban y se enamoraban de un flechazo. Y la película terminaba cuando esos jovencitos conseguían, luchando contra todo, estar juntos al fin (y me pregunto: ¿no les pasa nada más? ¿sólo importa el amor?) Todo era maravilloso. Los niños crecían pensando en encontrar su princesita que rescatar y proteger, y las niñas, deseando la llegada de su príncipe azul. Parece muy simple. Parece mentira. Pero esa es la idea que solemos tener del amor. 

Un chico nos gusta si es caballeroso y nos retira la silla, nos lleva flores o nos invita a cenar. Pronto nos enamoramos. Pero, ¿qué pasa luego? Seguimos con esa idea de amor que tenemos: "si somos novios, todo tiene que ser bonito, tiene que ser atento conmigo y hacerme regalos"; "tenemos que ir juntos a todos lados"; "él/ella es lo más importante"; "¿se habrá enfadado?"; "¿estará pensando en mí?"... Y le damos todo lo que tenemos. Podemos llegar a dejar nuestros amigos, nuestra familia, nuestro trabajo... TODO. Es muy bonito... mientras dura.

Lo que estoy escribiendo parece una carta de odio al amor, pero no es así. Es odio al amor insano, es odio a esas ideas de amor que conducen al dolor y al sufrimiento. Porque somos humanos, y podemos equivocarnos y entender que ciertos actos son muestras de amor... y en realidad, son todo lo contrario. Por ejemplo: los celos. No son muestras de amor, es desconfianza, es miedo, es pensar que no valgo lo suficiente para el otro... y tengo que estar pendiente para que no me deje. Los celos son control, atan y obligan.

Cuando nos enamoramos de esta forma insana, hacemos que nuestra vida gire en torno a la otra persona, hasta el punto de que esa persona es más importante que nosotros mismos. Por ejemplo, si la otra persona quiere algo caro que no nos podemos permitir, yo me quito de todos mis deseos para poder comprar lo que el otro quiere; o si no le caen bien mis amigos, dejo de verlos por completo (porque no sea que enfade); si no le gusta el rock, vendo mis discos y mi guitarra; si es celoso, dejo de hablar con chicos o sólo salgo con él. Esto son sólo ejemplos, pero ejemplos que todos conocemos. ¿Cuántas parejas se espían el móvil y las redes sociales? ¿Cuántas parejas han discutido porque la aplicación que usan para hablar marca que han leído el mensaje pero no lo han contestado? Y mi pregunta es: ¿eso es amor? NO. Eso es dependencia, desconfianza, prejuicios. Nos enfadamos si el otro piensa de forma distinta a nosotros, si le gustan cosas distintas, si hace las cosas de forma distinta a como lo hacemos nosotros... porque "así no se hace", "eso no se piensa", "eso no es divertido"... Se generan conflictos que no sabemos resolver, porque todo tendría que ser perfecto, pero nadie nos ha enseñado cómo hacer que lo sea. En las películas de dibujos, los jovencitos enamorados no discutían... o lo arreglaban cuando él les hacía un regalo... porque "si me hace un regalo es porque se arrepiente y eso es que me quiere". Pero siendo adultos, un regalo tras otro... no es una solución. Y nos frustramos, Nos frustramos mucho. Y puede llegar el punto en que la relación termine. Terminan los conflictos, pero llega el dolor y el vacío. Esa persona era nuestro TODO. Lo más importante. ¿Qué nos queda cuando se va? Sólo quedamos nosotros mismos. Nosotros somos nuestro todo, debería ser suficiente, pero no lo vemos. Estamos rotos por el dolor, por todo lo que hemos luchado por estar con esa persona, por lo que hemos dejado atrás por su amor... todo para nada, para ahora estar vacíos, solos y sin futuro. Porque también tenemos la idea de que una persona soltera está incompleta, no puede alcanzar la felicidad sin encontrar a otra persona con la que compartirla. Podemos pensar que estar soltero es como "comer pasta sin salsa": no se saborea la vida en todo su esplendor... Son sólo ideas, pero nos las creemos hasta tal punto que nos podemos deprimir pensando que no volveremos a ser felices sin la otra persona.

¿Merece la pena un amor así? Yo creo que no. Hay otro amor, el amor "de verdad", el amor sano, el amor que nos libera, que nos hace crecer, que nos anima a ser mejor. El amor que nos respeta, no que nos juzga. Que no nos ata al otro, si no que nos sirve de apoyo, que nos enseña y nos ayuda. Un amor formado por dos personas, donde lo importante son ellos mismos. Un amor creado por una unión de dos personas igual de importantes. Algo que crece al juntarse. Dos personas con un amor sano es un 1+1=2. Cada uno con su vida, amistades, aficiones, personalidad, familia, trabajo... que cuando se juntan forman algo hermoso y grande, pero que pueden separarse sin romperse del todo.

Cuando en la relación se puede salir sin el otro, con la tranquilidad de saber que no se enfada, ni desconfía, y que te preguntará qué tal te ha ido y si lo has pasado bien, de corazón. Cuando tenemos la tranquilidad de poder decir cualquier cosa sin ser criticados por el otro. Cuando tenemos un problema y sabemos que podemos recurrir a él/ella. Cuando nos amina a quitarnos los miedos de encima y avanzar en la vida. Cuando te hace sentir valioso/a. Cuando te pregunta qué opinas. Cuando quiere que decidáis entre los dos. Cuando no obliga. Cuando te deja siempre tomar tus propias decisiones. Cuando se preocupa por cómo estás o cómo te sientes. Eso sí es AMOR.

No ama más quien más da al otro, si no quien da lo que el otro NECESITA. Quien respeta, quien ayuda, quien está a su lado. Igual que no coge del otro, más de lo que realmente necesita. El amor sano es "tú y yo", no sólo "tú y tú".