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lunes, 3 de diciembre de 2018

ME QUIERO COMO TU ME QUIERAS


Como ya hemos dicho muchas veces: el ser humano es sociable. ¿Qué quiere decir esto? Que para sobrevivir, desde la antigüedad, se ha rodeado de otros seres humanos. Esto ha permitido que fuera más fácil crecer y vivir, pero también implica que hayan surgido normas sociales, que limiten qué está bien o mal visto dentro del grupo, qué se puede hacer y qué no. Es decir, no cualquiera puede estar en el grupo, sino que es necesario que el comportamiento de la persona se adapte a lo que los demás esperan de él.

Esta necesidad por estar dentro del grupo, a lo largo de toda la historia de la humanidad, ha hecho que desarrollemos unas emociones muy fuertes en cuanto a las relaciones con los otros. Dependemos de ellos, de que nos quieran, nos cuiden, nos acepten... porque, en el fondo, sobrevivimos porque estamos con ellos, en su grupo. Todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, y el pensar que no tenemos eso, nos puede generar un gran dolor.

Démonos cuenta de una cosa: aprendemos a valorarnos a nosotros mismos por cómo nos valoran los demás. Si a un niño se le dice que es malo, él piensa que es malo, y si se le dice que se le da bien una tarea, piensa que se le da bien. Por eso es tan importante lo que opinen los demás de nosotros, porque nos da una imagen de lo que somos y de lo que valemos. Pero esto puede generar problemas cuando: a) no interpretamos bien la opinión que los demás tienen de nosotros y pasamos a pensar que valemos poco; o b) cuando los demás tienen una opinión infravalorada de nosotros, porque sólo se fijan en lo que se nos da mal, por ejemplo. Como tenemos esa necesidad de agradar a los demás y de conseguir su aprecio, ante estas situaciones anteriores, puede que pasemos a infravalorarnos, o que nos esforcemos exageradamente por agradar a los demás.

Os dejo una historia para reflexionar sobre esto:

Érase una vez una gran familia, con 5 hijos. El primero en nacer fue Lucas, que ya era adolescente, y había ganado muchos premios en competiciones deportivas. Después, iban Clara y Silvia, mellizas y muy inteligentes, sacaban las mejores notas de la familia. Luego, Carlos, un chico muy extrovertido y gracioso, con el que siempre querían estar todos. Diego era el siguiente, y destacaba por su destreza con la pintura. Y, la más pequeña: Nerea. Era una niña tímida, que no llamaba la atención ni destacaba en nada. Los padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera casa, por lo que habían contratado a una mujer para que se hiciera cargo de la casa y de los niños.

Todos los días, al volver del cole, Nerea se iba a su habitación a jugar y a hacer los deberes. Sus hermanos hacían lo mismo, y la asistenta sólo hablaba con ellos para darles la merienda. Nerea pasaba la tarde esperando a que llegaran sus padres. Siempre salía corriendo a saludar a sus padres en cuanto oía abrirse la puerta, pero sus padres llegaban tan cansados, que no tenían ganas de jugar con ella. El único rato que pasaban juntos era en la cena, donde todos sus hermanos contaban todos sus méritos y esperaban las alabanzas de sus padres. Nerea, que todavía iba a parbulitos, contaba lo que había hecho en el cole. Sus padres la escuchaban y la sonreían, pero Nerea sentía que no tenían el mismo interés por sus historias que por los logros de sus hermanos.

Según crecía, Nerea se esforzaba en conseguir la aprobación y admiración de sus padres. Estudiaba mucho, se esforzaba en las clases de gimnasia, e intentaba ser divertida y graciosa, cosa que le costaba mucho, porque, en el fondo, era bastante tímida. Con el tiempo, aprendió que sus padres la atendían más cuando hablaba de sus amistades y de los planes que hacía con ellos. Nerea empezó a organizar actividades con sus amigos, para divertirse. Por su timidez, le resultaba más sencillo jugar, que hablar con ellos. Por eso, cada vez lo organizaba con más frecuencia, hasta el punto que pasaba todo su tiempo libre planeando los juegos del fin de semana siguiente. 

Sus amigos, al principio, se divertían mucho, pero, con la adolescencia, pasaron a interesarles más otros planes. Querían charlar de chicos, hacer fiestas de pijamas o ir de compras. Los chicos, preferían irse a casa de alguien a jugar a videojuegos o hablar de cosas que a Nerea tampoco le interesaban mucho. Entonces, empezaron a poner excusas a Nerea para no ir a sus juegos. Como no tenían una relación muy íntima con ella, por su timidez, y porque siempre se veían sólo para jugar, no sabían cómo decirle que no querían ir a sus planes. Nerea empezó a sentirse mal, porque no entendía porqué ya no quedaban con ella, e intentaba hacer los planes más originales, para que todos quisieran ir, pero tampoco funcionaba.

Un día, Nerea se atrevió a preguntarle a una de sus amigas qué pasaba, y ella se lo explicó. Al principio, se sintió avergonzada, pero después, comprendió que había intentado, con demasiada insistencia, el agradar a los demás, y justo eso, la estaba separando de sus amigos. Entonces, empezó a quedar para hacer los planes de sus amigos, y se dio cuenta de que también le divertían. Ya no tenía la necesidad de hacer planes de actividades para sentirse valorada, porque se dio cuenta de que sus amigos la querían tal cual era ella.

Debemos darnos cuenta de una cosa: no hay nadie que valga poco, porque todos nacemos con la necesidad de ser queridos, pero también con la habilidad de querer a los demás, y esa habilidad es de las más importantes. El siguiente paso que debemos dar es aprender a querernos a nosotros mismos. Cuando aprendemos a valorar todo aquello que sabemos hacer, y a aceptar que no podemos ser perfectos en todo, es cuando más nos querremos y cuando podremos relacionarnos mejor con los demás. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

POR QUÉ NADIE AYUDA...


Todos lo hemos hecho alguna vez... Todos estamos sujetos a su influencia... Pero no nos damos cuenta de ello. Ponemos excusas, buscamos justificaciones para nuestro comportamiento... pero son solo eso: excusas.

¿Cuántas veces te han pedido ayuda? Mejor, hagamos la pregunta más fácil... ¿Cuántas veces, en la última semana, alguien te ha pedido ayuda? De esas veces, ¿cuántas has dado la ayuda que te pedían? Seguramente, no te sientas orgulloso de aquellas ocasiones (aunque sean pocas) en las que has denegado tu ayuda... ¿Por qué? Porque tenemos el altruismo arraigado dentro de nosotros.

El ser humano es un ser social, ha evolucionado y sobrevivido durante la historia gracias a encontrarse en un grupo, un grupo que colabora, que sigue unas reglas, y que se mantiene gracias a las relaciones de los unos con los otros. De hecho, los niños no sobrevivirían sin las ayudas de sus padres, o de otros familiares, o de personas dispuestas a ayudarlos...

Por tanto, el ser humano tiende a ayudar, pero no siempre lo hace. Incluso, puede llegar a darse el caso de que aún sabiendo que debe hacerlo, no lo haga, y después, tenga remordimientos. De hecho, han ocurrido muchos delitos con testigos que no ayudan a las víctimas. Acoso escolar, violaciones, agresiones... donde los testigos ni siquiera llaman a la policía o a emergencias, o socorren a la víctima cuando el agresor se ha marchado... ¿Por qué? ¿Por qué no ofrecemos nuestra ayuda si pensamos que debemos hacerlo? ¿O es que esos testigos son malas personas, impasibles al dolor de los demás? Pero... ¿es posible que todos los testigos de esos actos sean así?

Darley y Lanaté investigaron los factores que pueden hacer que la conducta de ayuda no se produzca. Imagínate esta situación: estás en una sala de espera. Te han dicho que en otras salas hay otras personas esperando, y que os avisan de que os toca ser atendidos por el interfono que todos podéis oír. Tú estás esperando, tan tranquilo, y de repente, empiezas a oír por el interfono que alguien está sufriendo un ataque y necesita ayuda. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? Porque te das cuenta de que las otras personas también lo están escuchando... y nadie sale a avisar... Puede que empieces a plantearte que, a lo mejor, estás confundido, que no es nada grave, que seguramente ya estén atendiendo a la persona... A lo mejor... no haces nada.
Ahora, imagínate la misma situación, pero cuando te llevan a la sala de espera, te dicen que no hay nadie más esperando, y después, oyes cómo una persona sufre un ataque. ¿Qué harías? ¿Reaccionarías inmediatamente? ¿O te pararías a reflexionar?
Éstas son situaciones que crearon dichos investigadores en su estudio. Los resultados fueron claros: saber que hay otras personas, además de nosotros, hace que la probabilidad de que reaccionemos para dar ayuda sea menor. Y además, tardamos más tiempo en tomar la decisión de ayudar.
Para entender en mayor profundidad por qué pasaba esto, hicieron entrevistas a los participantes, y vieron que, aunque no hubieran avisado, aunque no hubieran ofrecido su ayuda, después, se sentían mal y preocupados. ¿Por qué no habían reaccionado entonces? Darley y Latané llegaron a la conclusión de que había tres factores que interfirieron con la conducta de ayuda:

- La inhibición por la audiencia: es decir, el miedo, la vergüenza, que sentimos al saltarnos una norma social (una norma social es una regla que tiene un grupo de personas, o una cultura, que dirige el comportamiento de las personas dentro del grupo... por ejemplo: no hablar con la boca llena). A lo mejor, los participantes de la investigación pensaron que, si realmente no era un ataque o algo importante, los demás podrían reírse por su equivocación.

- La influencia social: sería la presión que todos sentimos por aceptar como verdad/correcto aquello que los demás dicen o hacen. Vendría a ser eso de... "donde fueres, haz lo que vieres". En este caso, los participantes no hacen nada... porque piensan que hay otros participantes que tampoco hacen nada. "Si ellos no lo hacen... será por algo".

- La difusión de la responsabilidad: cuando una persona piensa que es el único que puede hacer algo, siente que la responsabilidad y la culpa recaen sobre él. Pero, si hay más personas... se pasa a atribuir la responsabilidad entre todos los presentes, parece que es más pequeña la parte que nos toca... Además, de que podemos pensar que alguno de los otros ha actuado o va a hacerlo en breve... "¿Para qué voy a hacerlo yo? Ya deben haber avisado" podemos pensar... Y dejamos de sentir esa preocupación.

Estos factores pueden influirnos a cualquiera, de hecho, nos influyen a todos constantemente, por ejemplo, cuando paseamos por una ciudad y una persona sin techo nos pide comida.

Ser conscientes de que esto puede afectarnos es el primer paso para poder cambiarlo. Ayudar a los demás enriquece, a uno mismo, al otro, y a la sociedad. No olvidemos la parte más bella de convivir con los demás.

martes, 12 de septiembre de 2017

EL SUICIDIO EXISTE


Hace relativamente poco, sacaron una serie de televisión en la que la trama parte del suicidio de una chica adolescente. Se ha hablado mucho de la serie, en el sentido de lo dura y violenta que puede resultar, o si puede hacer que adolescentes que puedan estar planteándose acabar con sus vidas, finalmente, lo hagan.

Obviamente, para una persona que está sufriendo, viviendo acoso, violencia, abandono, rechazo... ver, de forma tan explícita (aunque sea ficción) el mismo sufrimiento que vive a diario, únicamente va a hacer que lo reviva, y se hunda más. Pero el hecho de que no lo vea, tampoco va a hacer que su situación mejore. De hecho, esas personas necesitan ayuda de los demás, y para que los demás ayuden, tienen que ser conscientes de ello, de la importancia de lo que hacen... y de lo que no hacen... de lo que pueden... y no pueden hacer.

Hacer una serie, un libro, un documental, una obra de teatro... lo que hace es concienciar a la población de que ese problema existe. Es algo primordial para poder enfrentar este problema que afecta a tantas personas en el mundo. Pero ¿cómo aprender sobre un tema tabú, sobre algo de lo que no se quiere hablar? Parece, creemos, que si hablamos de suicidio... le estamos dando malas ideas a personas que se encuentran mal. ¿Acaso no se nos ocurre a cualquiera la idea de querer desaparecer ante un problema que creemos que no tiene solución? El suicidio ya está ahí. No es una idea que no se le haya ocurrido al otro... La diferencia entre plantearse hacerlo o no depende, simplemente, de los motivos que tenga para vivir, de las aficiones de esa persona, de las esperanzas que tenga de una vida mejor, del cariño y apoyo que sienta de las personas que estén a su alrededor...

Como en todo tema tabú, el desconocimiento hace que surjan mitos sobre cómo es, cómo surge, etc. Estos mitos hacen que se desconozca más todavía cómo es. Por eso, vamos a ver algunos mitos sobre el suicidio.

El que amenaza con suicidarse no lo hace: El 80% de los pacientes que se han suicidado han expresado sus ideas de suicidio. Cualquier amenaza de suicidio debe ser tomada en serio. No olvidemos que es la vida de una persona lo que está en juego. Si alguien te habla sobre esto, aunque tengas miedo, aunque no quieras oírlo, escúchale, y ofrécele tu apoyo. Seguramente no estés capacitado para encargarte tú sólo de ayudarlo, por eso, siempre, busca ayuda profesional.

Tras una tentativa de suicidio y la posterior mejoría, ya no hay riesgo, no lo vuelve a intentar.  Algunos expertos hablan de que los 90 días posteriores al intento son los más peligrosos. El hecho de que la persona no consiga morir en intento (porque se asusta, algo del plan sale mal, o alguna persona consigue frenarlo), y después, parezca que está mejor, no quiere decir que no lo vuelva a intentar. Puede recaer,o puede que simplemente esté más tranquilo, porque ya haya decidido una mejor forma de hacerlo. Por eso, no debemos bajar la guardia. Es preciso que el apoyo emocional se mantenga en el tiempo.

Si se compromete a no suicidarse, no lo va a hacer: hacer un "pacto de no suicidio" no es ninguna garantía de que no se vaya a suicidar (puede cambiar de opinión, puede haber mentido al comprometerse o, simplemente, dejarse llevar por un impulso y cometer el suicidio).

Sólo los enfermos mentales tratan de suicidarse. No es cierto. Una persona, por el hecho de tener un problema psicológico, no tiene porqué intentar suicidarse. Al igual que una persona "sana" (sin problemas psicológicos) puede hacerlo (por ejemplo, por un impulso ante un problema desbordante, puede acabar en tragedia).

• Preguntar por las ideas de suicidio incrementa el riesgo de suicidio: No hay evidencia de que preguntar directamente por ideas de suicidio aumente el riesgo en los que ya lo tienen, o dé ideas en los que no las tienen. Lo más probable es que la persona se sienta reconfortada por poder hablar de estos pensamientos. Además, preguntar es la única herramienta para poder saber la peligrosidad del intento.

La conducta suicida se hereda: es más cuestión de los condicionantes socioeducativos, es decir, de cultura, de educación, de forma de vivir, de los recursos que haya aprendido la persona para enfrentarse a los problemas (cosas que se aprenden en la familia y el hogar durante la infancia).

El suicidio es impulsivo. Aunque la ejecución así sea, la ideación no lo es. Es decir, el hecho de planear cómo, cuándo, dónde... no es nada impulsivo. Es una acto muy reflexivo. Pero tiene que haber cierta impulsividad para llevarlo a cabo, porque en el fondo, nadie quiere morir.

Los que se suicidan es porque realmente desean morir. No es cierto. ¿Conoces a alguien que no quiera ser feliz? Todo el mundo quiere vivir y disfrutar de los placeres de la vida, sean más o menos grandes, importantes, cotidianos... Las personas que desean morir... no desean morir, desean dejar de sufrir.

La mayoría de los suicidas no avisa. No es cierto, hay signos directos o indirectos, verbales o comportamentales. Por ejemplo: hay casos en los que expresan sus ideas suicidas directamente, o expresan su deseo de dejar de sufrir... O empiezan a aislarse, dejan de hacer las actividades de las que antes disfrutaban, todo parece darles igual... O, de repente, quieren hablar o hacer regalos a sus seres queridos (se están despidiendo porque han tomado la decisión). O siempre se les ve muy deprimidos, quejándose, llorando, intentando buscar ayuda y, de repente, parecen calmados y tranquilos (es porque piensan que van dejar de sufrir, porque ya han tomado la decisión).

Los intentos de suicidio aparecen en las personas con problemas graves. Lo importante no es la gravedad del problema, sino la sensación de escasez de recursos para poder hacer frente a la situación, la desesperanza ante ese futuro horrible que se cierne sobre ellos...


Os dejo un documental que habla sobre el suicidio, por si queréis saber más sobre el tema.




lunes, 28 de noviembre de 2016

YO CONSUMO, TÚ CONSUMES, ÉL/ELLA CONSUME...


La semana pasada ha habido una gran expectación por una fiesta del consumismo: el Black Friday. Toda la semana hemos estado recibiendo publicidad, anunciando los grandes descuentos. Hasta los telediarios se han hecho eco de la noticia: "descuentos hasta el 70%". 

Y es que empiezan las Navidades. ¿O no? Porque falta todavía un mes... Es pronto, hay tiempo de sobra para hacer las compras necesarias... Pero si nos lo ponen más barato, ¡habrá que aprovechar!. Porque cada vez empiezan antes... Más tiempo de fiestas, más tiempo de consumo. Recuerdo que en mi infancia, hasta mediados de diciembre no se empezaban a poner adornos... Ahora, se enlaza Halloween con Navidad... en Noviembre ya se venden roscones de reyes.

Y no es que me parezca mal que hagan ofertas para que compremos... es el punto al que se llega. El bombardeo constante al que nos vemos sometidos. Nos dicen que compremos, porque comprando somos más felices, regalamos sueños y felicidad a los demás... ¡Qué bonito! ¿no? En las noticias daban cifras del dinero que iba a gastarse de media cada persona, y no eran precios bajos... Salían estadounidenses diciendo que habían comido en vez de cenar en Acción de Gracias para poder ir a comprar, haciendo colas enormes, comprando de madrugada para conseguir el mejor precio. Gente que iba desde México, que llevaba años ahorrando para ir a esa fiesta del consumo. ¿Hasta qué punto llega? ¿De verdad es necesario todo eso?

La Navidad es una época bella del año, por el reencuentro con las personas queridas, la buena voluntad, la calidad que se respira a pesar del frío que haga en la calle. Y, ahora, cada vez más, se convierte en consumismo. Reducimos la Navidad a los regalos. Parece que cuanto más compremos, más felices van a ser los demás y más felices nos sentimos nosotros por dar. Y a veces, más no es mejor.

¿Cuántos regalos hacemos a los niños pequeños? A veces tantos, que no juegan ni con la mitad de ellos. ¿Cuánta ropa tenemos en los armarios? Muchas veces tanta que no nos entra más. Acumulamos ropa que hace mucho que no nos ponemos, pero ahí la tenemos porque nos gusta. Y seguimos comprando más. Pensamos por el "quiero", nos movemos por el "quiero". Podemos ir mal de dinero, pero se nos pasa por la cabeza la posibilidad de encontrar el chollo, la gran oportunidad, el mejor precio, y no lo podemos dejar pasar. ¿O sí?

El ser humano se rige por el refuerzo inmediato, es decir: vale más algo "positivo" que tengamos ya, que las consecuencias negativas que pueda traernos a largo plazo. ¿Existe algún fumador que no sepa las consecuencias que tiene el tabaco en la salud? ¿Y si lo sabe, por qué no deja de fumar? Porque ahora, en este momento, tiene ganas de fumar, y le cuesta poco coger un cigarrillo... Al fin y al cabo... ¿Cuánto cuesta un paquete de tabaco?... Pero no es tan poco dinero si se piensa en todos los paquetes que se compran al cabo de un mes... o de un año. Pero eso no importa, lo que importa es que "tengo ganas de fumar, y fumo". Así es como aparecen los problemas psicológicos: hacemos cosas que a la larga nos perjudican, pero que "de primeras" son un parche, nos alivian, o nos hacen evitar algo por lo que no queremos pasar. Y al final, la rueda del problema crece y crece y se hace tan grande que no se puede parar por uno mismo. 

Con las compras, pasa lo mismo: simplemente, sabemos lo "feliz" que nos hace el comprar algo nuevo, algo que queremos, que deseamos. "Si ahora no tengo dinero... lo pago con la tarjeta de crédito y ya me lo pasarán por el banco el mes que viene... que tendré dinero", podemos pensar. Y así, con todo. Hacemos lo que sea para comprar. Nos aburrimos: nos vamos al centro comercial o miramos las páginas de internet de las tiendas y compramos, sin ni siquiera probárnoslo, verlo, o tocarlo, antes. "Da igual. Son 2 euros, son 5 euros..." lo que sea. Porque cuando lo veo, lo quiero, porque cuando lo tenga, "estaré muy guapa, y todos me dirán que me queda muy bien". Como las compras compulsivas... la persona gasta hasta tal punto que se arruina, pero sigue comprando porque siente alivio cuando lo hace.

O ejemplo: cuando compramos cosas de electrónica... pensamos que podremos hacer tantas cosas con ello... porque "es lo último que ha salido al mercado, y la pantalla se ve en 3D, y no pesa nada, y tiene tantos puertos usb... es genial" y lo TENGO que comprar, porque ahora vale a mitad de precio. Pero no nos paramos a pensar en que vemos la televisión muy poco, porque casi no estamos en casa, por ejemplo. No nos fijamos en nuestras verdaderas necesidades, compramos, porque creemos que tenemos esa necesidad, pero muchas veces, no es así. ¿Cuántas botas necesitamos para el invierno? ¿Cuántas televisiones? ¿Cuántos ordenadores? ¿Cuántos coches? ¿Cuántas joyas? Si antes no lo teníamos y éramos felices... ¿por qué ahora lo necesitamos?

En verdad, no lo necesitamos. Lo que necesitamos son unos ojos limpios, que puedan ver y buscar; una mente fresca y libre, que no se deje llevar; y un corazón limpio, que sepa lo que necesita amar. Porque a veces, menos sí es mejor. Las cosas sencillas, que nos facilitan el contacto con el mundo, con las personas que tenemos al lado, con la vida, son las que verdaderamente nos hacen ser felices. Porque lo que necesitamos no es lo que sea lo mejor, o lo último, o lo más barato. Lo que necesitamos es aquello que nos llena el alma todos los días, aquello que nos da tranquilidad todos los días, aquello que nos aporta algo todos los días. Invierte tu vida en cenar con los que quieres, en aprender, en viajar, en cumplir tus sueños... no en comprar. Los sueños basados en cosas materiales se consumen en cuanto se consiguen. Pregúntate qué le aporta a tu vida las cosas que haces, y podrás disfrutarla con mayor calidad que comprando.

lunes, 21 de noviembre de 2016

SOMOS SOCIALES, PARA BIEN O PARA MAL


Todos hemos escuchado alguna vez eso de que "el ser humano es social". Existe la Sociología y los sociólogos; las sociedades; los socios... todos socializamos. De hecho, quien no socializa, es criticado por la sociedad. En la sociedad, hay que ser sociales, por decirlo de algún modo...

La sociedad es ese grupo de gente en el que estamos inmersos. Nacemos en una sociedad porque nuestros padres están en ella, y al mismo tiempo, nosotros la formamos. La sociedad nos enseña, nos protege, nos guía y nos limita.

Si nos vamos a los principios de la Historia, sabemos que el Homo Sapiens sobrevivió y se extendió por el mundo porque vivía en grupo. Si sobrevivía a los depredadores era porque el grupo estaba junto; si sobrevivía al hambre era por la ayuda del grupo... El ser humano no estaba preparado para vivir en el mundo en soledad. No era adaptativo. La mayoría de esos homos que no pertenecían a ningún grupo estaban expuestos a los peligros de la naturaleza y era mucho más fácil que murieran. Por eso, somos así: tenemos los genes de aquellos primeros seres humanos que se mantuvieron unidos, quizás por las emociones (amor, cariño, altruismo...), a su grupo.

Las emociones nos relacionan con los otros: cuando estamos tristes, buscamos el consuelo de los que nos quieren; cuando amamos, queremos estar con el otro porque nos sentimos bien... Las emociones son adaptativas (nos ayudan a sobrevivir) y hacen que nos adaptemos a los otros. Por ejemplo, la vergüenza: lo incómodos que nos sentimos si consideramos que nos saltamos una regla social hace que no lo hagamos, y así, nos mantenemos cómodamente dentro del grupo, sin que haya conflictos. La empatía, que nos permite ponernos en el lugar del otro, comprender su situación y las emociones que puede estar sintiendo, nos ayuda a relacionarnos con el otro, a estar en sintonía.

La sociedad nos hace ser como somos. Nos ofrece una cultura, unas normas sociales (reglas sobre lo que está bien y lo que está mal). Por ejemplo, nos enseña que hay que ceder el asiento a las personas mayores, las mujeres embarazadas... Pero también nos enseña cosas que pueden ser perjudiciales, como el machismo, la homofobia, la xenofobia...

Debemos ser conscientes de todo lo bueno que nos da la sociedad: nos permite desarrollarnos (aprender a hablar, ir al colegio, formarnos, curarnos si estamos enfermos, nos da alimento si nos falta, o ayudas sociales, nos ofrece sitios de ocio, la posibilidad de desplazarnos a otros sitios o de comunicarnos con gente que está muy lejos). La sociedad es maravillosa porque nos brinda todas esas oportunidades y muchas más. Pero hemos de ser conscientes de que no todo lo que reluce es oro. Todavía forma parte de nuestra cultura la idea de que el hombre cuida a la mujer y la mujer se encarga del hogar y la familia; que hay ciertos trabajos de hombres y otros de mujeres... Me da pena que en pleno siglo XXI todavía se puedan escuchar comentarios racistas, chistes a costa de la discapacidad, prejuicios... No nos damos cuenta, pero la sociedad está envenenada de malos pensamientos, los pensamientos que tenemos cada uno de nosotros sobre los demás. Pensamos que "nosotros" somos mejores que "ellos", juzgamos a las personas por su edad, sexo, religión, gustos, opiniones, o por las cosas que hacen en su día a día... Y nada de eso asegura que alguien sea mejor o peor que otra persona. Pero es muy fácil culpar de los problemas a los otros. Es fácil quejarse de los atascos aunque nosotros mismos los formemos por no usar el transporte público. O quejarse porque alguien se ha llenado los bolsillos evadiendo impuestos cuando somos nosotros mismos los primeros que pedimos al fontanero que no nos cobre el IVA. Decimos que los extranjeros hacen o dejan de hacer; que si los jóvenes son irresponsables...

Vivimos en una sociedad que no sabe respetar al otro. Somos sociales, necesitamos a nuestra familia y amigos para sobrevivir y ser felices, no podemos estar solos. Pero criticamos, juzgamos, a los demás. Somos socialmente egoístas. 

Existe un cuento popular, que ejemplifica muy bien la facilidad del ser humano para opinar, juzgar y criticar a los demás, y lo perjudicial que es para una persona intentar complacer a todos, lo que es imposible de hacer. Criticando, sólo se consigue dañar al otro.



Usemos esa maravillosa herramienta que nos ha dado la naturaleza: seamos empáticos, aceptemos y respetemos al otro. Démonos cuenta de que no existe UNA verdad, si no, MILES.

Si cada uno de nosotros formamos la sociedad, cada uno de nosotros puede cambiarla. Busquemos el amor, la tranquilidad, la igualdad, el respeto. Enseñemos a los demás a ser libres, a tomar sus propias decisiones y a buscar su propio camino. Es una pena que la misma sociedad que nos da todas las oportunidades para tener una vida plena sea la misma que nos ata y nos limita por unas reglas sociales imperfectas.

sábado, 22 de octubre de 2016

¿HASTA DONDE LLEGARÍAS?

En los últimos días he comenzado a leer un libro titulado "Cuerdos entre Locos". Habla sobre algunos de los psicólogos que han hecho las aportaciones más importantes de la psicología. Pero no se queda únicamente en relatar sus investigaciones, si no que habla de ellos, y narra la forma en que ocurrieron.

Uno de los capítulos que he leído hasta el momento habla sobre Milgram y su experimento sobre la obediencia. Para aquellos que no lo conozcan, el experimento consistió en pedirle a los participantes que dieran descargas eléctricas a otros participantes cuando estos últimos fallaban al repetir listas de palabras. Se les dijo que el objetivo era ver los resultados que tenían los castigos con descargas en el aprendizaje. No parece la cosa del otro mundo, pero en realidad, sí lo era. Los participantes que recibían las descargas eran actores, estaban de acuerdo con el investigador para fingir dolor, para decir que tenían problemas de corazón y para suplicar que dejaran de darles descargas llegado el momento. El caso es que el 65% de los participantes siguieron dando descargas a pesar de las quejas de los participantes, mientras el investigador les decía que debían continuar.

Impresiona. Impresiona lo que el ser humano es capaz de hacer. Démonos cuenta de que los participantes pensaban que ellos mismos podían haber estado sentados en la silla de descargas, porque al inicio, se fingía un sorteo de los puestos, en el que siempre el actor recibiría las descargas. Pero el participante lo desconocía. Para él, el dolor del otro era real: oía sus gritos, sus comentarios sobre su salud, y al final, sus alaridos y gritos de súplica. Pensaría que él podría estar ahí sentado, sufriendo.

El 65% siguió adelante, pero no debió ser fácil para ellos. Eran personas normales, como nosotros, como nuestros vecinos. No eran personas acostumbradas a inflingir dolor a los demás. Eran personas con empatía, capaces de ponerse en el lugar de otras personas; personas con amigos, familia, hijos... con trabajos normales, que escuchan música y plantan flores en su jardín.

La primera vez que escuché hablar del experimento en la universidad, recuerdo lo interesante que me pareció, pero no me metí dentro. No me imaginé cómo fue, cómo sería estar dentro, qué sentirían los participantes, qué pensarían... No se me pasó por la cabeza qué habría hecho yo en esa situación.

Esas personas que no se negaron a continuar...¿Acaso eran malas personas? ¿No tenían piedad? ¿O eran obedientes hasta ese punto? ¿Hasta cambiar su forma de comportarse? ¿Serían así siempre? ¿Qué harían en sus vidas antes? ¿Y después? 

En el libro, se relata dos encuentros con dos participantes del experimento. Uno de ellos paró, el otro continúo. ¿Qué los diferenciaba? ¿Se comportaron igual en el resto de sus vidas? Ambos parecen recordar la experiencia como si se hubiera grabado a fuego en su memoria, como si todavía reflexionaran sobre lo ocurrido después de tantos años...Porque al terminar el experimento se les informaba, se les explicaba que el dolor del otro participante era fingido y que estaba perfectamente sano. Pero eso no pareció calmar las mentes de los participantes. El que paró, después fue a la guerra. Se podría pensar que si paró habría en él rebeldía... Pero ¿cabe la rebeldía en un soldado? En cuanto al otro participante, el que había continuado con las descargas, cambió su vida (dejó su carrera, declaró su homosexualidad en aquella época, y se convirtió en maestro). Era obediente, y dejó de serlo.

Las situaciones tienen un importante papel en nuestro comportamiento, pero no lo es todo. No podemos decir que los participantes siguieron adelante únicamente porque un investigador con bata les decía que lo hicieran... Si fuera así, el 100% habría continuado, pero no fue así. Las personas tenemos capacidad de decisión, podemos cambiar nuestro comportamiento. Aún así, nos dejamos llevar por la situación.

Me pone los pelos de punta el imaginar de lo que es capaz el ser humano. Todos conocemos las atrocidades que se han cometido a lo largo de la Historia. Parece algo lejano, algo debido a la cultura y la forma de vivir de ese momento, a la necesidad, al hambre, a la desesperación, a la locura de algunos. Pero no es así. Estas personas no estaban desesperados. Podían negarse, aunque se les dijera que continuaran, podían dejar de mover sus manos. Y no lo hicieron. Pero me consuela y me da esperanza el ver que el ser humano también es capaz de cambiar en el otro sentido. El ser humano es capaz de mejorar su vida y la de los demás. El ser humano es maravilloso, y debemos cultivarlo para hacer de la humanidad algo todavía más hermoso.